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Cthulhu Macrofasciculumque

Cuando un científico quiere atención mediática fácil siempre puede recurrir al truco de bautizar a su objeto de estudio usando referencias pop.

To understand the true diversity of Parabasalia and how their unique cellular complexity arose, more data from smaller and simpler flagellates are needed. Here, we describe two new genera of small-to-intermediate size and complexity, represented by the type species Cthulhu macrofasciculumque and Cthylla microfasciculumque from Prorhinotermes simplex and Reticulitermes virginicus, respectively (both hosts confirmed by DNA barcoding). Both genera have a single anterior nucleus embeded in a robust protruding axostyle, and an anterior bundle flagella (and likely a single posterior flagellum) that emerge slightly subanteriorly and have a distinctive beat pattern. Cthulhu is relatively large and has a distinctive bundle of over 20 flagella whereas Cthylla is smaller, has only 5 anterior flagella and closely resembles several other parababsalian genera.

(Enlace e imagen vía Germán Sierra en Tumblr.)

Diseño

Con los años he aprendido a apreciar el valor del diseño como un mediador/facilitador/amplificador del acceso a contenidos y la interacción con los mismos. Es común despreciar o ignorar el diseño bajo el argumento de que no es sustancioso o no aporta, sólo decora; no creo que sea así. El diseño enriquece el texto y le permite existir y aprovechar el medio sobre el cual es transmitido. Entre mis amigos, creo que Miguel y Juan Diego entienden eso muy bien y saben utilizarlo (aunque el blog del primero desmerezca en ese sentido). Entre las publicaciones en línea con diseños que admiro están Fray y Triple Canopy. Cuando se hace seriamente (lo que es difícil), el diseño dice cosas (o al menos ofrece pistas) sobre el contenido que alberga y sus intenciones. En su esencia es organización creativa a un nivel que no se limita a la simple disposición o forma de los componentes (quería utilizar la palabra semántica en esta oración pero no supe dónde ponerla). El buen diseño transmite sentido complementario al texto y lo refuerza. Los instintos estéticos básicos (naturales o aprendidos) a los que apela son en realidad mecanismos sofisticados de acceso y procesamiento de información. Si el cerebro es hardware y el texto es código, el diseño es un conglomerado de protocolos/etiquetas para facilitar la compilación, ejecución y aprovechamiento pleno de los programas descritos por el código.

Telegobierno

Más obviedades: que la extensión de la televisión y otros medios de acceso y consumo sencillo promuevan un ejercicio de la política y el gobierno mediante el espectáculo (o que recurre a técnicas publicitarias para difundir su gestión o propuestas) no puede ser una excusa para que la política y el gobierno se vuelvan actividades que existen solamente como espectáculo o con el espectáculo complaciente como fin último. En un caso concreto, la transmisión en directo de eventos gubernamentales, legislativos o diplomáticos, con todos sus beneficios democratizantes, puede transformarse con facilidad en un escenario donde los servidores públicos se rinden al telepúblico (o aprovechan su telepresencia para fortalecer su imagen) en lugar de ejercer su labor. No se me ocurre una manera sencilla de impedir o al menos controlar este fenómeno pernicioso que no implique sacrificar apertura informativa. ¿Cuál debería ser el límite?

Sábado y domingo (En directo)

Recuerdo que hace algunos años, tras el incidente Pezón de Janet Jackson, salió a relucir el hecho más o menos obvio de que los eventos que se transmiten en directo realmente no se transmiten en directo. O sí, casi, pero no de inmediato. Además del tiempo que transcurre entre la captura de la imagen y su transmisión, hay un período breve cuando tiene lugar la producción, que permite, entre otras cosas, aplicar ciertas medidas de censura o elegir los mejores ángulos. A raíz del atisbo de teta en pleno Super Bowl se discutió la posibilidad de extender este delay unos segundos más. En respuesta, el pueblo teledependiente en pleno pidió respeto a su dignidad de espectador/consumidor/producto. Cinco segundos eran tolerables pero quince eran demasiados. El pueblo teledependiente exigió (y exige) inmediatez. Las transmisiones en directo ofrecen la ilusión de que la captura del instante retratado no ha sido manipulada. En ese sentido, funciona similar a la captura aficionada de video improvisada (por lo general granulosa, sin foco, movida y sucia) que es cada vez más popular como documento de apoyo en cubrimiento de noticias violentas (aquí algo más al respecto). Al tiempo que la postproducción digital es cada vez más poderosa, barata y extendida, se generan formatos que supuestamente nieguen la existencia de intervención. Subsiste, increíblemente, la idea absurda de que el video es más robusto como documento testimonial que, por poner un ejemplo, la fotografía. Uno de mis temas favoritos, uno del que si tuviera el músculo me gustaría escribir algún día algo extenso y bien documentado, es el proceso mediante el cual se desarrollaron las técnicas de fotografía fantasmal a principio del siglo pasado. Creo que ya he hablado de esto (ahora no encuentro el enlace): una vez la fotografía se consolida como una herramienta documental, surge una comunidad mayoritariamente centrada en Inglaterra y luego Norte América (y que paradójicamente tiene al inventor de Sherlock Holmes (paradigma de la racionalidad estilo Pierce) entre sus seguidores más apasionados) que utiliza trucos de edición y revelado (sumados a la credibilidad en ese momento incuestionable de la fotografía) para demostrar la existencia de fantasmas. Estas técnicas (o sus limitaciones) permiten la creación de la idea visual del fantasma como un ente antropomórfico difuso semitransparente y pálido que antes no existía. De cierta manera, el llamado ectoplasma (supuesto material polimórfico del que estaban compuestas las manifestaciones espectrales) es también un producto de estas técnicas: se ha sugerido que nació como una explicación a manchas inexplicables en las fotografías fantasmales. Estas manchas, claro, eran explicables fácilmente una vez se reconocían los juegos de doble exposición, superposición y sobreexposición que eran necesarios para producir el efecto deseado (y aquí deseado va en cursivas porque, como sugerí antes, los fotógrafos involucrados en realidad no sabían qué era lo que querían mostrar). Una vez establecidas como parte del fenómeno sobrenatural, los fotógrafos procedieron a desarrollar métodos que enriquecieran las manchas y les permitieran ejercer cierto control sobre el aspecto de las mismas. Como sea, el punto es que los métodos de captura de la inasible realidad objetiva (ese sueño) son de inmediato secuestrados por aquellos que quieren decidir el carácter de la realidad (incluso se podría decir que todo aspirante a representador de la realidad tiene ese propósito), pero aún así la masa teleadicta ilusa aspira a la adquisición de la verdad a través de estos medios altamente retocables y, con ese propósito, otorga valor agregado (en ocasiones paga por ese derecho) a presenciar transmisiones en directo de eventos sobre la transmisión en diferido de los mismos (aquí aprovecho para preguntar si existirá algún mecanismo psicológico/neurológico que recompense la sensación de inmediatez sobre la de presenciar el mismo hecho en pasado). Esto sin mencionar el sentido de comunidad global que genera la combinación de estas transmisiones con medios instantáneos de interacción social en línea (que a su vez exigen que los medios de comunicación que los alimentan con temas reaccionen cada vez más rápido a lo que ocurre (sin importar el sacrificio en sustancia)). Para cerrar, digamos que esto son unas notas para un proyecto de ensayo (que probablemente nunca escribiré) para así disculpar la dispersión descarada. Culpen al calor.

Domingo (Opinión)

A finales de 2009 y principios de año pasado tuve una pequeña columna de opinión en El Espectador. (Mi favorita (que es una manera positiva de decir la-única-que-me-dejó-medio-satisfecho-y-me-atrevo-a-compartir) fue esta que escribí sobre las visitas de Vollmann a Colombia (creo que también fue la última).) La mayoría de las veces mi columna aparecía sólo en la edición digital pero creo que un par de veces salió con la edición impresa los sábados. Lo hacía por gusto (y por curiosidad). Quería escribir sobre todo al respecto de la relación entre tecnología, ciencia y sociedad (un asunto al que los medios colombianos, por desgracia, no le dedican mucha atención seria (que es una manera amable de decir que hacen un trabajo deplorable)) y pensé que llevar la columna era una manera de forzarme a hacerlo, de ganar disciplina y pericia para escribir prosa amena con propósitos divulgativos. Obviamente no me pagaban nada por eso (La única publicación colombiana que me ha pagado algo por un texto es la revista Arcadia). No llevo la cuenta de cuántas columnas escribí, no fueron muchas (intentaba publicar una cada dos semanas), pero recuerdo que sentí muy rápido que no tenía más que decir. De hecho creo que lo que sentí fue que nunca había tenido nada que decir, al menos no en el tono que se espera en una columna de opinión. Para escribir columnas de opinión hay que ser una persona convencida de cosas, ojalá de muchas cosas (o de una cosa que permita hablar de muchas cosas), o ser muy bueno fingiendo esos convencimientos, porque lo que quiere el lector de columnas de opinión no es que le den una opinión sino que le den la razón con contundencia en un asunto controversial, crítico (ya sea mediante la exposición del punto de vista propio que lleve a la autoadulación por coincidir con esos grandes pensadores y analistas de la-realidad-nacional-e-internacional, o por la exposición del punto de vista contrapuesto que despierte la (placentera) indignación y le permita sentirse mejor que el opinador, ese cretino hijueputa cínico vendido ruín y sin dignidad (todo es cuestión de polos; la razón, a la sazón, es bivaluada)). Los lectores de columnas de opinión (me incluyo) quieren juicios severos, constantes, sin demostraciones de fragilidad, sin dudas, de ser posible sin matices (no les interesa que les presenten un problema sino que les digan a quién (o qué) odiar/amar/culpar/perdonar/condenar/denunciar/aprobar/rechazar/defender/desecrar (un verbo que hace falta en español) y ojalá cómo), y para hacer eso con regularidad (una que otra vez cualquiera es capaz) se necesitan talentos que, aunque de cierta manera admiro y hasta envidio (acá un ejemplo y acá otro), ni tengo ni me interesa adquirir. Para decir insensateces insustentables con relativa impunidad y sin angustias ya tengo un blog.
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Este, ahora que lo pienso, es un resumen de una conversación que tuve con Óscar en noviembre, mientras caminábamos por Kiyomizu-dera.

Irony

And make no mistake: irony tyrannizes us. The reason why our pervasive cultural irony is at once so powerful and so unsatisfying is that an ironist is impossible to pin down. All irony is a variation on a sort of existential poker-face. All U.S. irony is based on an implicit “I don’t really mean what I say.” So what does irony as a cultural norm mean to say? That it’s impossible to mean what you say? That maybe it’s too bad it’s impossible, but wake up and smell the coffee already? Most likely, I think, today’s irony ends up saying: “How very banal to ask what I mean.” Anyone with the heretical gall to ask an ironist what he actually stands for ends up looking like a hysteric of a prig. And herein lies the oppressiveness of institutionalized irony, the too-successful rebel: the ability to interdict the question without attending to its content is tyranny. It is the new junta, using the very tool that exposed its enemy to insulate itself.

—David Wallace, E Unibus Pluram; Television and U.S. Fiction