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Core Dump

There before him, a glittering toy no Star-Child could resist, floated the planet Earth with all its peoples.” (Satélite de destrucción masiva)

Estoy sentado sin camisa en el sofá negro. Tengo treinta y cinco años y veintiún días. A partir de cierto punto de la vida se inicia la cuenta regresiva. Desde el balcón veo Marte, Júpiter y Venus. Cuando era niño quería irme de este planeta y vivir en el espacio. En el espacio había robots, tranquilidad y soledad. El sofá negro no es una nave espacial ni una máquina del tiempo. Mi cuerpo no es una nave espacial. Cuando era niño había armarios que eran máquinas del tiempo. Vivimos en una ciudad que está situada fuera del tiempo. Mi apartamento es una estación suborbital en caída permanente. No hay viento en el vacío. Me comunico con los hombres a través de transcripciones digitalizadas de mi consciencia. (Pero no hay respuesta.) El dispositivo antigravitacional facilita la vida de los gatos así como su alimentación. Mi contacto con seres humanos es limitado y estrictamente controlado para prevenir contaminación. El gato negro flota profundo en la recámara exterior. Comimos hamburguesa en el bar de la esquina. La mesera tenía pelo negro, ojos verdes y labios rojos dispuestos en una cabeza ovalada sobre un vestido con patrones azules. Se llamaba Pam. Número catorce en la nómina del bar. Es casi real. Huele al perfume de una compañera de universidad. Nunca sirven mayonesa en el bar. Siempre debo pedírsela a quien atiende, lo que es incómodo, pero en el caso de Pam no me molesta en absoluto. Quisiera decirle a Pam que se siente con nosotros y nos cuente quién es y por qué está aquí un viernes por la noche trabajando en este bar de viejos. En la calle hay perros amarrados que esperan a sus amos frente al supermercado desde hace varios días. Tienen hambre y sed. El televisor del bar es seis veces más grande que el nuestro pero proyecta la misma nada. Los jugadores de baloncesto universitario son muy jóvenes para estar muertos. Extraño conversar con entidades orgánicas. No entiendo qué tiene de malo masturbarse en público. Es lo que hacen todos. Afuera están los osos, migran en bandadas hacia el norte. Como ellos, prefiero el invierno. Se parece más a mí.

Martes (Exploradores)

La provincia de Ontario está repleta de templos Sikh en el medio de la nada. Hay uno a la salida de Kitchener, junto a un bosque virgen al lado de la vía del tren, y otro a campo abierto en una colina a un par de kilómetros de la universidad de McMaster. También hay uno cerca a nuestra casa en Londres. Algún día los exploradores de las regiones del norte, congeladas eternamente tras el holocausto nuclear o de neutrinos (mi favorito), descubrirán las ruinas de estas construcciones y no entenderán qué pasó, no sabrán explicarlo.

Una mujer vieja y ciega a mi derecha saca un diskman de su cartera y lo pone a funcionar con algo de dificultad. Una persona ciega con audífonos pierde el setenta por ciento de su contacto activo con el mundo, dicen los estudios. Esto les permite disolver su realidad a voluntad. El noventa y dos por ciento de los encuestados encuentra “placentera” y “deseable” esta sensación.

Las granjas rojas con tres o cuatro silos metálicos y un gran molino también intrigarán a los exploradores de las regiones del norte. Pensarán que son bases de despegue para la evacuación, o sitios de culto a los dioses luminosos en el cielo. Tal vez duerman un par de noches ahí antes de continuar.

Algún día todo esto será de los osos una vez más.

Lunes (Prado)

Por las mañanas, antes del desayuno, salgo descalzo a caminar por el patio, cerca a los gallineros. Es mi nueva costumbre. El prado siempre está mojado y frío a esa hora. Un perro me sigue. Toma un rato que los pies se habitúen, que deje de doler, pero luego la sensación de caminar junto al perro se torna placentera, suave, me despierta. Siento el quiebre del pasto podado a mi paso, la resistencia y el quiebre. Es temprano, muy temprano, y todavía no sale el sol. Pasan bandadas de ganzos hacia el norte. Me gustaría volar con ellos y salir de aquí. Hacerme pequeño y volar sobre un ganzo que me lleve al norte, más allá de los lagos, al reino de los osos. Aunque sería duro dejar al perro. Durante el desayuno oímos las noticias en la radio, entrevistan a los muertos, les preguntan qué se siente (morir), y los muertos no dicen nada. Sin las luces de los bombardeos durante la noche sería difícil creer que la guerra esté tan cerca. La doctora me pregunta por eso. ¿Dónde estaba cuando todo empezó? ¿Por qué no me gusta hablar de la guerra? Le respondo que tengo rabia, que estoy lleno de rabia, que intento mantenerme sereno y en control, fiel a las directivas del Programa, pero que en este momento sólo tengo rabia y no sé qué hacer con ella, no sé hacia dónde llevarla o sacarla para que sane y me deje vivir de nuevo. En busca de sosiego, voy a la sala de estudio y dedico la tarde a mis cálculos. Avanzo a marchas cortas. Sería más sencillo si tuviera la máquina conmigo. Debo verificar todo de nuevo a mano de acuerdo a las nuevas definiciones. Necesito cotas mejores si quiero proseguir. Necesito controlar el límite de expansión del modelo. Voy a la capilla antes de la comida. Me arrodillo en un reclinatorio por primera vez en veinte años y le pido a Dios que me dé sabiduría, que me proteja, que me saque de aquí, de mí.