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opinión

Sondeos

Pensaba en cómo usar sondeos en línea para medir popularidad sincera. Con popularidad sincera me refiero a la existencia de un grupo suficientemente amplio de personas que están dispuestas a respaldar su elección sin trampas ni abusos del sistema de votación. Otorgar la victoria al mayor número de votos por lo general conduce a aberraciones como lo que pasó en el Gran Colombiano. Lo correcto, sin entrar en detalles técnicos (que se me escapan totalmente), sería declarar ganador a aquel que reciba la tercera mejor votación, digamos. O incluso la votación media. Sería un tipo de victoria muchísimo más difícil de manipular y, por ejemplo con la media, hablaría del sentir del centro (lo que quiera decir) y por tanto sería probablemente más tolerable como resultado para todos los interesados en el sondeo. ¿Cuál será la mejor forma de medir popularidad sincera (definición vaga, claro) en un sondeo en línea?

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Otro juego con sondeos en el que estuve pensando: un concurso donde los lectores de una serie de libros infantiles deben decidir el nombre, hasta ahora oculto, de la protagonista. Se ofrecen cinco nombres. Se invita a votar pero se incluye la siguiente cláusula: entre los que voten por el nombre menos popular se rifará un premio serio relacionado con la historia de los libros (un viaje, tal vez). ¿Cómo afectaría la rifa el resultado de la votación? (¿Cómo simular algo así?)

Karate contra la violencia de género

En mi columna de Tercer Dan discuto la propuesta que obligaría a las niñas de Bucaramanga a practicar artes marciales con el propósito de reducir los índices de violencia contra las mujeres en la ciudad.

Periodismo a pesar de todo

El País cae, pero no hay drama: El Diario se parece cada día más al periódico en línea en español que me gustaría leer: limpio, serio, cuidadoso, independiente, bien redactado, sustancioso. Su modelo de negocio (crowdsourced, que llaman) le permite ignorar activamente buena parte si no toda la información basura que plaga sin vergüenza alguna los medios de noticias actuales. Su atención se centra en política y economía española. Son abiertos en su compromiso con un periodismo que esté parcializado hacia la gente (como debería ser), que sea un contrapeso argumentado a las versiones oficiales que tantos otros resuenan acríticamente. Los artículos evidencian esmero tanto en la investigación como en la edición. No aparece por ninguna parte esa urgencia exaltada de reportar sin pensar que ahora es norma. Por lo pronto su único defecto evidente es su bajo interés por el panorama internacional. A esta hora, por ejemplo, no hay un solo artículo en su portada sobre las elecciones en Venezuela. Supongo que es el precio de ofrecer un periodismo meditado con bajo presupuesto. Ojalá que resista y que pronto puedan salir de España.

Domingo (Opinión)

A finales de 2009 y principios de año pasado tuve una pequeña columna de opinión en El Espectador. (Mi favorita (que es una manera positiva de decir la-única-que-me-dejó-medio-satisfecho-y-me-atrevo-a-compartir) fue esta que escribí sobre las visitas de Vollmann a Colombia (creo que también fue la última).) La mayoría de las veces mi columna aparecía sólo en la edición digital pero creo que un par de veces salió con la edición impresa los sábados. Lo hacía por gusto (y por curiosidad). Quería escribir sobre todo al respecto de la relación entre tecnología, ciencia y sociedad (un asunto al que los medios colombianos, por desgracia, no le dedican mucha atención seria (que es una manera amable de decir que hacen un trabajo deplorable)) y pensé que llevar la columna era una manera de forzarme a hacerlo, de ganar disciplina y pericia para escribir prosa amena con propósitos divulgativos. Obviamente no me pagaban nada por eso (La única publicación colombiana que me ha pagado algo por un texto es la revista Arcadia). No llevo la cuenta de cuántas columnas escribí, no fueron muchas (intentaba publicar una cada dos semanas), pero recuerdo que sentí muy rápido que no tenía más que decir. De hecho creo que lo que sentí fue que nunca había tenido nada que decir, al menos no en el tono que se espera en una columna de opinión. Para escribir columnas de opinión hay que ser una persona convencida de cosas, ojalá de muchas cosas (o de una cosa que permita hablar de muchas cosas), o ser muy bueno fingiendo esos convencimientos, porque lo que quiere el lector de columnas de opinión no es que le den una opinión sino que le den la razón con contundencia en un asunto controversial, crítico (ya sea mediante la exposición del punto de vista propio que lleve a la autoadulación por coincidir con esos grandes pensadores y analistas de la-realidad-nacional-e-internacional, o por la exposición del punto de vista contrapuesto que despierte la (placentera) indignación y le permita sentirse mejor que el opinador, ese cretino hijueputa cínico vendido ruín y sin dignidad (todo es cuestión de polos; la razón, a la sazón, es bivaluada)). Los lectores de columnas de opinión (me incluyo) quieren juicios severos, constantes, sin demostraciones de fragilidad, sin dudas, de ser posible sin matices (no les interesa que les presenten un problema sino que les digan a quién (o qué) odiar/amar/culpar/perdonar/condenar/denunciar/aprobar/rechazar/defender/desecrar (un verbo que hace falta en español) y ojalá cómo), y para hacer eso con regularidad (una que otra vez cualquiera es capaz) se necesitan talentos que, aunque de cierta manera admiro y hasta envidio (acá un ejemplo y acá otro), ni tengo ni me interesa adquirir. Para decir insensateces insustentables con relativa impunidad y sin angustias ya tengo un blog.
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Este, ahora que lo pienso, es un resumen de una conversación que tuve con Óscar en noviembre, mientras caminábamos por Kiyomizu-dera.