Algo que he pensado mientras leo este libro de los campos de concentración es que aunque los nazis eran torpes y ansiosos como organización tenían la ventaja (llamémosla así) de estar embarcados en una tarea destructiva de naturaleza no solo brutal sino sobre todo inconcebible. Un ejemplo: algunos de los sobrevivientes del ‘comando especial’ de prisioneros que eran obligados a participar en la logística macabra de las cámaras de gas (acompañando al grupo de seleccionados y después procesando sus cuerpos para extraer objetos de valor y llevarlos a los hornos) cuentan en sus testimonios que la presencia de niños entre el grupo (bastante comunes, pues eran por lo general asesinados recién llegaban al lager) reconfortaba a los condenados pues aún en el delirio de la guerra era inimaginable que asesinaran a sangre fría pequeñitos de tres, cinco, siete años. Así, no era que caminaran pasivamente hacia sus muertes, sino que no las creían concebibles en las circunstancias dadas (a tal escala (cientos, miles de un golpe), con todos esos niños y sus mamás, sólo por ser judíos y a manos de otros en su misma situación que les aseguraban (bajo amenaza de muerte) que nada malo iba a pasarles). Un efecto similar lograba la presencia de una ambulancia con el símbolo de la cruz roja que acompañaba la caminata hasta las cabañas adaptadas para ejecutar la masacre. La ambulancia llevaba las bolas de Zyklon B que usarían para matarlos. Dicen que Rudolf Höss, el hombre a cargo de la consolidación de Auschwitz-Birkenau como epicentro del genocidio, se enorgullecía particularmente de esa treta.

Hay un punto de Si esto es un hombre donde Primo Levi deja por un momento la memoria del lager para confesar que desde su escritorio en Turín, a pocos años de regresar, le cuesta creer que todo eso que cuenta haya de verdad pasado (“Oggi, questo vero oggi in cui io sto seduto a un tavolo e scrivo, io stesso non sono convinto che queste cose sono realmente accadute”). Y eso que él estuvo ahí. Los campos de concentración eran una fisura en la realidad de sus prisioneros donde todo horror o absurdo, por imposible que fuera, se materializaba, amplificaba y perduraba, tomándolos por sorpresa incluso en su recuerdo.