Rango Finito

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Grief

I take no joy in mead nor meat, and song and laughter have become suspicious strangers to me. I am a creature of grief and dust and bitter longings. There is an empty space within me where my heart was once.

G.R.R. Martin, A Song of Ice and Fire

Meses

Quizás un día pasarán quince años y yo seguiré vivo y él seguirá muerto. O tal vez no. Sea como sea, ese siempre será el balance de la vida hasta que la vida deje de ser. Y en ese inevitable equilibrio final tampoco estará la calma que busco, no creo, porque mi tranquilidad estaba (y sigue estando) en la cercanía (cada vez más distante) que no alcanzamos a tener.

Sábado (The Aquarium)

One of the most despicable religious fallacies is that suffering is ennobling—that it is a step on the path to some kind of enlightenment or salvation. Isabel’s suffering and death did nothing for her, or us, or the world. We learned no lessons worth learning; we acquired no experience that could benefit anyone. And Isabel most certainly did not earn ascension to a better place, as there was no place better for her than at home with her family. Without Isabel, Teri and I were left with oceans of love we could no longer dispense […]. Her indelible absence is now an organ in our bodies, whose sole function is a continuous secretion of sorrow.

A. Hemon, The Aquarium

Jueves (Mauricio)

Un jueves como hoy hace nueve meses nacía mi chiquitín. El día más feliz de la vida. Se fue muy rápido. Nos dejó solísimos. Por fin, hace unas semanas, encontré el ánimo para escribir uno de los cuentos que quería escribirle. Uno sobre niños con poderes que planean viajes espaciales. Lo había empezado hace un rato, pero no había podido seguirlo. No sabía cómo. Ha cambiado un poquito, creo. No es el mismo que pensaba. Se volvió más serio. Pero todavía intento imaginarme que se lo escribo a él. Así no vaya a poder leérselo. Siento que tengo ese compromiso con él. Lo escribo a capítulos cortitos, uno o dos por día, y cuando termino las primeras versiones los leo en voz alta y pienso que se los leo. Intento que la vida no sea triste pero me cuesta. Hay días cuando me da muy duro. Nadie está diseñado para aguantar estas cosas. No sé cómo hacen.

Miércoles

Hago lo que pienso que necesito hacer para poder sentirme mejor. Pero para sentirme mejor debo hacer cosas que me duelen. En particular, debo afrontar y reconocer ustedes saben qué. Pienso en ustedes saben qué e intento otorgarle un estatus de realidad estable. Lo hago mediante la creación de algo que me permita despedirme. No pude despedirme cuando se fue. No me atreví. Tantos viajes y todavía no sé cómo despedirme. Aun así lo intento. A casi nueve meses lo intento. Cierro los ojos y lo intento. Siento el aire entrar por la nariz y la ansiedad en el pecho. Soy esa ansiedad cosquilleante dentro de esa ausencia. Escribo una palabra. Espacio. Escribo otra. Espacio. Vuelvo atrás. Lo miro. Todavía lo puedo ver. Me despido para poder llevarlo conmigo. O para poder irme con él.

Miércoles (Ruidos Blancos)

El olor a pasto húmedo. El cuervo inmenso en el árbol que hace la venia y dice taca-taca-ta. El sueño del gato. La invasión imparable de las hormigas. El rumor de las obras que se acercan. La intranquilidad. Las lluvias esporádicas que sostienen el color del cielo. El corte suave del tomate que es sólo jugo y semillas. Un vaso que se revienta al contacto con el agua. El frío en los pies. La serenidad del árbol verde que nos mira desde afuera. La percepción cambiante del tiempo con sus horas disparejas y sus eternidades acotadas entre los oficios. La espinaca fresca. El chorro de agua caliente en la espalda. El recorrido de la luz sobre la sala. Las lecturas anidadas que vuelven la cotidianidad un texto. Los códigos frágiles que sostienen la estructura. El frío del gato en la ventana. La menta en el enjuague bucal. El ruido de agua que no se ve. Los bichos misteriosos en la tina del baño. Las almohadas frescas contra la cara. Las noticias vacías que exigen que todos las miren y admiren. La canela en el agua humeante. Las instrucciones para las máquinas. Los conteos. Los pájaros. Las recurrencias. Lo que no fue.

Domingo

Sueño que cargo a Mauricio, es pequeño y ligero, y me habla. Todo es feliz y tranquilo en el sueño. Todo se siente correcto. No hay ansiedades ni preocupaciones. Si acaso la sorpresa de que hable pero nada más. Mónica está en el trabajo y Mauricio y yo estamos en la sala de la casa. La esperamos. Me pregunta por ella. Nos sentamos un rato en el balcón a recibir el sol. Nos comemos una naranja. Luego regresamos a la sombra. Ponemos música. Le canto cosas. Le leo cosas. Es suave. Huele bien. En los sueños que más disfruto no pasa nada excepcional. Son rutinarios y sencillos. Lo que me complace a posteriori de esos sueños es la total ausencia de dolor o tristeza. No hay malos recuerdos. No hay extrañeza. Él simplemente está sobre mí, descansa, se duerme a ratos. Le pongo la cara en la cabeza. Envidio, no se imaginan cuánto, a mi versión paralela que lo verá crecer. Me consuelo pensando —estúpidamente, lo sé— que hay un mundo, uno mejor que este, en el que no se fue.

Miércoles

Compramos rosales para sembrar en el balcón. Queremos sillas para sentarnos a recibir el sol los fines de semana. Por estos días, el tiempo se acumula como la nieve en las esquinas del invierno. Dedico una fracción del día a mantener el apartamento limpio y en orden. Cocino por las tardes. He reducido un poco (aunque no tanto como desearía) mi presencia en línea. El objetivo principal es escribir. Pero sufro de falta de propósito (o de autoconfianza) y asaltos regulares de ansiedad relacionados con este mal. Intento sublimarlos de manera parcial en la cocina, la lectura, los oficios y con los gatos. Estoy triste. Pienso mucho en Mauricio y en la muerte. Por eso, para evadir eso, para no pensar de más, escribo aquí sobre la guerra, los bombardeos, el miedo y las emisoras de emergencia donde anuncian el fin y entrevistan cuerpos que no hablan. Asímismo voy todos los días, muy temprano, a mirar a las gallinas, abastecer los comederos y recolectar los huevos. Los pongo en una canasta y los cuento al llegar a la cocina. Luego los meto a la nevera. Hoy pusieron diez. Tenemos muchos más de los que necesitamos.

Martes (Pasado)

La doctora me pregunta por qué casi no hablo del pasado. Le digo que ese es precisamente el punto de todo esto. Por eso estamos acá, ¿no? La doctora, una persona con un sentido más amplio del tiempo que el mío, no entiende porque siempre cambia, siempre es distinta, y cada vez que vuelve me obliga a reiterar lo ya dicho. Le explico a la doctora, a regañadientes, que mi pasado son cinco horas. No importa cuánto tiempo pase, siguen siendo cinco horas. Cinco horas que duelen y me llenan de ansiedad, no hay más. Es eso. El presente es la… la calma segura, la ausencia silenciosa del pasado, y el pasado son cinco horas en una sala de espera con música en los audífonos a todo volumen (para cortar la realidad, para negarla, para que sea otra) a la espera de noticias buenas (por favor, que sean buenas, que todo cambie, que esto no sea verdad) desde el otro lado de una puerta cerrada a la que hay que hablarle como a un oráculo para que eventualmente diga cosas horribles del estilo “Your son is sick, very sick” o “I think he’s not going to make it” o “He’s dying” o “Do you want to see him one last time?”. Mi pasado es tiempo compactificado en un momento largo (eterno) y mayoritariamente doloroso que no acepto, al que no quiero regresar y del que no puedo (ni quiero) escapar.

(Ship Garthsnaid, ca. 1920)

Martes

Despierto a las 6:30. Vagabundeo más de la cuenta por la mañana. Como algo antes de salir. El tren es rápido, no lo siento. En Aldershot, una estación de tren rodeada de autopistas (casi que la definición de contrasentido), debo esperar cincuenta minutos hasta que llegue el bus que me lleva a la universidad. No hay información en ninguna parte sobre el sistema de pago. En la ventanilla una señora-robot me explica que debo pagar ahí, pero luego de comprar el tiquete de ida y vuelta descubro que no hay manera de que pueda regresar en bus a tiempo. De la estación a la universidad hay diez minutos. En el paradero de la universidad no hay mapas. No encuentro ningún mapa. Camino y camino y no hay mapas. Absurdo. Llevo el iPhone de Mónica conmigo, así que busco un mapa del campus pero no me ayuda, porque sólo tengo las iniciales del edificio que busco: HH. Para mi sorpresa, aunque parece que esa identificación por siglas es común, hay al menos cinco edificios en la universidad con esas iniciales. Me declaro perdido justo al frente de Hamilton Hall. Decido entrar. El recibidor está lleno de tableros. Tiene que ser ahí.

La charla salió muy bien. Les gustó. Creo que la disfrutaron. A mí también me gustó, aunque debo confesar que estoy cansado de hablar de esos resultados. Como sea, creo que presenta el tema de una manera efectiva y redonda. En Lorica, cuando era niño, mis compañeros de colegio utilizaban la palabra “efectivo” como los bogotanos usan la palabra “chévere”. Nunca la pude adoptar sin sentirme idiota. Luego de la charla hablé un rato con Patrick y Deirdre. También hablé con Eduardo, a quien no veía hace unos 12 años y que milagrosamente me reconoció. Yo tardé un rato en ubicarlo: tomamos juntos un curso de teoría de modelos en la universidad con Xavier Caicedo. Eduardo era estudiante de los Andes. Ahora termina un postdoc en Waterloo. Trabaja en grupos geométricos y low dimensional topology. La última vez que vi a Patrick fue durante mi visita en Waterloo, en enero de 2010. Acababa de enterarme de que estábamos embarazados de Mauricio. Patrick no sabía lo que había pasado y me preguntó por el niño. Creo que a la gente le choca que diga que “he died” en lugar de usar el eufemismo común “passed away”. “He died” suena mucho más drástico y duro. “Passed away” me suena a negación. También le hablé a Eduardo de la muerte de Mauricio. Es muy difícil hablar de (pensar en) mi situación actual sin mencionar eso. Está ahí, en el centro.

Así se ve el semáforo en la esquina cuando me quito las gafas:

Sábado

Compramos velas con olor a toronja en la ferretería, también trampas para hormigas. La temperatura afuera volvió a bajar. Mónica decidió salir a trotar hoy muy temprano. Yo me desperté cuando ya había regresado. Gonta me levantó con emboscada en los pies. Ahora ambos gatos duermen y yo tomo batido de mango con yogurt. Creo que más tarde iremos a cine. Ayer en el tren leí este ensayo de Sergio de la Pava sobre literatura y boxeo como metáforas complementarias de la vida como lucha. Inevitablemente pensé en la última vez que vi a Mauricio en la sala de cuidados intensivos. Ya estaba muy mal pero se suponía que había esperanza. La enfermera me dijo que lo tocara si quería pero no fui capaz. Apenas le pasé la mano por el brazo y luego salí corriendo a buscar a Mónica para que nos salvara.

Miércoles

Hoy hace seis meses nació Mauricio Arturo. Creo que fue el día más feliz de nuestra vida. Lo recuerdo a mucho detalle. Recuerdo la espera, la intensidad del parto, la sensación plácida, felicidad tranquila y pura, irrepetible, de tenerlo en mis manos por primera vez, su cara tibia contra mi nariz, sus ojos atentos, sus manos arrancándome las gafas, su cuerpito ligero. Cuánta fuerza tenía. Cuánto pesa su ausencia.

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Miércoles

Es miércoles, son las diez de la mañana, hace poco caía nieve ligera afuera, y este es mi reporte regular de supervivencia para acreditar que seguimos amarrados al tiempo. Antes de continuar bajé a entregarle el cheque de la renta del apartamento a la administradora del edificio, un gesto que se siente arcaico pero que le da cierto sentido de humanidad a un asunto que en muchos lugares ya se dejó, como tantas otras cosas, en manos de los bancos. Mónica me llama para que revise unos archivos en su computador. La imagen de fondo de pantalla es esta foto. Es imposible de creer que dos días más tarde Mauricio Arturo, el niño pequeñito y lindo-lindo que duerme a suspiros en mi hombro y al que todavía puedo sentir ahí si me concentro lo suficiente, estaría muerto (¡qué impotencia tan terrible me arrasa cada vez que lo pienso!), pero la imagen, volverlo a ver, siempre es reconfortante, nos consuela. Sirve para corroborar que vivió y estuvo con nosotros, que nos hizo felices. Esos pequeños rastros físicos de su presencia brevísima son nuestro paliativo para combatir el dolor que no se va. Ha pasado muy poco tiempo, muy poco. Ahí vamos. Cocinamos cosas, compramos cosas, hablamos, nos acompañamos, nos queremos. Ahí vamos. Ahí. Por las noches, antes de dormir, leo A Naked Singularity y Mónica lee la tercera parte de Millenium. Ya bajó el ritmo de lectura para que no se acabe tan rápido. De A Naked Singularity hablaré a fondo cuando lo termine. Por lo pronto sólo diré que es una de las mejores lecturas que me ha dejado este año tan agrio, tan dulce y tan confuso que ya casi se acaba y todavía no sé bien dónde me deja.

As the dawn began to break, I had to surrender. The universe will have its way: too powerful to master. What is love and what is hate? And why does it matter? Is to love just a waste? How can it matter?

—The Flaming Lips, In the Morning of the Magicians

Perfect

Halvah gave birth, a baby, born screaming. The only nonmystical state where the opposites are joined is infancy. So perfect they often die, babies, without cause.

—Don DeLillo, Ratner’s Star

Palabras

1

No hay palabras para esto. Hay palabras para quedarse sin papás o sin pareja, hace parte del ritmo natural de la vida, pero no hay palabras para el estado del que pierde un hijo y queda condenado a esperarlo de regreso para siempre (porque no puede ser, no es justo, que nos haya acompañado tan poco tiempo (tiene que haber más)). No se puede decir: ahora soy [adjetivo]. Soy huérfano es lo primero que se me viene a la cabeza cuando intento describir cómo me siento. Pero no es eso, es algo distinto. Es peor. Es una orfandad del futuro, de lo que venía. La falta de palabras precisas es una señal clara de que esto no debería pasar. Esto es imposible o al menos inaceptable: los hijos no se mueren. Los hijos no se mueren, no. Por eso no hay palabras. Por eso esta sensación de irrealidad.

2

Soy un papá sin su hijo, eso soy.

3

En inglés dicen bereaved, pero su significado es más amplio. Mi diccionario dice: “quien es privado de un ser amado mediante una ausencia profunda, especialmente si esta ausencia es debida a su muerte.” El término proviene de berēafian, que en inglés antiguo quería decir “ser privado/despojado” en general. Esta palabra fue usada por primera vez en 1799. Antes de eso las personas que tenían amor no se morían.

4

Tampoco hay mucho que decir. Ni ánimo. (“Since you’ve been gone, I’ve lost my cleverness/I have no eagerness.”) De ahí el silencio.