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Brujas

Ayer terminamos de leer Las brujas de Roald Dahl. Me gustó mucho el final. Al final, el niño protagonista y narrador, en una conversación con su abuela, habla de sus expectativas de vida ahora que será un ratón para siempre. Ambos reconocen que les quedan, a lo más, nueve años (los ratones normales viven tres; él, por ser un ratón-humano, vivirá un poco más). Pero esa no es una tragedia. Ambos lo ven como un reconocimiento de la importancia de aprovechar su compañía mutua y el tiempo que les queda. No hay tristeza ante esa perspectiva. El cierre, aunque enmarcado en esta conversación, resulta ser la promesa de una gran aventura. El presente siempre debería ser el inicio de una aventura.

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Ana, la hermana de Jasna, escribió este ensayo sobre la muerte, hace pocos meses, de su hija Nadia. Su lectura me dejó arrasado pero también agradecido. Es un texto muy duro y muy lindo.

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Murió David Bowie, mi respuesta cuando alguien me preguntaba cuál era mi miembro de Los Beatles favorito. Era una respuesta burlesca pero también sincera, porque aún cuando nunca he sido muy de pasiones musicales la música de David Bowie hacía para mí (medidas las proporciones) lo que la música de Los Beatles hace para la gente con Beatle favorito. Era música (de un raro para otros raros) que caía cerca, a veces incluso adentro, y nunca se iba muy lejos: música para acompañar, iluminar y entender la vida desde la diferencia activa y orgullosa.

Aquí la despedida de Momus.

Muerte

Me pasa que voy en la bicicleta por la calle del Rey y cruzo una avenida con el semáforo y las sacrosantas leyes del tránsito a mi favor y mientras cruzo la avenida a buen paso, con el dedo pulgar enganchado en el timbre y la mano derecha tensionada sobre el freno en caso de que TODO salga MAL, pienso que TODO efectivamente va a salir MUY MAL y un carro o tal vez un camión de bomberos se materializará a toda velocidad para estamparme justicieramente contra el éter (en el mejor de los casos) u otro objeto más sólido (en el peor). Al terminar de cruzar la avenida agradezco con alivio el perdón concedido y reconfirmo que tal vez todavía me falte algo por hacer en este cuerpo, pero la certeza sólo me alcanza hasta la siguiente intersección, donde encaro de nuevo mi muerte cierta e imaginaria con la misma resignación con la que enfrento a diario todo lo que me sepa a vida.

One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

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Hoy en el parque terminé hablando con una mamá sobre Mauricio y su muerte. A veces se me sale aunque sé que incomoda.

A la gente no le gusta oír que los niños se mueren. Supongo que a mí tampoco me gusta recordarlo.

“Lo siento mucho”, me dijo. “No se preocupe, es algo que pasa, parte de la vida”, le respondí.

De regreso a la casa paramos en la cafetería y me tomé un café con leche mientras Laia se comía una galleta y un vaso de leche. Sentado en la mesa frente a ella (secuestros masivos de niñas en la portada del periódico) pensaba que por varios años lo que le pasó a Mauricio no era sólo algo que había pasado sino que era el presente, no se iba. No sé cuándo se volvió “algo que pasa”. Se siente menos pesado, eso sé. Presente pero no el presente. Casi que podría ser algo que le pasó a alguien más.

Catorce meses y tres años

El sábado Laia cumplió catorce meses y el lunes Mauricio cumpliría tres años. No sé muy bien qué contar. Ella está caminando y hablando mucho más. Todavía no se le entiende mayor cosa. La comida sigue siendo una guerra constante. Ahora sabe subirse al sofá, lo que aumenta el riesgo de caídas peligrosas. Al final de la semana me siento muy cansado. Hoy estaba en el bar y de pronto me di cuenta de que envidiaba a los cinco tipos de la mesa del lado que tomaban cerveza y conversaban sobre camiones. No envidiaba ni la cerveza (que no tolero muy bien) ni la conversación específica (no sé nada de camiones) sino esa compañía que dan los amigos. Tal vez por la cercanía a los días de la vida y muerte de Mauricio se me intensifican mis pensamientos angustiantes sobre la soledad y la falta de rumbo/propósito. De cierta forma sigo atrapado en el cráter de esa muerte. No he encontrado cómo salir (y a ratos ni siquiera sé para qué salir). El jueves estuve muy triste durante una de las siestas de Laia (tontamente me puse a revisar fotos y algunas de las cosas que escribí sobre el niño) y me dio gusto cuando se despertó y me llamó desde la cuna para que fuera a rescatarla. Mauricio me mandó a Laia. Aunque es por lo general distante a veces se acerca y me abraza. Esos gestos de cariño espontáneos son lindos, me hacen sentir protegido. No sé qué día de la semana pasada se tropezó y se fue de espaldas. Alcancé a agarrarla antes de que se diera de nuca contra el suelo. Como parecía asustada la alcé un rato. Creo que lo hago más por mí que por ella. Me tranquiliza mucho abrazarla y hablarle. Es reconfortante. Me rescata tanto como yo a ella.

Bonsai

D. hace bonsai. Le pregunto cómo aprendió. Me dice que desde siempre ha estado interesado en la horticultura y en uno de los invernaderos donde trabajó conoció a un hombre que los hacía. Quedó fascinado. Buscó información. Leyó varios libros y se inscribió en el club de bonsai del pueblo. Le digo que debe ser difícil. Me responde que si uno sabe cómo crecen los árboles no tiene ningún misterio. Me dice que es afortunado de poder ganarse la vida con su pasión.

D. tiene tres hijas y un hijo. Su mujer era una indígena canadiense. Era adicta a las drogas y D. estaba alcoholizado. Hace unos años la mujer lo dejó. Se llevó a los dos hijos menores a la reserva indígena. D. fue por los niños a la reserva y exigió su custodia, argumentando que la mujer no estaba en condiciones de cuidarlos. Casi lo linchan pero finalmente volvió con los dos niños al pueblo. Esos cuatro niños son su vida. Hace unos dos años dejó de tomar y recientemente consiguió un trabajo como jardinero de bonsai de un señor con mucha plata. A eso se dedica ahora. Le pagan bien.

D. carga siempre una botella de dos litros de coca-cola light y fuma obsesivamente. Casi no habla con nadie. En el celular lleva fotos de un bulldog inglés. En la casa tiene en este momento cincuenta y nueve bonsai. Los últimos tres los recibió la semana pasada. A veces se los regala a sus amigos. La mamá de los niños murió de sobredosis de heroína hace un año.

Reanimación

Y si estamos vivos o muertos no es consciencia lo que estamos en presente percibidos asimilados en relación a la establecimientos parámetros permitidos de actividad son a su vez determinados por la fundamentalmente limitados en tanto que su descripción es calificar la reanimación como fuentes visibles de archivos clasificados para proyecto vinculado a repopular el planeta.

Luna

Esta semana también se murió Bigas Luna. Le debo un porcentaje nada despreciable de mis debilidades sadomasoquistas y una buena dosis de sana confusión sexual general en el momento que más me convenía. Sus películas están conectadas en mi memoria a mi época de cinéfilo solitario en Bogotá, siempre a deshoras en teatros vacíos.

(Otro que cayó fue Jesús Franco. De ese nunca he visto nada, qué vergüenza.)

Ebert

Buscando su reseña sobre Hostel 2 me enteré de que hoy se murió Roger Ebert. Llevaba años en guerra contra un cáncer que empezó en la mandíbula. Había perdido el habla en el proceso pero seguía viendo películas y escribiendo sobre cine. Ayer, precisamente, había publicado una nota anunciando que reduciría el ritmo de trabajo por razones de salud. Su vínculo personal con Urbana me hacía sentirlo cercano. Cuando llegué a Estados Unidos veía su programa los fines de semana por puro desparche, para aprender inglés. Luego —influenciado por Alejo, sospecho— empecé a leer sus reseñas, que eran generosas sin ser complacientes y generalmente incluían un par de anotaciones que le daban un giro (para bien) a casi cualquier película. Ebert era un cinéfilo sincero y humilde que no pretendía hacer teoría sino acercar el cine a la gente. Yo buscaba sus reseñas para contrastar mis sensaciones tras ver una película que me confundía. En ese sentido era un gran interlocutor. Usualmente coincidía con él en su apreciación entusiasta del cine comercial, aunque a veces me parecía demasiado moralista. Sus comentarios eran normativos y profesionales en su estructura y enfoque general pero dentro de ese formato hacía lo que quería. Suena raro pero basta leer unas cuantas de sus reseñas para apreciarlo. No sé si Ebert influenció la forma como escribo (o escribía) sobre cine, pero siempre admiraré su constancia, compromiso y disposición. Fue una suerte contar con su presencia y ejemplo por tantos años.

Vida de muertos

Leo sobre una secta que está convencida de que el mundo ya terminó y todo esto es una proyección holográfica para suavizar el tránsito (inevitablemente doloroso) al inframundo. Se supone que la vida después de la muerte es una promesa esperanzadora, pero creo que si muriera y perviviera en otro nivel de existencia, me entristecería mucho todo lo que perdí, no importa lo que haya para mí del otro lado. Prefiero el olvido.

Necrolingüística

Para que el mensaje sea transmitido debe ser asesinado. A veces simplemente nace muerto. El cuerpo del mensaje flota inerte hasta llegar a su destino. Quien lo recibe le otorga una nueva vida y sentido.

Revolver

Ayer Arturo, que anda con mucho tiempo para pensar, me decía algo sobre los problemas de la libertad. Tenía que ver con los dilemas modernos de encontrar un lugar que se adapte a lo que uno siente que es (o tal vez a lo que uno siente que merece ser). Ese rango de opciones es por supuesto falso, o por lo menos no tan real como la filosofía voluntariosa inspiracional promete. A la larga estamos sometidos a circunstancias que están fuera de nuestro control y esas circunstancias deciden más o menos arbitrariamente qué será de nosotros. Por fortuna el cerebro reactualiza con frecuencia las aspiraciones para que cada tanto tengamos momentos de satisfacción que compensen por toda la mierda adicional. De pronto el valor de la vida consciente está en sostener la ilusión útil de que las decisiones que tomamos nos determinan. Quién sabe cuánto progreso cultural le debamos a esa creencia.

En Revolver, de Matt Kindt, el protagonista habita intermitentemente dos realidades. En una de las dos la civilización está al borde del colapso: cuerpos llueven sobre las calles de Chicago. En la otra, la vida del protagonista se deshace a diario en su rutina estereotípica del trabajo de oficina sin sentido que sirve para satisfacer hábitos de consumo que se confunden ocasionalmente con necesidades (es inevitable). En la realidad apocalíptica los límites morales son atenuados por la urgencia de sobrevivir y esto le permite acceder a aspectos de su personalidad que en la realidad más real (?) deben ser reprimidos para garantizar colectivamente la estabilidad del orden social. Ambas realidades son versiones extremas (?) a una vida dada por perdida. Pero su simultaneidad progresiva es una trampa cómoda ya que anula la necesidad de compromisos con la identidad y los principios. En la relatividad explícita del multiverso nada importa. Los sacrificios no tienen valor. La responsabilidad es un sinsentido. Estar vivo es lo mismo que estar muerto.

Comunión

Estamos ahí para sentir que compartimos algo. Una mujer se sienta junto a mí en el mirador. Me pregunta cuántas semanas tiene la niña. La vida de Laia todavía se mide así. Yo también la mido así. A veces cuento los días.

Una familia serbia (tienen que ser serbios) cruza la avenida y sube como puede al parque para tomarse una foto sobre la estatua en honor a Tesla, que mira el agua desde lo alto de un motor gigante de corriente alterna. En la cima de la ladera de museos oportunistas, comidas rápidas y paseos “en 4D” sobre cualquier cosa vacía concebible hay un mini-golf de dinosaurios con un volcán de plástico que estalla en llamas cada veinte minutos. Una mujer en el Starbucks con una camiseta de súper héroes no sabe qué comprar y finalmente, desesperada, agarra una taza souvenir que dice Niagara Falls y paga doce dólares por ella. Los recuerdos tienen precio. Un foto-montaje con las cataratas congeladas atrás en modo idílico sobre-saturado de atardecer otoñal cuesta quince dólares. Las mujeres sonríen fácil cuando ven a la bebé. Estiman su edad de acuerdo al tamaño. Nos felicitan. Parecen felices por nosotros. Las calles están atestadas de turistas y probablemente todos quieren (queremos), en el fondo, huir de ahí. Pero todos resisten. Los sostiene el ruido del agua, o su visión, o ambos. En un panfleto leí que en 50.000 años las cataratas del Niágara dejarán de existir. Queda poco tiempo.

Cuando fuimos por primera vez Mauricio acababa de nacer y morir. Conocer las cataratas era el sueño de niñez de mi mamá así que sacamos fuerzas y fuimos en tren, con escala de una tarde y una noche en Toronto. Recuerdo muy poco de esa visita. Estábamos muy tristes. Llovía. Hacía frío y el malecón junto a las cataratas estaba casi vacío. Tomamos el barco que se hunde en la herradura de caídas y gritamos, creo que de rabia o de resistencia a la resignación, cuando el barco se detuvo al borde del abismo inverso y todo era agua y rugido alrededor. Se sintió bien, tranquilo. Era como si no fuéramos nada. Una vez María Lucía me contó que en Japón dicen que los Jizo ayudan a los niños muertos a cruzar el río Sanzu cuando sus papás no pueden acompañarlos. Seguro que ese río más que correr cae. A la salida, mi mamá compró llaveros para todos en el pueblo y luego almorzamos en un local de Wendy’s lleno de pájaros hambrientos.

El río Niágara tiene una vida breve: nace en el lago Erie, bifurca, se reunifica en las caídas y corre revitalizado hacia el norte hasta fundirse en el lago Ontario. Mide 58 kilómetros (no sé si cuentan las alas de la bifurcación). Luego de visitar las cataratas y hastiarnos de la oferta de trampas turísticas fuimos hasta su desembocadura, en el pueblo de Niagara on the Lake. Ahí, junto a la playa Mississauga, al lado de un viejo fuerte, cinco adolescentes se bañaban junto a un muro de piedras cúbicas que sostiene la costa en su lugar. Salieron del agua cuando el sol empezó a caer. Les tomé una foto mientras se secaban. Laia parecía maravillada con el sol.