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pasado

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Hoy por ahí a las cuatro me fui de siesta. Ni siquiera fingí que leería como en ocasiones acostumbro. Simplemente me acosté en la cama con las cobijas recién cambiadas, cerré los ojos y desaparecí de la vida consciente por dos horas; una delicia. Cuando estaba en la universidad hacía mucho eso a cualquier hora. De noche vivía aunque tampoco salía mucho, si acaso una que otra fiesta los fines de semana. De resto me quedaba en la casa ante el computador viendo cosas pasar o esperando a que pasaran aunque nunca pasaran. En ese sentido sigo siendo parecido que cuando era estudiante, pero con menos siestas y fiestas y más molestias digestivas.

Crítica al silencio como solvente de lo que no debió ser

Las cosas malas son más difíciles de hablar que las cosas buenas. Nadie quiere hablar de las cosas malas porque articularlas implica conjurarlas en el presente, revivir la tristeza y asumir sus consecuencias postergadas. Se recomienda olvidarlas. La teoría es que si al silencio se le concede suficiente tiempo este disuelve lo que quiera que pasó, no importa lo grave que haya sido. Se pretende que el pasado sea pasado aunque siga vivo en la memoria de quien lo padeció, atrapado en la incapacidad para darle palabras por temor a lo que pueda desencadenar. Pero hay ciertos eventos para los que el tiempo no pasa: se preservan frescos en la frustración de no saber cómo afrontarlos. El pasado necesita las palabras para poder fluir y asentarse. Sin palabras que le otorguen una realidad el pasado no se resuelve ni caduca, sólo se amplifica. El dolor del pasado negado no sana.

She must be in another castle

Cuando terminé de leer Scott Pilgrim escribí la idea para no olvidarla:

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar.

Este fenómeno es un motor narrativo versátil. Muchas historias pueden replantearse como batallas por un lugar particular, controlado, dentro de unos recuerdos de alguien más. Las batallas se libran al tiempo en las memorias propias y las ajenas. En las memorias propias se construye, podría decirse, la versión (ya estructurada y apropiadamente linealizada) que se quiere implantar (esta versión es adaptada y deformada durante la implantación). Obvio: no siempre es un proceso consciente pero su ejecución tiene consecuencias bien concretas en las relaciones y sus desarrollos. En Braid el personaje busca a la princesa perdida para rescatarla y cuando por fin la encuentra descubre (Ojo: ¡adelanto crucial!) que la princesa desapareció para evadir su presencia: huye de él con ayuda de otro hombre, el verdadero héroe. Es un momento durísimo del juego. Cuesta digerirlo. Braid se basa en perversiones espacio-temporales porque trata sobre el arrepentimiento y la negación: una memoria idealizada motiva al personaje a perseguir lo que quisiera tener pero ya perdió. Los viajes en el tiempo (figurados o literales) se siguen de su obsesión. En Stories We Tell su directora reconstruye sus pasados recurriendo a memorias de familiares y conocidos, a quienes entrevista paralelamente. Al principio parece inocente, pero pronto se materializan ángulos y nieblas, dudas importantes, y desde la confusión se plantea una lucha (primero implícita y después explícita) entre varios de los narradores por monopolizar el control y propiedad de la historia, por decidir qué importa, qué es la verdad, cuál es el papel que le correspondía a cada cual y quién merece contarla. Y esa es sólo la primera capa que cae. Como en Braid y Scott Pilgrim, la motivación subyacente es el amor o, mejor, la imposibilidad de constatar explícita y constantemente su reciprocidad (por culpa de la ausencia (o el carácter elusivo) de lo amado).

Peregrino

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar. Lo que hace Scott Pilgrim es concretar esas expediciones dentro del pasado propio y el de los demás mediante batallas (físicas) a muerte por los presentes que queremos habitar y hospedar.

La elocuencia del pasado

Fotos para acompañar la columna de hoy.

Telegrama

“Cada cual elige sus derrotas”, escribí en un papel en marzo de 2003, cuando todavía me creía triunfador.

We need not destroy the past

It is gone.

En presente permanente

La matemática tiene una relación conflictiva con su pasado. A diferencia de lo que pasa en filosofía, en matemática la literatura clásica sobre un tema activo es usualmente prescindible. Por lo general hay reformulaciones modernas que son más útiles y claras. Una consecuencia de esta relación particular con la historia de la disciplina es que las motivaciones iniciales (los problemas) que dieron nacimiento a muchos conceptos se pierden en la digestión. El drama humano sobrevive si acaso como nota al margen entre simpática y curiosa. Una introducción moderna a la teoría de conjuntos pocas veces parte de las reflexiones analíticas que forzaron a Cantor a definir el concepto de ordinal transfinito. Los esquemas de Grothendieck no se introducen como respuesta a las conjeturas de Weil. En ambos casos hoy prefieren caminos semiaxiomatizados menos escarpados. Todo se decanta constantemente en aproximaciones cada vez más simples y sistemáticas. En la práctica, un estudiante no requiere esas historias para acceder a sus productos/conclusiones. Las presentaciones actualizadas proponen sus propias intuiciones y rutas de aprendizaje (que reflejan más que nada la percepción íntima del autor). Maravillosamente, los conceptos matemáticos se sostienen casi imperturbados bajo estos juegos de versiones en renovación constante. A siglos de distancia, asimilamos las contribuciones fundamentales de Gauss, Riemann y Galois sin haberlos leído jamás.

Gauss muerto
Gauss muerto.

Ahora

No sé qué diablos quiera decir esto.

Existencias

Cuando las personas están muertas no piensan mucho en el futuro por razones obvias que no entraré a discutir acá. El futuro es un asunto que concierne a las personas vivas. Podría decirse incluso que cuando las personas dejan de pensar en el futuro están muertas así parezca que están vivas. A muchas personas las mata el apego al pasado. A otras las mata el cáncer, que es como el pasado encarnado y rabioso. También están quienes mueren en accidentes de tránsito, ahogadas en el mar o en una cuna de una unidad de cuidados intensivos. Casi nadie merece morir pero igual todo el mundo muere. El pasado nunca deja de crecer. El futuro se acaba.

Proyección

La interacción del fantasma con el mundo vivo es modulada a través de una proyección de lo vivo en lo muerto. En tanto que proyección, es falsa, producto perverso de su propia nostalgia. El tormento del fantasma radica en su incapacidad para emerger de la proyección, que lo atrapa en sus remordimientos y le impide continuar su camino hacia el estado de calma y ausencia de dolor comunmente conocido como Satori. Su contacto con el mundo vivo es un sueño dentro de sí mismo. Mientras que el fantasma habite la proyección, su memoria persiste. Esto le impide acceder a una muerte plena. Su condición fantasmal es el castigo que merece por negarse a aceptar la inexistencia del pasado.

(clic)

Despersonalización

Una obviedad (¿o no?): las perspectivas del futuro de un individuo se fundan principalmente en la relación con su pasado cercano. Nadie se siente tan mal con respecto a su futuro (su vida) como una persona que recién sobrevive a un mal momento. Una vez se supera cierto umbral temporal (dependiente de diversos factores), los recuerdos (incluso los dolorosos) ingresan en un estado más neutral donde interactúan con su propietario dentro de algo que se parece más a la conexión entre una ficción y su espectador/interpretador que a una vivencia personal. Esto permite, entre otras cosas, el resurgimiento (tal vez mutado) del optimismo.

Martes (Pasado)

La doctora me pregunta por qué casi no hablo del pasado. Le digo que ese es precisamente el punto de todo esto. Por eso estamos acá, ¿no? La doctora, una persona con un sentido más amplio del tiempo que el mío, no entiende porque siempre cambia, siempre es distinta, y cada vez que vuelve me obliga a reiterar lo ya dicho. Le explico a la doctora, a regañadientes, que mi pasado son cinco horas. No importa cuánto tiempo pase, siguen siendo cinco horas. Cinco horas que duelen y me llenan de ansiedad, no hay más. Es eso. El presente es la… la calma segura, la ausencia silenciosa del pasado, y el pasado son cinco horas en una sala de espera con música en los audífonos a todo volumen (para cortar la realidad, para negarla, para que sea otra) a la espera de noticias buenas (por favor, que sean buenas, que todo cambie, que esto no sea verdad) desde el otro lado de una puerta cerrada a la que hay que hablarle como a un oráculo para que eventualmente diga cosas horribles del estilo “Your son is sick, very sick” o “I think he’s not going to make it” o “He’s dying” o “Do you want to see him one last time?”. Mi pasado es tiempo compactificado en un momento largo (eterno) y mayoritariamente doloroso que no acepto, al que no quiero regresar y del que no puedo (ni quiero) escapar.

(Ship Garthsnaid, ca. 1920)

Domingo y lunes

Día de cambio de hora. Ahora amanece más tarde. Desayunamos en Family Circle, un típico desayunadero canadiense con perversiones griegas debidas a la proveniencia de sus propietarios. Me comí una omelete con verduras y souvlaki. Estaba bien pero prefiero mis huevos benedictos. Luego de que Jana, Clif y Lorelei se fueron para Hamilton, Mónica salió a trabajar. Yo estuve toda la tarde dedicado a la preparación de mi charla. Me acosté a la una y me levanté a las seis. Estoy en el tren ahora, acabo de revisar la presentación y luce bien. Llena de imprecisiones con propósito didáctico, pero bien. Por la noche comimos pollo korma y pakoras. Durante el desayuno en Family Circle hablamos de los primeros recuerdos. Lorelei podría tener su primer recuerdo, su primera noción permanente de identidad, en cualquier momento. Debería existir una teoría psicoanalítica que asociara primeros recuerdos con rasgos de personalidad. El primer recuerdo de Jana es alrededor de los nueve meses. El hermano, creo, hacía algo en el patio y Jana intentaba imitarlo pero no podía: el hermano le decía que lo estaba haciendo mal. Clif, por su parte, recuerda el día que descubrió que, agarrándose de una manta que cubría el sofá, podía pararse y dar pequeños pasos. Yo recuerdo la caída de un televisor y la consciencia terrible de que era mi culpa (aunque no era mi culpa). Mónica recuerda que estaba en el Huila y alguien le decía que las hojas de un árbol, si se dejaban al sol, se convertían en sapos, entonces ella recolectaba algunas hojas, las ponía en la terraza de la casa y se sentaba a esperar.

Rueda

(The fair that never ended)