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nieve

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Mi mamá vino por Laia pero también vino para ver la nieve. Hoy por fin pudo comer nieve.

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Nevó todo el día. Apenas hizo frío. Sólo nevó y la nieve se acumuló en los andenes sin control. Durante mi primer invierno hace doce años vi personas que salían a la calle en tenis. Parecía una locura absurda. Hoy fui al supermercado en tenis, hundiendo el pie entre la nieve blanda a cada paso. No es tan terrible en realidad. Hace doce años era un muchacho muy prevenido y temeroso.

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Nieve

Azulejo de visita en el balcón en busca de comida.

Ayer empezó a caer nieve y hoy amaneció nevando con todavía más fuerza. Los tres últimos años la nieve había llegado tarde, bien entrado enero. Este año llegó de la mano del invierno, como corresponde.

Nunca he logrado acostumbrarme a la visión de la nieve como algo normal que hace parte de un ciclo natural propio de estas latitudes. Siempre que la vuelvo a ver después de varios meses de ausencia siento la misma extrañeza. Su imponencia me abruma: el paisaje cambia, surgen nuevos ruidos, los colores se saturan, los silencios nocturnos son más intensos. Racionalmente lo entiendo pero el acceso a ese sector del disco se desactiva, como ante monumentos majestuosos.

Hoy Laia vio la nieve por primera vez. Seguro la había visto antes, este ya es su segundo invierno, pero es la primera vez que tiene suficiente consciencia como para apreciar lo que pasa. Cuando despertó de la siesta de la mañana la paré en una silla junto a la ventana a ver los copos caer. Eran grandes. El cielo había amanecido azul pero hacia el mediodía estaba gris otra vez y la nevada arreciaba. Laia sonreía y señalaba los copos. Todavía no hay suficiente nieve acumulada para salir a jugar, pero pronto la habrá. Entonces saldremos y jugaremos. Su relación con la nieve será probablemente distinta de la mía. La nieve hará parte de su vida desde siempre. No habrá estupor admirado sino, tal vez, un cariño feliz asociado a recuerdos tempranos de juegos afuera en su infancia. Mi deidad será para Laia una buena amiga más.

Mi papá nos envió hoy este poema de Nicanor Parra.

Primavera

Ayer, a menos seis grados que se sienten como menos quince, el conductor del bus nos recuerda sonriente, antes de salir a la calle a enfrentar la nevada, que este es el primer día de primavera y que hace un año estábamos a veinticuatro soleados grados. Hoy la primavera nevada continúa. Mi profeta automático del clima promete nieve por lo menos hasta el martes con tregua breve este fin de semana.

Gotas y nieve

Siete meses

Hoy Laia cumple siete meses. Esta semana pasó del grito esporádico a la articulación descontrolada y constante de sonidos, especialmente cuando alguien cerca habla. Ayer dijo varias veces “Ta-ta”. Ya asumí que se refiere a mí. En la piscina conversa con cualquiera que le preste atención. Ha tenido unas cuantas noches difíciles últimamente. Sospechamos que tiene que ver con la llegada inminente de un diente. La piscina la deja exhausta y duerme muy bien durante el día. Ayer me di cuenta de que ahora llora por antojos y no sólo por necesidades fisiológicas básicas. Llora porque Plinio no se acerca lo suficiente o la ignora. También llora porque no le traigo el juguete que quiere. Hoy, mientras jugábamos en la sala, un halcón inmenso se paró por un par de segundos en el árbol frente a la ventana. Creo que iba tras las torcazas residentes. Cuando me levanté para mirarlo mejor levantó vuelo de nuevo entre la nevada.

Sexto ciclo lunar

Ahora vivimos temporalmente en el planeta helado. Las salidas a la calle son difíciles pues la limpieza de las aceras es pobre. Cada vez el carrito nos parece menos práctico pero el uso del canguro no es confiable sobre el suelo congelado. Una solución no muy óptima es conseguir un trineo de madera para arrastrar a la niña. Estamos en ello. Igual a veces salimos los tres, caminando con cuidado de la mano. Gajes de vivir en un mundo donde olvidaron que las personas caminan. Laia come y masca. Le damos pedazos grandes de patilla y pera. Le gustan mucho las frutas jugosas. Laia hace muchos ruidos pero se restringe al sistema fonético klingon. Sólo sabe comunicarse a los gritos. Por las mañanas intercala gritos y pedos por la boca (no sé cómo más describirlo) hasta que nos despertamos. Cada vez parece más cómoda sentada aunque todavía no es muy estable. Cuando le dan comida con cuchara quiere apoderarse de la cuchara. Pese a la evidencia, Mónica sigue convencida de que la niña no crece. Lo mismo decía del Gonta, que ya pesa como diez kilos. Este viernes a medio día tenemos la séptima visita al pediatra y tercera ronda de vacunas.

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

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Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

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En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

Solitaria

Podría mirar la nieve de cerca toda la vida.

Luces

En la ventana vive el sol, que se cuela entre las gotas de agua condensada para poder respirar.

Afuera, el gato negro camina por la nieve acumulada en el balcón.

La noche invernal es color gris-naranja, como ciertos hongos que a veces crecen en el arroz.

La escritura habla de hombres milenarios investidos con el poder de las palabras de HaShem.

La ley los protege y acorrala.

Los árboles nos miran.

Gradiente

Lunes (Actualización 17:30)

A esta hora no queda nieve. Se va como llega.

Lunes

El pronóstico del tiempo promete y cumple nevada a las nueve de la mañana. Nevada ligera pero constante por al menos tres horas. Cuatro centímetros de acumulación en este momento. De nuevo el paisaje blanco.