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memorias

She must be in another castle

Cuando terminé de leer Scott Pilgrim escribí la idea para no olvidarla:

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar.

Este fenómeno es un motor narrativo versátil. Muchas historias pueden replantearse como batallas por un lugar particular, controlado, dentro de unos recuerdos de alguien más. Las batallas se libran al tiempo en las memorias propias y las ajenas. En las memorias propias se construye, podría decirse, la versión (ya estructurada y apropiadamente linealizada) que se quiere implantar (esta versión es adaptada y deformada durante la implantación). Obvio: no siempre es un proceso consciente pero su ejecución tiene consecuencias bien concretas en las relaciones y sus desarrollos. En Braid el personaje busca a la princesa perdida para rescatarla y cuando por fin la encuentra descubre (Ojo: ¡adelanto crucial!) que la princesa desapareció para evadir su presencia: huye de él con ayuda de otro hombre, el verdadero héroe. Es un momento durísimo del juego. Cuesta digerirlo. Braid se basa en perversiones espacio-temporales porque trata sobre el arrepentimiento y la negación: una memoria idealizada motiva al personaje a perseguir lo que quisiera tener pero ya perdió. Los viajes en el tiempo (figurados o literales) se siguen de su obsesión. En Stories We Tell su directora reconstruye sus pasados recurriendo a memorias de familiares y conocidos, a quienes entrevista paralelamente. Al principio parece inocente, pero pronto se materializan ángulos y nieblas, dudas importantes, y desde la confusión se plantea una lucha (primero implícita y después explícita) entre varios de los narradores por monopolizar el control y propiedad de la historia, por decidir qué importa, qué es la verdad, cuál es el papel que le correspondía a cada cual y quién merece contarla. Y esa es sólo la primera capa que cae. Como en Braid y Scott Pilgrim, la motivación subyacente es el amor o, mejor, la imposibilidad de constatar explícita y constantemente su reciprocidad (por culpa de la ausencia (o el carácter elusivo) de lo amado).

Peregrino

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar. Lo que hace Scott Pilgrim es concretar esas expediciones dentro del pasado propio y el de los demás mediante batallas (físicas) a muerte por los presentes que queremos habitar y hospedar.

Literatura en duelo

A raíz de la publicación en Colombia de un libro de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo, dije en Twitter que aunque entendía las motivaciones que podían llevar a una mamá en duelo a escribir algo así, me intrigaba y perturbaba que luego lo hubiera publicado (convertido en un artículo a la venta). Para mí esa parte tiene algo de macabro. Esto obviamente no aplica sólo al caso de Bonnett. Ayer por casualidad encontré este artículo reciente de Alberto Olmos sobre lo mismo. Un fragmento:

Porque después de la muerte no se entiende nada, se acaba recurriendo a la literatura. No es necesario indagar entonces en los motivos por los cuales un escritor deja testimonio de la pérdida de su padre o de su madre, de su pareja o de su hijo; si pudiera -si le asistiera la escritura- cualquier persona lo haría. El duelo justifica muchas terapias, muchas extracciones y cirugías de urgencia, y escribir seguramente es la forma más profunda de hundir un cuchillo.

Sin embargo, sí vamos a preguntarnos aquí por qué un autor publica su panegírico, su elogio fúnebre, y por qué ese autor cree que otras personas van a leerlo o deben siquiera mostrar interés en su desgracia. ¿Qué se supone que debe hacer un lector con el dolor de un escritor?

Desde la otra perspectiva, leí hace unos meses este artículo de Francisco Goldman (sobre el libro que escribió al respecto de la pérdida de su mujer) que por desgracia no está entero en línea. Otra lectura relacionada es este ensayo de Jorge Salavert que publicamos en HermanoCerdo. (Y Mercedes me recuerda en los comentarios este ensayo de Aleksandar Hemon sobre la muerte de su hijita.)

Se me ocurre ahora que tal vez el problema es que después de la pérdida (y hasta mucho tiempo después de la pérdida) todo lo que se escribe es inevitablemente parte del duelo: la memoria del muerto siempre encontrará alguna forma de colarse en los textos y enfatizar el peso de su ausencia. De pronto los escritores profesionales no pueden darse el lujo de no publicar lo que escriben.

Nunca en cines

Esta no es una novela juvenil desenfadada sobre la pasión por el cine. No le crean nada a la contraportada. El cine es mejor lenguaje que tema. El título es una estrategia de distracción. Nunca en cines es una colección de notas dispersas sobre la construcción y pérdida de una amistad. Es una historia que ha sido contada muchas veces y merece ser contada muchas veces más porque siempre es distinta: dos personas se conocen y hay un vínculo semi-prodigioso que los sostiene conectados intermitentemente de ahí en adelante hasta que ya no se puede más y más allá. El vínculo crea momentos compartidos que son incomunicables. Esos momentos definen la amistad. Nunca en cines nace del drama de la pérdida pero subsiste en júbilo de lo vivido. Por eso es burlesca y, sí, desenfadada. No es una novela de trucos ni giros ni una proezas estilísticas. No tiene pretenciones de convencer ni transformar a nadie. Es una celebración sincera de los entusiasmos contagiosos de un amigo, de su legado. Hasta los mejores amigos se mueren. Pasa todo el tiempo. Se mueren sin querer incluso cuando quieren. Y siempre se mueren al final. Pero para morirse, por fortuna, primero necesitan estar vivos.

Neverland

Una crónica de Camilo Jiménez sobre sus viajes frustrados al país de la libertad:

Mamá murió el 18 de enero de 1980, en su casa, mientras dormía, como dicen que mueren los justos. Yo nunca intenté escribir algo al respecto, ni siquiera escribí antes algo tan íntimo como estas líneas. El pasaporte lo rompí, y conservé la foto por un tiempo. Antes de botarla la pasé por un escáner y la puse en mi Facebook, que es como decir que ya no es mía. No soy yo ese niño que no iría en noviembre de ese año con su padre a Estados Unidos. No soy yo ese niño que estaba a punto de quedarse huérfano.

Más sobre niños narrativos

Hace dos días pensaba esto y hoy leo esto en el blog de Helen DeWitt:

Piaget makes a very good case for the fact that the language, and even the concepts and the thoughts we have as adults, really don’t fit with childhood experience. There is a radical discontinuity between childhood experience and adult experience. We complain of a kind of amnesia, that we don’t recall much of our early childhood, and Freud of course said that this was because we were repressing painful or guilty desires. But Piaget argues this couldn’t be true, because otherwise we would forget only those things that were painful but remember everything else—which is clearly not the case. We have an almost blanket amnesia, and Piaget argues that the terms in which we experienced our childhood are incommensurable with the terms in which we now think as adults. It’s as though it’s an entirely different language we knew and lost. Therefore I feel that any writer who is writing about childhood, as an adult, is bound to falsify experience, but one of the things you try to do is to find poetic approximation; an elusive and impossible task. It is like trying to pick up blobs of mercury with tweezers—you can’t do it. You nevertheless attempt to find various metaphorical ways of surprising that experience. I think you oftentimes feel it’s there, but you can’t get at it, and that’s the archaeology of writing about childhood.

Edmund White

Despersonalización

Una obviedad (¿o no?): las perspectivas del futuro de un individuo se fundan principalmente en la relación con su pasado cercano. Nadie se siente tan mal con respecto a su futuro (su vida) como una persona que recién sobrevive a un mal momento. Una vez se supera cierto umbral temporal (dependiente de diversos factores), los recuerdos (incluso los dolorosos) ingresan en un estado más neutral donde interactúan con su propietario dentro de algo que se parece más a la conexión entre una ficción y su espectador/interpretador que a una vivencia personal. Esto permite, entre otras cosas, el resurgimiento (tal vez mutado) del optimismo.

Épicas

Lo que queda de la niñez son imprecisiones perfeccionadas: escenarios recurrentes o momentos concretos difuminados y remezclados en pequeñas épicas de la incomprensión. Al lado de la muerte de mi pequeña prima Rocío encuentro un viaje interminable en un camión lleno de plátano en medio del fango y más al fondo, detrás de una caja de cartón repleta de ropa que nunca podía dejar de ponerme, están una araña peluda, una quema de libros y esa semana rara por allá a los siete años cuando en la práctica no existimos. Entre todo eso hay una pelea de mis papás que probablemente nunca pasó, que era simplemente el acumulado de muchos gritos y altercados minúsculos producto de todas esas incompatibilidades de carácter que descubrieron demasiado tarde, el olor del Toyota de camino a Pacho, las postales y promesas de mi papá ausente, y los domingos familiares felices en la casa de mis abuelos que desde aquí siento sucesivos, como si no hubiera semanas de por medio.

Jueves

Leo French Hats in Iran, un libro de memorias de Heydar Radjavi sobre su infancia en Tabriz que será publicado a mediados de abril. Es un compilado de historias que giran alrededor del enfrentamiento entre el tradicionalismo religioso y la occidentalización por decreto impuesta por el Shah. Las crónicas, escritas en una prosa tranquila y cuidadosa, estilizada sin ser ostentosa, están llenas de retratos de su familia y amistades cercanas y anécdotas sencillas que dejan en evidencia los contrastes de la época a través de las preocupaciones y confusiones de un niño de siete años. Mi personaje favorito es su papá: patriarca estricto y devoto dedicado a los negocios y temeroso de la electricidad cuya única fuente de sabiduría diferente al Corán era el Modicum, un viejo tratado enciclopédico que incluía datos desde datos astronómicos hasta fórmulas para preparar tinta, pasando por una guía para llevar una dieta saludable. Creo que le pediré autorización a Heydar para traducir un fragmento al español para HermanoCerdo.

Libros que cambiaron mi vida

Siempre que abro un libro espero que cambie mi vida. Tengo ese propósito. En consecuencia, todos los libros que leo cambian mi vida de alguna manera. La disposición es lo más importante. Algunos libros cambian mi vida sin siquiera leerlos. Basta que alguien los lea por mí, o que finja leerlos. Cambio mi vida por libros que luego no leo por pura pereza. La lectura es autosuperación y confrontación. La escritura, que es otra forma de lectura, es exploración y autoconocimiento. Leo y escribo para entenderme y (des)estructurarme, para dudar. Leo para que me digan lo que soy y lo que quiero. Leo, también, para sentir que estoy equivocado, que no sé, que no estoy seguro (que no debería estar tan seguro) de lo que quiero ni de lo que siento. No sé cómo me cambian los libros. No sé quién sería si no hubiera leído un libro u otro. No creo que necesite leer ningún libro. No soy capaz de discernir lo que era de lo que soy o seré. Sospecho que ningún libro me ha cambiado la vida radicalmente. Jamás he esperado que las lecturas me rediman. Nunca he esperado mayor cosa de un libro salvo, tal vez, que me cambie la vida. Pero todo me la cambia, incluso cuando no quiero.