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naturaleza

Miércoles

Llueve todo el día. Salgo descalzo a la puerta del edificio para recibir un paquete del cartero que no cabe en el buzón. De no haber estado, habríamos tenido que ir a la tiendita de tarjetas Hallmark con oficina de correo asociada que es atendida en persona por su propietario: un patriarca chino con cara de contador corrupto jubilado que la última vez que fui a reclamar un paquete para mí y otro para Mónica sugirió con agresividad mal disimulada que yo podía ser un ladrón pues quería reclamar un paquete a nombre de una mujer que, coincidencialmente, vivía en el mismo edificio y en el mismo apartamento que yo pero que no había nada que concluyentemente demostrara que era, como yo decía, mi esposa; que tenía que disculparlo pero él, para ser franco, no tenía ninguna razón para confiar en mí. En otras noticias, el árbol frente a la sala floreció entre ayer y hoy. Primero florece y luego salen las hojas, ese es el orden de las cosas.

Domingo

Me dice que siente la presencia de la muerte. Que el miércoles no más, por la mañana, llegó la policía a su casa a decirle que el vecino viejo del apartamento justo abajo del suyo estaba muerto. Fiel a la tradición europea, llevaba muerto varios días sin que nadie lo notara. De ahí el olor, sí. Pero ese no es su único encuentro reciente con la muerte. Hace cosa de un mes alguien fue asesinado en el edificio del frente. A bala. Un asunto de drogas. Y durante el último año varios accidentes han ocurrido en su esquina, lo que es sorprendente si uno piensa en el tamaño de la intersección. Es claro el patrón. Es como si la naturaleza quisiera decirle algo. Como si quisiera advertirle que está demasiado cerca de algo que no debería saber (¿Un teorema?, le pregunto. El teorema, responde), de la misma manera que en ese cuento de los hermanos Strugatsky del científico que se enfrenta al cosmos por el descubrimiento de la verdad última y el cosmos, en respuesta, contrataca con cataclismos.