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Menos joven

El debut de Rubén Martín Giráldez fue Thomas Pynchon, un escritor sin orificios, un libráculo editado por los pop-vanguardistas de Alpha Decay que en su momento puse en su lugar en una reseña para HermanoCerdo. De mi lectura de ese libro aprendí que Martín Giráldez es un escritor de cuidado de prosa incontenible muy-muy afilada y violenta (si acaso un tanto saturada) y un arsenal de referencias (cultas y no) digno del posmodernismo radical que profesa (y lo digo sin ánimo peyorativo). Menos joven, editado por los artistas de Jekyll & Jill (no exagero un ápice decribiéndolos así), no debe pero puede leerse como una continuación/extensión ideológica del libro anterior, donde el esquema de la destrucción del ídolo (en el primer libro entendido como un proyecto personal del narrador, obsesionado con aniquilar a Pynchon) se enmarca ahora dentro de una especie de reality show radial post-apocalíptico para audiencia infantil donde tanto el concursante como los oyentes y hasta el narrador van a caballo (la metáfora que justifica esto, si hay alguna, se me escapa). El concursante, un joven no tan joven llamado Bogdano, tiene la misión (difusa) de “localizar a sus ídolos y darles caza”. Para Bogdano la identificación de los ídolos es en sí mismo un problema casi irresoluble pues Bogdano fue víctima de un esquema formativo coordinado por su papá (con la complicidad pasiva de su mamá) donde los títulos, contenidos y autores de sus lecturas se mezclaban sistemáticamente con el propósito de — tal vez tiene sentido dejar hablar al libro justo acá:

¿Cuál era la razón para que el padre hurtara la realidad o propusiese una nueva a sus hijos? También él, en su juventud, había contemplado durante años esfinges que lo pusieron en trance. Cuando despertó de aquella admiración, su vida ya había pasado. Buscó la explicación de este fracaso en sus bestias negras, en la enormidad de aquellos héroes que le habían dado por comparación una medida exacta de su valor, que lo habían llevado a su adolescencia de Estudiante Ligero a la irreversible asunción de lo que ya no podría ser: la ilustración que durante años él mismo se había encargado de administrarse lo había transformado en un ganso sucio y lo había incapacitado para ser un salvaje. Pensó que educando a sus dos hijos en la literatura que generalmente consideramos vulgar tal vez podría darles una oportunidad de salvación, y los mantuvo apartados cuanto pudo de cualquier tipo de excelencia.

Menos joven funciona como una alegoría compleja y abierta a interpretación, con delirios cómicos eventuales, sobre el proceso de crecer. Su formato es más ensayístico que narrativo. Los eventos de la aventura de Bogdano son casi irrelevantes pero sobre ellos avanza rauda una reflexión biográfica sobre la (in)capacidad real que tiene una persona para desprenderse de lo que siente que es (o sea, lo que la atrapa y condena) y recrearse de acuerdo a los que cree (tal vez ingenuamente) que son sus propios criterios. Esta angustia sincera de Bogdano por encontrarse pese a que su empresa sea un fracaso asegurado es lo que permite que el humor corrosivo circundante no sucumba en el cinismo.

Menos joven tiene efectos tipográficos y notas al margen escritas a mano, lo que lo hace apto sólo para cierto público con tolerancia suficiente para el experimentalismo agresivo. Hay apartes que me superan. Hay otros en los que los caballos hablan. Los símbolos son símbolos de otros símbolos más oscuros. El nivel de confusión varía. Es laberíntico, manipulador y absurdista. Los saltos temáticos y lances referenciales contribuyen a aumentar la dificultad. Por fortuna la prosa es todo menos débil y eso permite sostener la lectura durante los contados trechos fangosos. Mención aparte merece el diseño del libro, que supera lo cuidadoso para entrar en la obsesión casi enfermiza (que bajo la funda se oculte un diseño de portada y lomo estilo Gallimard me hace sonreír cada vez que lo recuerdo, por no hablar de los tatuajes temporales adjuntos de, entre otros, Pound, Weber y la hija loca de James Joyce (de quien no sabía nada antes de leer este libro)). Menos joven es raro y orgulloso de serlo. Martín Giráldez no escribe novelas sino que construye engendros ingeniosos descontrolados y el juego es adentrarse en ellos y sobrevivir. No quiero imaginarme qué viene después de esto. Que Shiva nos proteja.

Lucia, la hija loca de James Joyce

Danny, The Champion of the World

El centro argumental de Danny, The Champion of the World es la relación de un papá (William) y su hijo (Danny). Ambos viven a las afueras de un pueblo inglés en una carreta gitana instalada junto a un taller mecánico con servicio de gasolinería. La mamá de Danny murió cuando él tenía sólo cuatro meses. No tienen mucha plata pero viven bien. Tienen lo que necesitan, que es poco. Danny admira a William y William adora a Danny. Son buenos amigos.

Un día, Danny descubre que William tiene un pasatiempo secreto: a veces, por las noches, roba faisanes de un vecino rico que los cría para organizar cada año festines de caza con la aristocracia local. Es un pasatiempo, además, compartido por buena parte de los hombres y mujeres de clase media del pueblo (incluyendo al doctor, el policía y la esposa del vicario), una especie de deporte extremo con ínfulas reivindicativas. Tras caer en una trampa para ladrones montada por los guardianes de los faisanes, William se rompe una pierna. Danny lo encuentra en el fondo de un pozo y lo rescata antes de que lo descubran. Lo que sigue a continuación es una venganza en clave humorística que convertirá a Danny en el indiscutible campeón del mundo.

Supongo que la idea de este libro es que sea leído desde la posición del niño protagonista, pero yo no pude evitar leerlo desde la paternidad. Al final hay una nota que parece sugerir que Dahl también tiene al papá lector en mente. Lo mismo me pasó hace poco viendo Finding Nemo en un avión. Marvin siempre me ha parecido un personaje cercano a lo que soy y ahora todavía más. Una de mis nuevas angustias es que sea incapaz de conectarme con Laia. (Nota al margen: en realidad los papás no tienen que hacer ningún esfuerzo para que sus hijos no cometan sus mismos errores, porque los hijos naturalmente aspiran a eso (especialmente si esos errores los afectaron personalmente).) Ayer al medio día tuvo dos horas de llanto intenso durante las que se negó a recibir leche. Nada la apaciguaba, ni siquiera el usualmente milagroso cambio de pañal. Al final, como a veces pasa, cayó profunda de golpe, desgastada por sus propios gritos. Esos episodios me hacen sentir derrotado. Por fortuna no son la norma. La mayoría del tiempo ella parece satisfecha con mis cuidados. Cada vez con más frecuencia sonríe cuando me mira y le hablo. Lo hace con chillidos y sacando un poco la lengua entre los labios. Ahí están mis triunfos. En esas sonrisas está sembrada la complicidad que espero poder ofrecerle toda mi vida.