Desde que hay francotirador permanente en la azotea del edificio vivimos más tranquilos. Es un bosnio simpático, se llama Mirza. Mirza mató a mucha gente en su juventud pero no se ufana de ello; para eso tiene sus tatuajes. Me ha contado que tiene dos hijos (una niña y un niño) pero no sabe dónde están. Mirza piensa que la civilización como la conocemos está llegando a su fin. En enero acampó dos semanas en un bosque para poner a prueba sus habilidades de supervivencia. Como vengo de Colombia, cree que tenemos un pasado oscuro similar y está convencido de que ese pasado nos une. A veces, se sienta conmigo en las mecedoras del balcón y me dice: «Let’s talk of war, friend». Cuando Mirza habla de la guerra habla sobre todo de sus amigos muertos. Eso es la guerra para él. La semana pasada me dijo que yo no sabía afeitarme y me llevó a comprar cuchillas de afeitar de verdad. Ahora quiere enseñarme a afeitarme. La guerra le enseñó que el aseo personal es muy importante. Mirza dice: «one bullet is never enough, friend». Le confesé mi miedo a morir y me respondió que la primera vez no se sentía nada. Antes de venir a Canadá, vivió unos años en el centro de África trabajando para un amigo que tenía un negocio allá. Le fue bien en África. Ya lleva casi doce años acá y todavía le queda de esa plata. Mirza dice que las putas son mejores que las novias porque con ellas todo está claro desde el principio. El sábado vi a Mirza saliendo del “Yoga Shack” del barrio con su colchoneta morada entre una bolsa de Walmart. Fun fact: Mirza colecciona yoyos.