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Restos

Leo en la prensa que mataron a un ciclista en Parkdale, al otro extremo de la ciudad. Venía en su bicicleta, un señor filipino de treinta y nueve años que recién dejaba a su hija pequeña en el colegio (o sea a la nueve de la mañana), cuando una camioneta se fue de frente contra un tranvía y el impacto la mandó en trompo sobre el ciclista, que aparentemente sobrevivió al golpe pero no a sus consecuencias y murió camino al hospital. Sobra decir que me sentí identificado. El señor llevaba dos años en la ciudad.

Nada se lleva. Todo es para dejarlo acá.

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Un hombre entró a un bar gay en Orlando, Florida, con un fusil y una pistola y mató a cincuenta personas. El asalto tenía un blanco preciso: una comunidad que ha sido discriminada y asediada por enamorarse (y vivir) por fuera del espectro permitido. En el trasfondo, un movimiento político amplio promueve solapadamente su aislamiento y exclusión al tiempo que condena la masacre. Durante los años ochenta y noventa esa exclusión se excusó como cuarentena. Muchos murieron abandonados y ocultos. Bastaba el desprecio: no necesitaron asesinos. Más recientemente justifican la discriminación con argumentos moralistas sobre valores, tradiciones, niños y familias. Tienen miedo. Saben que cada vez son menos y su extinción es segura. En pocos años expresar homofobia con orgullo será tan inaceptable como ser abiertamente racista. Hoy el asesino, para facilitar la estrategia mediática, resultó asociado con el demonio de turno, una organización ávida de muertos a su nombre. Esto les permite condenarlo sin que la contradicción sea obvia. Basta sostener el foco en su apariencia, perfil cultural, procedencia familiar y afinidades. También les permite aprovechar el asalto para reforzar los miedos que están en la base de su agenda y redoblar sus generalizaciones. Las víctimas pierden importancia. Desde esa perspectiva conveniente el denominador común de los muertos resulta ser un accidente: podrían ser bañistas en una playa, estudiantes en una biblioteca o jóvenes en un concierto. Es lo de menos: los bárbaros nos odian a todos por igual.

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Me gustó mucho el texto sobre Gabriel García Márquez que Carolina Sanín publicó en Arcadia:

De García Márquez no sabemos ni debemos saber más que lo que nos ha sido dado saber de Homero. Ninguno de los dos fue un personaje ni fue una persona. No puede serlo ningún autor épico, ninguno que ha recibido la misión de cifrar y descifrar un pueblo y una cultura. La obra de Gabriel García Márquez es la manifestación de la verdad y del secreto del Nuevo Mundo, así como la de Homero es la manifestación de la verdad y el secreto de la civilización griega.

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Quién sabe cuál será el criterio con el que la gente elige la foto del muerto que acompaña el obituario que publican en el periódico. Usualmente son fotos sonrientes pero no siempre son recientes. Mi estimado es que una de cada dos fotos de obituarios de personas ancianas fueron tomadas hace menos de dos años, el resto varía: junto a la noticia de la muerte de una mujer que nació en 1920 sale la foto de una señora de treinta años con un peinado de época. A veces eligen fotos de infancia. No hay patrón.

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Hace poco murió Jerry Roberts, el último miembro del equipo de criptoanalistas ingleses que combatieron a los Nazis durante la guerra. Hoy en The Globe and Mail había una nota sobre él. Era un lingüista de esos que parecen salidos de novelas de Javier Marías: un académico más bien gris especializado en francés y alemán que terminó reclutado por inteligencia británica. Sólo hasta hace muy poco se reveló su contribución: co-dirigió el equipo que rompió el código de la máquina Lorenz.

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Hoy murió Gabriel García Márquez, el último escritor colombiano.

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Anticipaciones es una colección de seis ficciones publicadas en revista Matera durante los últimos dos años y algo. Antes que cuentos son escenas o tal vez promesas de escenarios. Luis y Javier dicen que podrían hacer parte de algo más grande. De cierta forma son subproductos del proyecto eternamente postergado con nombre clave Sumapaz. O lo que me puedo permitir escribir en este lapso sin tiempo de la vida.

(La excusa secreta para publicarlos en línea (Matera es estricta y rabiosamente física) era experimentar con Jekyll. Me dejó muy contento. Quisiera hacer más con él.)

Fantasmas contra Extraterrestres

La edición de Fantasmas contra Extraterrestres corrió a cargo de Inga Pellisa, que contuvo con valentía el ya mítico espíritu indómito del autor. Yo hice las lecturas de rigor, sugerí unos cuantos cambios en pos de la legibilidad y monté el libro en formato digital. Todo lo que esté mal es mi culpa.

Fantasmas contra Extraterrestres es un relato de Javier Avilés que decidimos editar en formato digital y distribuir gratuitamente en línea imitando el esquema que propuso Radiohead para In Rainbows, i.e., descargue ahora y si le nace pague después (o nunca). Una vez más queremos explorar en plan punk formas de prescindir de intermediarios (o al menos reducir su cuota) para distribuir a bajo costo buena literatura, ojalá con alguna compensación para el que escribe. Dado que el autor es Avilés, la historia rehuye cualquier posibilidad de resumen así que no me desgastaré intentándolo. Sólo diré que habla sobre videojuegos, extraterrestres antropomorfos (o no), ectoplasmas, moralismo alemán, viajes en barco, descensos a los infiernos, ciencia ficción y, por supuesto, Beckett. En la primera edición que colgué había borrado por error todas las apariciones de la palabra “juego” del cuento. El efecto era inquietante, especialmente considerando que la narración orbita alrededor de un juego de video sobre una invasión extraterrestre a un mundo abandonado a los fantasmas. Varios de los primeros lectores pensaron que era un recurso deliberado. Este problema (¿por desgracia?) fue resuelto en la versión que ahora está disponible. Como siempre, lean y difundan.

Geografía de un bombardeo

Un artículo de lectura obligada escrito por Tim Maly diseccionando un ataque con “drones” en Paquistán:

Many commentators have compared the command stations to videogame platforms and have worried that this disconnects the pilots from combat and dehumanizes their targets. Many drone operators say it’s the opposite. Because they often surveil a target for days or weeks during operations, they develop a strange intimate relationship with those they kill. They watch targets eat with their families, sleep with their partners, and go about their daily lives. Then they watch them die.

Shadowplay

Uno de los recursos que usa el cómic para ilustrar el nivel de brutalidad de las guerras y masacres reseñadas es la observación de que en un adulto promedio tiene aproximadamente un galón de sangre y en una piscina grande caben más o menos 20.000 galones. Así, si en Colombia han asesinado alrededor de 700.000 personas entre 1958 y 2007, con esos muertos se podrían llenar de sangre humana treinta y cinco piscinas grandes. Piensen en esto la próxima vez que vayan a nadar.

Brought to Light es una dupleta de cómics de denuncia política (Flashpoint y Shadowplay) publicados en 1988. Shadowplay fue escrito por Alan Moore y dibujado por Bill Sienkiewicz y está basado en la documentación anexa a una demanda a la CIA interpuesta (a través del Christic Institute) por periodistas heridos por una bomba en una rueda de prensa que tenía el propósito de matar a Edén Pastora, el líder de la Alianza Revolucionaria Democrática (uno de los frentes Contras). Los periodistas estaban convencidos de que el atentado había sido organizado por la CIA para acallar a Pastora, quien cada vez parecía menos dócil. Mientras Flashpoint se concentra específicamente en el atentado, Shadowplay: The Secret Team es un monólogo de un águila antropomorfa ebria en un bar que cuenta con orgullo, en plan documental apologético, la historia de la CIA y sus operaciones de dudosa (o nula) legalidad enmarcadas dentro de la cruzada global anticomunista. La perspectiva sugerida por Moore bordea la conspiranoia gringa tradicional (e.g. nexos con el asesinato de Kennedy y demás delicias) pero se sostiene la mayoría del tiempo sobre hechos documentados. El monólogo resalta con insistencia, por ejemplo, cómo unos cuantos nombres aparecen recurrentemente conectados a actuaciones non-sanctas de la CIA desde Laos hasta Nicaragua con escalas en Teherán y La Habana, entre otros balnearios. Que una veintena de sociópatas con vocación de héroes de la libertad tuvieran semejante nivel de influencia (e impunidad) sobre la política global en medio de la guerra fría (con su amenaza de holocausto nuclear correspondiente) es escalofriante. Otro punto clave del monólogo es el proceso de privatización de la CIA mediante la creación de empresas fachada y el mantenimiento de negocios turbios (más que nada relacionados con el tráfico de drogas y armas) que les permitieran deshacerse de los controles políticos establecidos y al mismo tiempo contar con un presupuesto acorde a sus aspiraciones de dominación.


Click en Listen para oír a Alan Moore leer este fragmento de Shadowplay.

El punto débil de Brought to Light es su vínculo con la demanda contra la CIA por parte del Christic Institute. Supongo que los demandantes estaban convencidos de que tenían un caso fuertísimo y bajo ese precepto encargaron el cómic, como complemento que divulgara las motivaciones generales de la demanda y por qué las acciones de la CIA afectaban negativamente al hombre de a pie. Por desgracia (?), el juez concluyó que no había suficientes pruebas que vincularan al supuesto autor del atentado con la CIA y ordenó a los demandantes el pago de un millón de dólares en gastos de la defensa. Años después, los mismos demandantes reconocieron que la demanda había sido un error y que probablemente los responsables del atentado habían sido los sandinistas (contra quienes Pastora luchaba) en colaboración con guerrilleros argentinos. La conclusión de la demanda facilita al descreído la tarea de despachar el discurso entero del águila como teoría insustentable. Tal vez por lo mismo es uno de los trabajos de Moore menos conocidos aunque está lejos de desmerecer.

Luna

Esta semana también se murió Bigas Luna. Le debo un porcentaje nada despreciable de mis debilidades sadomasoquistas y una buena dosis de sana confusión sexual general en el momento que más me convenía. Sus películas están conectadas en mi memoria a mi época de cinéfilo solitario en Bogotá, siempre a deshoras en teatros vacíos.

(Otro que cayó fue Jesús Franco. De ese nunca he visto nada, qué vergüenza.)

Literatura en duelo

A raíz de la publicación en Colombia de un libro de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo, dije en Twitter que aunque entendía las motivaciones que podían llevar a una mamá en duelo a escribir algo así, me intrigaba y perturbaba que luego lo hubiera publicado (convertido en un artículo a la venta). Para mí esa parte tiene algo de macabro. Esto obviamente no aplica sólo al caso de Bonnett. Ayer por casualidad encontré este artículo reciente de Alberto Olmos sobre lo mismo. Un fragmento:

Porque después de la muerte no se entiende nada, se acaba recurriendo a la literatura. No es necesario indagar entonces en los motivos por los cuales un escritor deja testimonio de la pérdida de su padre o de su madre, de su pareja o de su hijo; si pudiera -si le asistiera la escritura- cualquier persona lo haría. El duelo justifica muchas terapias, muchas extracciones y cirugías de urgencia, y escribir seguramente es la forma más profunda de hundir un cuchillo.

Sin embargo, sí vamos a preguntarnos aquí por qué un autor publica su panegírico, su elogio fúnebre, y por qué ese autor cree que otras personas van a leerlo o deben siquiera mostrar interés en su desgracia. ¿Qué se supone que debe hacer un lector con el dolor de un escritor?

Desde la otra perspectiva, leí hace unos meses este artículo de Francisco Goldman (sobre el libro que escribió al respecto de la pérdida de su mujer) que por desgracia no está entero en línea. Otra lectura relacionada es este ensayo de Jorge Salavert que publicamos en HermanoCerdo. (Y Mercedes me recuerda en los comentarios este ensayo de Aleksandar Hemon sobre la muerte de su hijita.)

Se me ocurre ahora que tal vez el problema es que después de la pérdida (y hasta mucho tiempo después de la pérdida) todo lo que se escribe es inevitablemente parte del duelo: la memoria del muerto siempre encontrará alguna forma de colarse en los textos y enfatizar el peso de su ausencia. De pronto los escritores profesionales no pueden darse el lujo de no publicar lo que escriben.

Los santos anónimos

Aparentemente, en Puerto Berrío, Antioquia, pescan muertos sin nombre en el río Magdalena, los entierran, adoptan y veneran, como intermediarios con el más allá:

El folclore por el muerto comienza después de ese trabajo. Dice Mesa que a menudo ni siquiera ha llegado al camposanto con su camioneta cuando ya le asaltan los devotos de las almas desconocidas: “Don Francisco, ¿Es un N.N?”, le preguntan. Con esas siglas marca él el nicho de los desconocidos que sepulta. Es entonces cuando la gente llega para cambiar el destino de ese difunto en siglas: “Escogido”, dibujan en la piedra los vivos que quieren adoptar al fenecido recién llegado. “Y desde entonces esa alma ya tiene un dueño”, dice Mesa. “O dos, porque hay casi el doble de adoptantes que de N.N., no quedan para todos”, apunta.

De qué hablamos cuando hablamos de paz

La industria de la paz cobra miles de vidas (y factura millones de dólares) cada año. Es un negocio próspero en este mundo desesperado por ilusiones que no se diluyan. La industria de la paz se llama a veces guerra. Por eso los ejércitos de todos los bandos (y los fabricantes de armas) siempre están a su servicio. El político que reiteradamente anuncia estar comprometido con la paz es por lo general un aspirante a opresor. Con esa afirmación (vacía, si se toma literalmente) proclama y promueve su creencia en la existencia (y amenaza) de un sector (suficientemente amplio) de la sociedad que no comparte su ideología (y por ende se opone a su paz). Es una denuncia totalitaria velada. Su paz requiere la imposición de una estructura sólida de poder (generalmente no concertada y respaldada por tropas armadas) que la sostenga. La administración (o coadministración) de dicha estructura es el objetivo final del autoproclamado pacificador. La paz genuina es privilegio de los muertos.

Lake Mungo

En mi teoría de bolsillo de lo sobrenatural que pretendí ilustrar parcialmente en Inframundo, la muerte es un portal a una existencia fuera de la línea del tiempo que arrastra/rodea al espacio. Esto permite que dos reencarnaciones consecutivas no se ciñan al orden cronológico o incluso convivan en un mismo lapso de tiempo. Lo mismo aplica a los fantasmas y sus efectos asociados. La onda de la muerte es expansiva en toda dimensión concebible. Los condenados a muerte hablan con sus espectros arrepentidos un mes antes de su ejecución, se prometen cosas. Una casa es protegida por el espíritu en pena del niño que nacerá en ella medio siglo más tarde. Los fantasmas son tristeza, impotencia y nostalgia, pero también ansiedad y desconcierto ante el abismo incomprensible del futuro.

Lake Mungo Muerta
Siempre es posible regresar.

Muerta

(clic)

Bruja

Desde hace años que mi mamá consulta a una bruja en el barrio cada mes. La bruja lee cosas y da buenos consejos. Dice que no puede prometer futuros pero tiene una ventana directa al alma de la gente, ese es su verdadero poder. “La gente no oye lo que le dice el alma”, me explica. “Para eso estoy yo. Yo sé oír”. Cobra poco. Vive de los regalos de la gente y una pequeña tienda. No es una mujer muy vieja pero tuvo una vida difícil. Luce acabada y sonríe poco. Aunque es de Pereira por mucho tiempo vivió en Medellín, era ama de casa, pero un día llegó del mercado y su marido y su hijo de cuatro años estaban muertos en la sala. Los habían matado a quemarropa. Habían escrito cosas en las paredes. Llamaban a su marido TRAIDOR y MENTIROSO. Luego vino la policía y le preguntó si su marido, quien trabajaba en una panificadora, estaba involucrado en negocios ilegales, con la mafia, con las milicias. La policía quería saber muchas cosas pero ella no tenía cabeza para responder. Ella miraba a su niño debajo de la sábana en la sala y pensaba ahora qué voy a hacer, ahora qué voy a hacer. Ese mismo día salió de esa casa y nunca regresó. Pensó que regresaría más tarde, pero allá abajo decidió que no. No le pidió ayuda a nadie. No llamó a nadie. Salió de la casa y se puso a caminar por el centro de Medellín, a mirar la gente, a preguntarse cuántos de esos malparidos sabrían lo que ella estaba sintiendo y por qué no se notaba. Por qué todos se veían tan felices, tan bien puestos, en esas vidas tranquilas que llevaban. La mujer que luego se volvió bruja no entendía por qué tenía que tragarse el dolor sola, tampoco entendía por qué su hijo no salía en las noticias con ese hueco en la frente que le desfiguró la cara para que vieran, para que sintieran lo que pasa allá arriba, en lo alto, donde se deciden las cosas importantes de esta ciudad.