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monólogos

Racionalización de la frustración

This Guy — Drew Young
Drew Young, This Guy

Entonces creo que lo que pasa es que cada persona tiene su sentido particular de trascendencia pero es incapaz de reconocer que ese sentido está diseñado para adaptarse a sus propias posibilidades físicas y psíquicas y es por ende intransferible a otros, lo que lo convierte en un parámetro pésimo para juzgar las expectativas y propósitos de los demás. Uno de los errores de las religiones establecidas consiste en pretender que cada persona renuncie a su sentido particular de trascendencia o por lo menos lo adapte para que sea diligenciable en un formato genérico de salvación. Esta pretención de las religiones envuelve a sus practicantes/consumidores en estructuras mentales represivas cuyo única utilidad es asegurar que su sentido particular de trascendencia no recobre control de la historia que el individuo cuenta con sus acciones, pensamientos y decisiones. Digo “cuenta” porque asumo que la experiencia de la existencia es indistinguible de su narración subconsciente (noción discutible pero que estoy dispuesto a defender), gracias a la cual la sucesión de eventos gana progresivamente significado y también valor. Así, al adoptar sentidos de trascendencia ajenos o peor aún genéricos cedemos autonomía sobre no sólo nuestra vida sino la interpretación íntima y extensa que requerimos para creer que con cada parpadeo continuamos siendo el mismo y el futuro nos pertenece, así sea en una manera puramente local. Por lo general, la negación de nuestra singularidad y asimilación (necesariamente fallida) de expectativas externas se opone a nuestra consolidación emocional.

Veterano

Un día tendremos que destruirnos, me dijo. Yo respondí que cuando ese día llegara pensaríamos al respecto y lo haríamos a lo grande. No escatimaríamos esfuerzos para que nuestra interdestrucción fuera no sólo digna sino gloriosa, algo para recordar. Bromeaba, claro. Yo pensaba que nos querríamos para siempre. Uno siempre piensa esas cosas. Hasta que llegó el día cuando tuve que cumplir mi promesa y sin chistar procedí: primero la destruí y luego me destruí a mí mismo, agarré mis cosas y me fui. No fue bueno. No fue feliz. No había gloria alguna ahí. Pero cuando me preguntan qué pasó con eso, por qué terminó así, siempre respondo que el nuestro fue un cierre convenido de antemano, algo que decidimos mucho tiempo atrás, cuando todavía nos queríamos y pensábamos el uno en el otro, así que si el cierre fue como resultó ser no fue por culpa del odio puntual del momento sino del amor de dos años atrás, cuando un cierre desapasionado nos parecía inaceptable dada la magnitud de nuestra historia. Hay que confiar en el amor, agrego, y la gente siempre asiente con respeto lastimero, como si yo acabara de regresar orgulloso y sin piernas de la guerra.