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meses

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Laia cumplió diecinueve meses hoy. Está muy activa y comunicativa, al borde de empezar a decir frases. Es una escaladora de muebles bastante temeraria. Tiene alma de gato.

Hoy en la piscina arrancó a llorar de repente y no entendíamos por qué. Estaba muy afectada. Pronto descubrimos cuál era la fuente del llanto: otra de las visitantes regulares de la piscina, una niña un poco menor que ella con la que a veces jugamos, tenía una herida en la frente por una mesa mal acomodada en su casa. Ya estaba curada pero la herida era vistosa y grande y cada vez que Laia la veía, la señalaba y lloraba. No se atrevió a acercarse. Le daba miedo o algo así. Me sorprendió mucho su reacción.

escaladora

Trece meses

Durante el primer mes de su segundo año Laia empezó a caminar. Sobre esto ya he escrito. Después de la novedad inicial siguió un período de cautela experimental que parece haber terminado hoy, tal vez para celebrar el nuevo mes de vida: desde por la mañana ha estado caminando por la sala evitando apoyos y sin dirigirse específicamente hacia nada. Por primera vez parece preferir caminar a gatear. Otra de las novedades de este mes es que empezó a usar palabras con propósito. Dice “agua” cuando quiere agua (suena “abua”). También usa el signo correspondiente en lenguaje de señas cuando la palabra no le sale. Por otro lado responde a varias frases, reconoce palabras, sabe partes de la cara y las señala, lanza pelotas, abraza sus muñecos y les da besos, sabe cuándo puede jugar con Gonta y cuándo no, reconoce e inteactúa con personas por Skype, entiende vagamente cómo se usa el iPad, nos imita. Aprende montones sin que sintamos que le enseñamos. Siempre está atenta a lo que hacemos, pero le gusta contar con cierta independencia/distancia. Es necia, hiperactiva y rebelde. Las noches siguen siendo duras. Ocasionalmente no duerme. La comida también es toda una guerra, aunque la reproducción de videos en el computador ha ayudado mucho. Pocoyó nunca falla. Aunque es exigente cuidarla (y no siempre tengo la disposición emocional correcta), cada vez me parece más maravilloso todo. Al principio mi conexión con ella era complicada. Pensaba que estaba en desventaja por ser el papá (que es, para ella, casi como ser nada). Ahora he empezado a sentir un vínculo personal muy fuerte. Cada vez me usa menos como un sucedáneo de la mamá. Tenemos nuestra propia relación y nuestras propias actividades. Somos un equipo. Prefiere a la mamá en general (se adoran), pero tiene juegos que son sólo conmigo. En medio de todo eso ha adoptado muchos de mis gestos. Me reconozco en ella. Jugamos entre las siestas, las comidas, las cambiadas de pañal y los baños. También cantamos y bailamos. Nos protegemos mutuamente. Tenemos nuestro plan de ir a la cafetería. Ella se sienta junto a mí y nos comemos un scone de queso con arándanos entre los dos mientras me tomo un café. Las dependientes del café nos conocen y saludan. Laia saluda a todo el que entra. Algunos responden. Los canadienses son jodidos. Los viejos son generalmente más receptivos. Quiero salir más con ella ahora que empiece a caminar con más seguridad. Hay algo en la actitud de Laia, en su forma feliz de acercarse a todo y todos, con buen ánimo, sin prevenciones, que me hace mucho bien. Mi hermana dice, y creo que tiene razón, que estoy enamorado. Es muy agradable sentir (o tener cerca) todo ese cariño y asombro. Es un gran privilegio acompañarla en estos primeros años y verla crecer. Tengo muchísima suerte.

Once meses

Laia cumplió once meses el sábado. La última semana fue una de las más pesadas que ha tenido. Su sueño fue muy irregular y lloraba mucho durante las noches. Finalmente el viernes regresó a la programación habitual. Mi sospecha es que todo está conectado con su nivel altísimo de actividad. Le gusta estar despierta y en acción. El sueño se opone a su agenda actual. Este mes ha sido de muchos experimentos alimenticios pues se ha vuelto difícil que se concentre en la comida, así que lo hemos intentado todo, desde comida india hasta rollitos primavera pasando por duraznos enteros y pho, no siempre con éxito. La nueva política es que coma de lo que quiera que estemos comiendo. No sé por qué me conmueven tanto las comidas familiares en las que todos comemos lo mismo. Cada vez es más evidente que somos tres y que la tercera (que todavía no supera los setenta centímetros de altura) ya dejó de ser un apéndice y empezó a tomar decisiones que a veces nos afectan a todos. A veces asusta y a veces desconcierta. Ayer precisamente, mientras la cargaba, tuve uno de esos momentos recurrentes en los que me sorprende muchísimo la relación biológica entre los dos. No es tan fácil de asimilar. Cuando lo siento me da vértigo. Pienso en cadenas de animales descendiendo desde el inicio del tiempo y en nuestro lugar en ese proceso. Todavía no es suficientemente autónoma pero se mueve mucho y quiere entender qué es todo (con la boca como laboratorio de análisis preliminar). Exige muchísima atención. Con la muerte casi total de mi vieja cámara se han reducido las fotos. Uso el iPad pero no es lo mismo. Creo que ya se reconoce en las fotos, o al menos su cara le parece suficientemente familiar para reírse emocionada cada vez que la ve. Le encanta que nos acostemos en la cama para que ella haga monerías entre los dos. Salta, se intenta parar, se va de espaldas, se lanza con todo contra la cara (a morder), baila y se muere de la risa. Gonta le dedica una hora diaria de atención y deja que ella le haga vainas que yo jamás podría permitirme sin recibir sendo mordisco. Plinio a veces la tolera, dependiendo de su estado de ánimo. En la piscina ahora conoce a más personas. Sigue en su política de saludar a todo el que pase así no todos respondan. Los canadienses no miran ni le hablan tanto a los niños como los mexicanos. Son mucho más prevenidos. Me da rabia que no se permitan verlos, especialmente cuando los niños hacen tanto esfuerzo para que los tomen en cuenta. Ahora estamos en la lucha para que entienda que ciertos libros son de ella y otros no tanto (por lo pronto). Aunque todavía no ha deshojado ninguno valioso ya estoy preparándome para ese día. No demora.

Ocho meses

De repente aprendió a dar vueltas acostada. Llevaba un par de meses intentando que lo hiciera sin éxito, explicándole qué mover, cómo poner los brazos, y de pronto un día aprendió por su cuenta. Creo que entiende el logro porque sonríe orgullosa con cada giro. Ayer por la noche Mónica le dijo algo sobre “su papá” y ella respondió “papá”. En la piscina, mientras tanto, patalea con fuerza para impulsarse hacia el balón. Se lleva bien con el agua aunque todavía no se atreve a lanzarse desde el borde ni entiende el concepto de hacer burbujas (dos de los ejercicios usuales). En la comida cada vez somos más arriesgados. Esta semana comió un platito del sancocho de carne y pollo que hicimos el domingo. Ayer le hicimos un estofado de carne de res con cebolla, pimentón y zanahoria a ver qué opina. Su comida favorita es la berenjena al horno con lentejas. También le gusta comer pedazos de patilla. El martes fuimos al pediatra y sigue dentro de su curva de crecimiento. El pediatra dijo que era muy buena señal que lo mirara con extrañeza y buscara a la mamá. Ahora estira los brazos para pedir que la carguen. También grita para pedir cosas o llamar la atención. La mayor parte del día estamos en la sala con sus juguetes. A veces pongo música y cantamos. Le leo poco. Debería leerle más. Apenas el clima mejore quiero salir al menos una vez al día a caminar. El encierro es pesado para los dos. Sospechamos que viene un diente en camino pero no está confirmado. Últimamente se ríe mucho cuando hago el gesto de lanzarme a morderle las manos. Por las mañanas, recién levantada, la acuesto entre nosotros dos y por la cara parecería que es la niña más feliz del mundo. Con la consciencia, sin embargo, han llegado las primeras frustraciones: Gonta se va, los juguetes no están suficientemente cerca, no la dejo jugar con cables, Plinio no la determina. Llora desconsolada. Hoy la calmé usando una media como títere. Quedó impresionadísima. Este mes empezó a usar la tercera talla de pañal.

Siete meses

Hoy Laia cumple siete meses. Esta semana pasó del grito esporádico a la articulación descontrolada y constante de sonidos, especialmente cuando alguien cerca habla. Ayer dijo varias veces “Ta-ta”. Ya asumí que se refiere a mí. En la piscina conversa con cualquiera que le preste atención. Ha tenido unas cuantas noches difíciles últimamente. Sospechamos que tiene que ver con la llegada inminente de un diente. La piscina la deja exhausta y duerme muy bien durante el día. Ayer me di cuenta de que ahora llora por antojos y no sólo por necesidades fisiológicas básicas. Llora porque Plinio no se acerca lo suficiente o la ignora. También llora porque no le traigo el juguete que quiere. Hoy, mientras jugábamos en la sala, un halcón inmenso se paró por un par de segundos en el árbol frente a la ventana. Creo que iba tras las torcazas residentes. Cuando me levanté para mirarlo mejor levantó vuelo de nuevo entre la nevada.