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Culto a la ecuación

La columna de hoy reseña un pequeño artículo sobre el impacto positivo (a ojos de semi-profanos) de intromisiones matemáticas (no necesariamente pertinentes) en artículos académicos. Esta reacción intimidada/complaciente ante la ecuación incomprensible se puede explicar como una consecuencia de la relación acrítica con el discurso científico que algunas veces los mismos científicos promueven (o al menos no contienen). Puede ser matemática como puede ser neurociencia. En otras ocasiones he hablado acá en el blog de la importancia de que los científicos (como comunidad, tal vez) tomen en sus manos la divulgación de su trabajo. Este ejercicio de divulgación directa acerca a la gente a la labor científica y le permite ganar perspectiva sobre su funcionamiento y metodologías. Aunque el discurso publicitario efectivo tal vez sea útil en el corto plazo para conseguir fondos, a la ciencia como empresa humana no le conviene ser a largo plazo indistinguible de la charlatanería pseudocientífica que abunda. La mejor manera de combatir esta tendencia es acercar los científicos a la gente y promover el cuestionamiento de su propio trabajo. No se trata de que todos se conviertan en expertos sino de que se difunda una comprensión mínima de las dinámicas de la ciencia y su valor difuso de verdad (que hace que la duda sea su principio esencial). La fuerza de la ciencia, de cierta manera, radica en exponer abiertamente sus limitaciones. Depender de un periodismo cada vez en peor estado y ansioso de espectacularidad vendible que le permita competir con los flujos de las redes sociales no parece una apuesta sensata.

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Ernesto Sabato, que antes de dedicarse a la literatura estudió física, tiene un ensayo sobre la oscuridad científica como herramienta de dominación al que vuelvo recurrentemente desde hace tiempo. Sus observaciones hechas en 1955 son todavía vigentes hoy. Para cerrar, un aparte:

La raíz de esta falacia reside en que nuestra civilización está dominada por la cantidad y ha terminado por parecernos que lo único real es lo cuantitativo, siendo lo demás pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos. Pero como la ley matemática confiere poder, todos creyeron que los matemáticos y los físicos tenían la clave de la realidad. Y los adoraron. Tanto más cuanto menos los entendían.

Que entre la noche