Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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Obsesión bidireccional

Le tengo miedo a morirme. La muerte incluso en abstracto me angustia como si al mentalizarla la conjurara. Me atormenta ser incapaz de predecir la sensación física. Odio saber que un día dejaré a Mónica sola. Dedico mi ansiedad entera al rumiar la idea por semanas y pensar opciones. Cuando era niño rezaba para no morirme mientras dormía porque no quería que mi mamá llegara a despertarme y me encontrara frío. Quería controlar las circunstancias de mi partida a detalle tal y como pensaba que controlaba mi vida. Cuando pienso ahora en mi muerte pienso también inevitablemente en el impacto que tendrá en mi familia cercana. Mis esquemas de suicidio, cada vez menos frecuentes, se sumergen por lo general en árboles de decisión insondables para resolver el problema de minimizar el daño emocional producido a quienes quiero. La incapacidad de anular el dolor ajeno me protege de mí mismo. Supongo que eso es común.

También está el terror físico a que los otros se mueran reforzado por la consciencia (estampada a lo bestia) de que la amenaza es real y no hay nada que pueda hacer para prevernir que pase. Ese no me deja ni dormir ni estar despierto.

Mensaje

Hoy Mauricio me mandó un mensaje. Lo dejó en la calle, a la salida de la estación de tren en Kitchener. Sabía que pasaría por ahí. Sabía que lo vería y lo reconocería. El mensaje decía que estábamos bien, que él nos quería y que vivía dentro de nosotros, en el amor grandísimo que acumulamos durante los pocos días que nos visitó. Pensé en el mensaje todo el día. Intenté entender por qué precisamente hoy. No sé. Pensé en hablarle a mis estudiantes de Mauricio pero me contuve. Quería compartir con ellos algo útil. Decirles que hay felicidad incluso en las tristezas más devastadoras. Pensé en nuestro hijito todo el día como si al pensarlo lo abrazara y lo llevara conmigo. De vuelta a la estación, ya de noche, me paré en el mismo sitio donde recibí el mensaje esta mañana, miré hacia arriba, me quedé parado ahí dos minutos, respirando las nubes, y seguí caminando. No me sentí triste, no esta vez. Me sentí tranquilo. Agradecido, incluso. Lo vi junto a mí. Lo sentí cerca. Por fuera del tiempo pero casi aquí.

Ausencia

Hay varios tiempos que se solapan y comparten el mismo espacio. Cada instancia de percepción (las hay individuales y compartidas) tiene su propia dimensión temporal. Por eso las longitudes (e intensidades) de los momentos cambian. Por eso mientras algunos viven otros asisten estáticos al paso triste del mundo. Cuando a Mauricio saltó del tren yo salté con él. Y ahora me conformo con ver las cosas pasar desde la pasividad de mi estado ausente. Me despido de todo para no despedirme de él. Sigo soñando que vuelve.

Grief

I take no joy in mead nor meat, and song and laughter have become suspicious strangers to me. I am a creature of grief and dust and bitter longings. There is an empty space within me where my heart was once.

G.R.R. Martin, A Song of Ice and Fire

Meses

Quizás un día pasarán quince años y yo seguiré vivo y él seguirá muerto. O tal vez no. Sea como sea, ese siempre será el balance de la vida hasta que la vida deje de ser. Y en ese inevitable equilibrio final tampoco estará la calma que busco, no creo, porque mi tranquilidad estaba (y sigue estando) en la cercanía (cada vez más distante) que no alcanzamos a tener.

Sábado (The Aquarium)

One of the most despicable religious fallacies is that suffering is ennobling—that it is a step on the path to some kind of enlightenment or salvation. Isabel’s suffering and death did nothing for her, or us, or the world. We learned no lessons worth learning; we acquired no experience that could benefit anyone. And Isabel most certainly did not earn ascension to a better place, as there was no place better for her than at home with her family. Without Isabel, Teri and I were left with oceans of love we could no longer dispense [...]. Her indelible absence is now an organ in our bodies, whose sole function is a continuous secretion of sorrow.

A. Hemon, The Aquarium

Jueves (Mauricio)

Un jueves como hoy hace nueve meses nacía mi chiquitín. El día más feliz de la vida. Se fue muy rápido. Nos dejó solísimos. Por fin, hace unas semanas, encontré el ánimo para escribir uno de los cuentos que quería escribirle. Uno sobre niños con poderes que planean viajes espaciales. Lo había empezado hace un rato, pero no había podido seguirlo. No sabía cómo. Ha cambiado un poquito, creo. No es el mismo que pensaba. Se volvió más serio. Pero todavía intento imaginarme que se lo escribo a él. Así no vaya a poder leérselo. Siento que tengo ese compromiso con él. Lo escribo a capítulos cortitos, uno o dos por día, y cuando termino las primeras versiones los leo en voz alta y pienso que se los leo. Intento que la vida no sea triste pero me cuesta. Hay días cuando me da muy duro. Nadie está diseñado para aguantar estas cosas. No sé cómo hacen.

Miércoles

Hago lo que pienso que necesito hacer para poder sentirme mejor. Pero para sentirme mejor debo hacer cosas que me duelen. En particular, debo afrontar y reconocer ustedes saben qué. Pienso en ustedes saben qué e intento otorgarle un estatus de realidad estable. Lo hago mediante la creación de algo que me permita despedirme. No pude despedirme cuando se fue. No me atreví. Tantos viajes y todavía no sé cómo despedirme. Aun así lo intento. A casi nueve meses lo intento. Cierro los ojos y lo intento. Siento el aire entrar por la nariz y la ansiedad en el pecho. Soy esa ansiedad cosquilleante dentro de esa ausencia. Escribo una palabra. Espacio. Escribo otra. Espacio. Vuelvo atrás. Lo miro. Todavía lo puedo ver. Me despido para poder llevarlo conmigo. O para poder irme con él.

Miércoles (Ruidos Blancos)

El olor a pasto húmedo. El cuervo inmenso en el árbol que hace la venia y dice taca-taca-ta. El sueño del gato. La invasión imparable de las hormigas. El rumor de las obras que se acercan. La intranquilidad. Las lluvias esporádicas que sostienen el color del cielo. El corte suave del tomate que es sólo jugo y semillas. Un vaso que se revienta al contacto con el agua. El frío en los pies. La serenidad del árbol verde que nos mira desde afuera. La percepción cambiante del tiempo con sus horas disparejas y sus eternidades acotadas entre los oficios. La espinaca fresca. El chorro de agua caliente en la espalda. El recorrido de la luz sobre la sala. Las lecturas anidadas que vuelven la cotidianidad un texto. Los códigos frágiles que sostienen la estructura. El frío del gato en la ventana. La menta en el enjuague bucal. El ruido de agua que no se ve. Los bichos misteriosos en la tina del baño. Las almohadas frescas contra la cara. Las noticias vacías que exigen que todos las miren y admiren. La canela en el agua humeante. Las instrucciones para las máquinas. Los conteos. Los pájaros. Las recurrencias. Lo que no fue.

Domingo

Sueño que cargo a Mauricio, es pequeño y ligero, y me habla. Todo es feliz y tranquilo en el sueño. Todo se siente correcto. No hay ansiedades ni preocupaciones. Si acaso la sorpresa de que hable pero nada más. Mónica está en el trabajo y Mauricio y yo estamos en la sala de la casa. La esperamos. Me pregunta por ella. Nos sentamos un rato en el balcón a recibir el sol. Nos comemos una naranja. Luego regresamos a la sombra. Ponemos música. Le canto cosas. Le leo cosas. Es suave. Huele bien. En los sueños que más disfruto no pasa nada excepcional. Son rutinarios y sencillos. Lo que me complace a posteriori de esos sueños es la total ausencia de dolor o tristeza. No hay malos recuerdos. No hay extrañeza. Él simplemente está sobre mí, descansa, se duerme a ratos. Le pongo la cara en la cabeza. Envidio, no se imaginan cuánto, a mi versión paralela que lo verá crecer. Me consuelo pensando —estúpidamente, lo sé— que hay un mundo, uno mejor que este, en el que no se fue.