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mónica

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Charco

Seeking a friend at the end of the world

La aniquilación de realidades es un evento cotidiano. Mueren en olvidos y también en muertes literales. Las personas se despiden. Las distancias destruyen las historias hasta que no son más que ficciones empacadas en recuerdos convenientes. El tiempo es cruel y no sirve a nadie. Los mundos se derrumban. Los he visto caer frente a mí. He caído con ellos. A veces en broma decía que me gustaría ver el fin, que me sentiría privilegiado de ver el cielo arder. Pero luego lo vi y no sentí más que incomprensión e indefensión. Estaba afuera con el teléfono en la mano, era domingo. Por fortuna ella me esperaba en el corredor para abrazarme y recordarme que todavía nos teníamos. Juntos en nuestra soledad. Sin ella a mi lado no habría sabido qué hacer.

Tercer ciclo lunar

Cada vez la risa es más frecuente aunque creo que todavía no me reconoce totalmente. Tampoco reconoce su nombre. A veces duerme bien y a veces duerme mal. Todavía no entendemos de qué depende. Los manuales proponen la creación de una rutina pero mi impresión es que la rutina (si se le puede llamar así) la impone ella. Igual no es malo: es divertido adaptar la vida a los designios de una pequeñita déspota sonriente que hace globos de baba. Hace un par de días estuvimos hasta las dos y media de la madrugada conversando. Creo que me quedé dormido antes que ella.

El control de las manos ha mejorado muchísimo. También su visión. Ahora puede tocar lo que quiere tocar (dentro de un margen de error de unos cinco centímetros). Adora los móviles. Queremos llenar el techo con todos los que podamos encontrar. La ropa que antes parecía inmensa ahora apenas le queda. Ya empezamos a usar la ropa que corresponde a los tres a seis meses y a prescindir de la otra.

Hace un par de días, durante el baño, redescubrió sus pies.

Janak vino a visitarla por cinco días. Jugamos Dance Central 2. Nos fue conferida la misión de asegurarnos de que Laia pronuncie apropiadamente las palabras “out”, “about” y “sorry”. Según Janak, el acento canadiense sobre esas palabras es fonéticamente ofensivo para el angloparlante de bien.

La licencia de maternidad de Mónica termina hoy. Mañana regresa al trabajo. Este año (“académico”) Laia será mi única ocupación. Tal vez escriba y programe por las noches, dependiendo del cansancio. Durante los primeros días iré con Laia a la universidad al mediodía para que reciba un almuerzo. De resto, la alimentación diaria dependerá de mi habilidad con los teteros y su disposición a la resignación. Esperamos que no sea necesario utilizar leche de fórmula. Durante el último mes Mónica se ordeñó regularmente y tenemos una buena provisión en el congelador. A ver cuánto aguanta.

Tres mujeres

Laia, Gloria y Mónica
Durante el Pride Parade del pueblo. Pese al ruido, Laia lo durmió íntegro. Mi mamá, por su parte, se dedicó a recibir banderas, botones, tatuajes temporales, collares y volantes coloridos. A Mónica la conmueven mucho estas marchas. A mí también. Ahora, además, me recuerdan a Sebastián.

The most beautiful face

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Necesidades primarias

La rutina es sencilla: comer, dormir, cagar, mear, llorar a gritos. Es el precio de estar cautivo en un cuerpo tan débil. De día la segunda fase de prolonga. De noche la quinta fase es central. Mi ciclo de sueño reducido sirve de muy poco. Buena parte de la exigencia física recae directamente en Mónica, quien acepta con alegría el martirio dulce de sus reclamos crípticos a llanto tendido (única herramienta comunicativa a su disposición) así como el estado lamentable de cadera y tetas (consecuencia del esfuerzo que requiere (aprender a) alimentarla). Yo apenas sirvo de asistente logístico, cambiador de pañales, humorista y niño cantor ocasional. Cuando Laia duerme todos duermen. Mi felicidad es verla.

My soldier girls

Laia

Largo día. Laia nació a las 4:33 de la tarde. Pesó 2995 gramos y midió 51 centímetros. Es pequeñita. Tres horas antes estábamos en la plazoleta de comidas de un centro comercial comiendo sopa de tomate y jugo de naranja con zanahoria. Mónica había tenido contracciones pero no eran suficientemente regulares así que no estábamos seguros de que fuera el momento. Pensábamos que era falsa alarma y que Laia nacería, como su hermano mayor, el día que cumpliera cuarenta semanas, o sea el miércoles. Finalmente el dolor de las contracciones convenció a Mónica de ir al hospital. El parto fue rápido pero también salvaje. Ahora son las 11:40 de la noche y tanto Mónica como Laia duermen a suspiros. Ya la niña recibió su primer baño. Es suave y tranquila. Cuando está despierta mira a su mamá con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Mañana inicio mi curso en la universidad. Es un curso de cálculo integral de un mes y medio (dos horas diarias) para estudiantes de matemáticas y física. Terminé de preparar la primera serie de lecciones (para mañana: el teorema de valor medio y sus consecuencias revisitados formalmente) y la primera tarea esta misma mañana. Serán seis semanas muy intensas. Estoy cansado y feliz. Más feliz que cansado.

Obsesión bidireccional

Le tengo miedo a morirme. La muerte incluso en abstracto me angustia como si al mentalizarla la conjurara. Me atormenta ser incapaz de predecir la sensación física. Odio saber que un día dejaré a Mónica sola. Dedico mi ansiedad entera al rumiar la idea por semanas y pensar opciones. Cuando era niño rezaba para no morirme mientras dormía porque no quería que mi mamá llegara a despertarme y me encontrara frío. Quería controlar las circunstancias de mi partida a detalle tal y como pensaba que controlaba mi vida. Cuando pienso ahora en mi muerte pienso también inevitablemente en el impacto que tendrá en mi familia cercana. Mis esquemas de suicidio, cada vez menos frecuentes, se sumergen por lo general en árboles de decisión insondables para resolver el problema de minimizar el daño emocional producido a quienes quiero. La incapacidad de anular el dolor ajeno me protege de mí mismo. Supongo que eso es común.

También está el terror físico a que los otros se mueran reforzado por la consciencia (estampada a lo bestia) de que la amenaza es real y no hay nada que pueda hacer para prevernir que pase. Ese no me deja ni dormir ni estar despierto.

Estegosaurio

Lunes

Mónica me cortó el pelo el sábado. Compramos una máquina de esas que usan en el ejército y procedimos sin agüero. He regresado al peinado clásico que me enseñó a pedir mi abuelo en peluquerías-escuela en Bogotá. Llevaba casi seis años sin cortarme el pelo seriamente. No sé por qué lo hice. Rebeldía a destiempo, creo. O simple pereza. Luego, para hacer la cosa todavía más rotunda, yo le corté el pelo a Mónica muy muy corto. Creo que fui demasiado radical pero nosotros menos mal ya superamos esa época de la vida en la que el estado del pelo es algo con mediana importancia más allá de que sea funcional (Mónica me contó de una compañera de trabajo que hace poco fue a la peluquería y lloró desconsolada a la salida porque se lo cortaron demasiado corto para su gusto). El paso natural después de esto era cortarle el pelo a los gatos, pero algo, una voz, me detuvo. Hoy por la tarde limpié la casa. Ahora veo hockey (Sexto juego de la Stanley Cup: Boston humilla a Vancouver (que va ganando la serie 3-2)) y horneo pastelitos chinos de arroz y fríjol para el desayuno. Son las nueve y Mónica todavía no ha llegado. Tiene experimentos hasta tarde. Releo Cloud Atlas por estos días. Es como escalar una montaña y luego bajar.

Viernes (Santo)

Es festivo en Canadá, pero Mónica tenía que ir al laboratorio a recolectar tejido (eufemismo para el sacrificio ritual de roedores mutantes y subsecuente extracción de cerebros), así que fuimos juntos. Trabajé en su oficina mientras tanto. Por la tarde descansamos en la casa. No hay nada abierto. Haré unas pastas para la comida. Ya las hice. Ya me las comí. Esta es Mónica en modo biohazard:

Sábado

Compramos velas con olor a toronja en la ferretería, también trampas para hormigas. La temperatura afuera volvió a bajar. Mónica decidió salir a trotar hoy muy temprano. Yo me desperté cuando ya había regresado. Gonta me levantó con emboscada en los pies. Ahora ambos gatos duermen y yo tomo batido de mango con yogurt. Creo que más tarde iremos a cine. Ayer en el tren leí este ensayo de Sergio de la Pava sobre literatura y boxeo como metáforas complementarias de la vida como lucha. Inevitablemente pensé en la última vez que vi a Mauricio en la sala de cuidados intensivos. Ya estaba muy mal pero se suponía que había esperanza. La enfermera me dijo que lo tocara si quería pero no fui capaz. Apenas le pasé la mano por el brazo y luego salí corriendo a buscar a Mónica para que nos salvara.

Miércoles

Aunque desde ayer y durante todo el día ha habido contracciones en intervalos de 30-50 minutos, sólo hacia las seis de la tarde Mónica tuvo su primera contracción realmente intensa. Antes eran apenas molestas. Ésta la dejó adolorida. Estaban en el centro comercial. Desde entonces las contracciones son aproximadamente cada media hora. Ahora mismo Mónica duerme. Espero que no tengamos que salir para el hospital de madrugada.