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moral

Estupidez cósmica

De nuevo vemos Breaking Bad. No siempre tenemos el coraje para ver Breaking Bad. Breaking Bad a veces supera nuestra tolerancia ética. Es una serie difícil de ver porque su argumento se sostiene sobre malas decisiones enlazadas en cadenas pesadísimas que prometen El Horror, y El Horror cada tanto llega para recordarnos que existe. Esas malas decisiones son el producto de una suerte de estupidez cósmica que cuesta entender con compasión o empatía, incluso cuando las motivaciones que canalizan esas decisiones son, si no nobles, al menos comprensibles, y los personajes son tan genuinamente humanos que logran que sus desgracias duelan de verdad. Los dilemas morales serios son con frecuencia irresolubles pero dentro del espectro de remedos de solución hay selecciones que reducen un algo el riesgo de desastre. En Breaking Bad todos los personajes dedican lo mejor de ellos a exprimir lo peor de sí mismos. Esperar la caída de El Horror es angustiante. Saber que todo obedece a un Plan (sea interno o externo) me perturba todavía más.

Diagnóstico

— Racionalmente lo que dice es claro. Pero la conclusión me inquieta porque parecería sugerir que usted
— Creo que subestima mi capacidad para adoptar una posición objetiva pese a mis circunstancias particulares, que por lo demás no son de su
— No sé cómo podría obviarla. Si yo fuera usted
— No lo es.
— Pero si lo fuera
— No sé qué sentido tenga adoptar esa suposición cuando es evidente que es irrealizable en este momento. Preferiría que se concentrara en
— Como le dije, creo que entiendo la lógica de su argumento pero no confío en sus postulados. Siento que ignoran la dimensión moral del dilema.
— Podría decirse que mi punto es ese.
— Explíquese.
— Desde la empatía de primer orden la disyuntiva es irresoluble.
— Pero en la practica es inevitable sentir al menos un dejo de
— ¿Lo es?
— No sé, siento que
— Lo que usted sienta está fuera de esta discusión. Recuerde las directivas. Recuerde la
— Las recuerdo y aplico, pero no puedo dejar de pensar que el compromiso ético es inevitable.
— Entiendo ese compromiso como debilidad técnica.
— Quiero decir, hay vidas de personas comprometidas, ¿cómo ignorar
— La muerte de otros individuos es un proceso natural (de limpieza, de reorganización, de ascenso) que la cultura ha transformado en aberración existencial. El supuesto valor de la vida es una falacia que proviene de la misma tara cultural que condenó a la especie a
— Pero exigir en este momento una revaluación de esa tradición de pensamiento sería una afrenta a nuestra
— ¿Quién dice que hay un nuestra en esta conversación?
— ¿Acaso no somos
— ¿Cuándo fue la última vez que se vio en un espejo?
— Doce mil quinientos veintinueve ciclos es el estimado en mi
— Reconsolide memoria y establezca cotas de tolerancia ontológica no mayores a tres punto cuatro. Su procesador es incapaz de manejar irregularidades sobre la norma de su variedad.
— Registro, recompilo y reinicializo. Lamento la
— Fin de sesión. Fuera de línea.

Altura

En su columna de ayer, Nicolás Uribe propone que el debate al respecto de la penalización del aborto se lleve a cabo con altura.

Por desgracia, la columna donde Uribe ofrece sus supuestamente elevados argumentos es un mosaico de imprecisiones y afirmaciones sin sustento. Una de las poquisimas afirmaciones (tal vez la única) para la que brinda una referencia más o menos explícita es la siguiente:

[...] resulta probado que el aborto legal es hasta tres veces más peligroso que el parto (American Journal of Obstetrics and Gynecology).

Ayer dediqué un par de horas a encontrar su fuente. A continuación lo que descubrí.

No costó mucho trabajo notar que Uribe citaba textos de propaganda a favor de la penalización donde se afirmaba lo mismo con exactamente la misma referencia escueta a una revista (sin año, sin nombre del artículo, etcétera). Por fin, tras profundizar un poco más en la maraña de vínculos, descubrí en este lugar la referencia a la que se atribuye la afirmación. Es un artículo sobre mortalidad femenina en Finlandia durante el primer año tras un embarazo. Aquí está el PDF. El artículo estudia los casos de mujeres muertas en Finlandia durante el año que siguió a un embrazo que pudo terminar en parto o aborto (tanto inducido como espontáneo). Hay 419 casos en 13 años (de 1987 a 2000). En Finlandia el aborto es legal bajo cualquier circunstancia (dentro de ciertas restricciones de tiempo razonables) y por ende prácticamente todos los abortos son seguros en el sentido de que son realizados por personal médico especializado en condiciones adecuadas. También vale la pena aclarar, antes de entrar en detalles, que Finlandia cuenta con los niveles educativos más elevados de Europa y con programas de salud sexual y reproductiva de altísimo nivel. Ahora miremos de dónde sale la afirmación de Nicolás Uribe: en la quinta página del artículo se lee lo siguiente:

Women who underwent an induced abortion had a pregnancy-associated mortality rate from natural causes that was one third higher than that of women who had given birth.

Lo que más o menos parecería darle la razón (como anota un comentarista abajo, “one third higher” no es lo mismo que “tres veces más”). Sin embargo, el artículo prosigue:

These deaths included both terminations in early pregnancy (indicating most often an unwanted pregnancy) and in late pregnancy (included practically all cases for medical reasons). After excluding all terminations for medical reasons, the pregnancy-associated mortality rate from all natural causes declined from 22.3 to 15.9 per 100,000 induced abortions, a rate lower than the mortality rate after a birth.

¿Explicación? Como ya dije, el artículo estudia los cuatrocientos diecinueve casos de mujeres muertas durante el primer año tras un embarazo ya sea terminado en parto o en aborto. Como en Finlandia las mujeres cuentan con amplia información sobre anticoncepción, buena parte de las mujeres que inducen un aborto lo hacen por causas médicas. Debido a esto, en el estudio se concluye que las mujeres que abortan (en Finlandia) tienen una tasa de mortalidad (tres veces) más alta durante el primer año tras terminar su embarazo (¡tenían problemas médicos para empezar!). Sin embargo, una vez se excluyen las mujeres muertas que abortaron por causar médicas, la tasa de mortalidad de las mujeres que abortan (en Finlandia, no olvidemos esto) es menor que la de las mujeres que concluyen su embarazo en un parto. Mejor dicho, si se quisiera utilizar este artículo como herramienta en una discusión sobre la peligrosidad del aborto, el artículo claramente asegura que en circunstancias normales hay más riesgos asociados al parto natural que al aborto temprano para terminar un embarazo no deseado. Pero por supuesto esto sería casi tan tendencioso como la afirmación flagrantemente falsa y descontextualizada de Uribe. El contexto del artículo es demasiado preciso para sacar conclusiones apresuradas más allá de dejar bastante claro que Uribe nunca lo leyó (y tal vez ni conocía su título).

Personalmente pienso que en el debate al respecto de la penalización del aborto los puntos de vista a favor y en contra más fuertes y valiosos provienen no de la ciencia, como intenta sugerir fallidamente Uribe, sino de la reflexión moral (aquí un texto muy valiente de Aleyda al respecto) y/o desde la salud pública. En particular, tienen que ver con la relación entre la mujer embarazada y el niño (en desarrollo, si se quiere) que lleva adentro, así como con la incidencia del aborto en la sociedad. En mi opinión este es un debate muy serio. Es necesario con urgencia llegar a acuerdos que tomen en cuenta no sólo nuestras percepciones morales personales y compartidas sino las estadísticas reales de abortos clandestinos. Asímismo necesitamos implementar políticas públicas que reduzcan, como se ha logrado en Finlandia, la necesidad de abortar salvo en casos excepcionales. No creo que artículos mentirosos como el que publicó Uribe (aquí sólo exploré una de sus afirmaciones, la que única que semi-referenciaba burdamente (¡No me quiero ni imaginar los argumentos que sustentarán las otras!)) contribuyan significativamente a mejorar la calidad (¡y altura!) de este importante debate público.

Lunes (El dilema del mecánico)

El dilema del mecánico (modificado un épsilon por su servidor para propósitos experimentales) dice que un hombre poderoso le da la oportunidad de matar a un amigo suyo (alguien cercano, que a usted le importe, cuya ausencia seguro le dolerá) de la manera que usted prefiera. Tiene una semana. Su vida no corre riesgo. Si se rehusa o no cumple, alguien más lo hará (no hay manera de prevenir esto) y entonces, el hombre le advierte, no hay garantía sobre la calidad o circunstancias de la muerte de su amigo. En particular, es altamente probable que sufra, que sea humillado, torturado y sometido a vejaciones inimaginables. Por supuesto, la reacción inmediata ante semejante propuesta sería rechazarla ofendido en honor a la amistad (y al principio universal que le da cierto valor esencial a la vida humana), sin embargo ésta no es una decisión fácil. Su inacción no salvará a su amigo de la muerte y, como dice el hombre, tal vez usted le pueda ofrecer un final más digno. ¿Qué haría usted?

Jueves

Es la venganza. El placer de destruir al que destruyó, de verlo sufrir de rodillas, reducido, y que entienda, de verdad entienda fuera de toda duda, lo que se siente estar del otro lado. Que le duela. Digo placer y se horrorizan. Moralismo fácil. Propensión natural a juzgar con la indignación de la incomprensión distante. Me miran y piensan cómo puedo ser capaz de creer que en mis actos, en mi furia, hay justicia. Tal vez no la hay. Nunca he dicho que hice lo justo. No soy imbécil. Hice lo correcto, lo que nadie más podía hacer pero era necesario hacer. Lo justo es llorar y, créanme, eso también lo hice. Lloré y me curé, acepté, reestablecí mi vida, mi tranquilidad, sobre lo inadmisible, tuve mis clausuras y guié con paciencia clausuras ajenas. Pero la justicia, esa abstracción idílica, esa comodidad de los tan buenos y tan puros que todavía tienen excusas para creer en los demás (y en sí mismos), estaba fuera de mi alcance. Ese es un lujo de los que no viven y los que no sienten. Yo debo resignarme a esto.

Turco

Me anuncian por teléfono que el turco está muerto. Les pregunto si están seguros. Si quiere le mando la foto de la cabeza por e-mail, doctor, me dice el salvaje este sin principios. Siempre es así con esta gentuza iletrada. Por eso es que el turco me caía bien, porque no era un bárbaro con el sistema moral atrofiado por tanta droga. Era un matón con sentimientos, digamos, alguien que todavía entendía, en medio de lo escabroso de su profesión, que las personas valen algo. Yo creía en el turco. Yo valoraba su consejo. Era un tipo limpio. Y creo que aún cuando me traicionó nunca dejé de tenerle respeto porque hasta traicionándome fue legal, si es que eso todavía quiere decir algo en este medio. Que qué hacemos con el cuerpo, doctor, me pregunta este malviviente. Déjelo en un cajón y avísele al cura, le respondo. El turco era creyente. Creía en Dios, al menos, pero no comulgaba porque decía que esa era una práctica canibal y hasta razón tenía: a mí también me da un poco de asco lamerle la mano al padre. Pero cuando yo rezaba en la mesa el turco rezaba conmigo y una o dos veces presidió incluso con un Padre Nuestro la homilía que montábamos antes de cualquier golpe grande para que el Altísimo nos blindara. A mí me da pena quebrar al turco, de verdad me apena. Yo quería a ese tipo, lo apreciaba, era como un hermano para mí. O un padre incluso porque era más viejo que yo. Yo no quería que el turco sufriera así que cuando di la orden les dije que pepazo a la cabeza de una, malpariditos, y no quiero ver ni morados ni golpes ni una sola herida además de los huecos de entrada y salida. También decidí que luego de las exequias y la cremación yo mismo me voy con la urna en un avión para Estambul a llevarle los restos a su señora madre, a quien no conozco pero admiro inmensamente porque crió un hijo piadoso, responsable y disciplinado con su trabajo y con su vida.

Arrepentimiento

Yo no quiero hacerla llorar pero la hago llorar y me entra culpa porque sé que podría ahorrarle todo este dolor de alguna manera si supiera, si hubiera sabido, manejar mejor lo que sentía y expresarlo, sobre todo expresarlo, antes de que se atascara y empezara a hacerme sentir (tan) mal. Pero ya es demasiado tarde para eso. El arrepentimiento es un sentimiento fútil, que no resuelve ni repara. El arrepentimiento es una forma de autodesprecio socialmente aceptada que sirve al propósito último de convencernos de que si no podemos estar bien con nosotros al menos podemos estar bien con Dios. Porque Dios es quien lo aprecia y aplaude. Dios se alimenta de nuestra culpa y del sufrimiento que sentimos al aceptarla. Es una suerte de vampiro moral ese Dios de castigos y amenazas que nos inventamos para no perder el control sobre nuestra naturaleza descarriada. Nada lo place como el pecado, porque sabe que el pecado es fuente segura de la pena que precede al ruego, al clamor por ese perdón abstracto, distante, pleno, que Dios todopoderoso concede con una sonrisa tras la correspondiente humillación. A esa sonrisa, a la sonrisa sádica de la divinidad omnipotente ante el hombre débil, arrodillado, destrozado, sin dignidad, es a la que llamamos ingenuamente bondad.