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paseos

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Llegamos a Tiny, Ontario, ayer por la noche. La casa, un mausoleo inmenso para honrar la memoria de un caballo perdido, está plantada en el medio de un bosque. Cada parte de la casa recuerda al caballo a su manera. Desde el balcón vemos la Georgian Bay. Estaremos un par de días por acá.

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Un pariente de conocidos vive, como tantos, del rebusque entre el mototaxismo y el microtráfico. Hace como dos años salió con el cuento de que lo habían contactado para un trabajo bakano en Antioquia, que le iban a pagar un millón de pesos por algo corto y que se iba. Como un mes más tarde volvió al pueblo cagado del susto y rapado, con la ropa hecha harapos y lleno de raspones. Vuelto mierda, pues. Contó que se habían llevado a varios, los habían motilado, les habían dado un fusil, los habían llevado a un potrero y les habían dicho que arrancaran a correr monte arriba. No se sabe bien cómo él se voló con otros dos de lo que quiera que iba a pasar y después de caminar varios días por ahí terminaron en Medellín, donde pidieron plata en el terminal hasta que consiguieron para devolverse a la casa. Según entiendo, esta aparente lección de vida no lo alejó de la mala vida ni de los vicios. Por ahí sigue en las mismas. Ya nadie le presta la moto.

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Estuvimos en Quebec visitando a Sergio y su familia. Más fotos acá.

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Mañana nos vamos de aventura por quince días a cambiar de paisaje. La vida de pueblo es agradable y tranquila pero la soledad y falta de vida de ciudad cansan. Vamos a ver amigos y a hundirnos en multitudes. Tal vez reduzca las palabras acá y compense con fotos. Sigo comprometido a la entrada diaria aunque no sé para qué. Para lo de siempre, me respondo. Laia quiere que le lea libros todo el tiempo. El mismo libro una y otra vez. Cuando se cansa trae otro y lo reemplaza. No sé bien qué le dicen esos cuentos que le leo. Son sencillos. Son las palabras reiterándose hasta que dejan de ser ruido y empiezan a decir algo. En uno de los libros, al final, la mamá le da un beso de buenas noches a la hija y le dice que aunque realmente la cansa ella la quiere de todos modos. La hija le responde que ella también la quiere de todos modos. Así se siente. Es una muy buena descripción de la mecánica de la relación a esta edad. Nos queremos de todos modos, pese a todo, desde una profunda incomprensión mutua.

L-O-R-I-C-A

Lorica
La muralla

En el número cincuenta de Universo Centro viene esta crónica de un paseo fantasmagórico por Lorica.

Aztlan (2): Una caminata

Álvaro Obregón ⇒ Cuauhtémoc ⇒ Chapultepec ⇒ Balderas ⇒ Ernesto Pugibet ⇒ Artesanías ⇒ Ernesto Pugibet ⇒ Mercado de San Juan ⇒ Ernesto Pugibet ⇒ Plaza de San Juan ⇒ Ayuntamiento ⇒ Lázaro Cárdenas ⇒ Juárez ⇒ Francisco Madero ⇒ Zócalo ⇒ Palacio Nacional ⇒ Zócalo ⇒ Francisco Madero ⇒ Juárez ⇒ Bucareli ⇒ Cuauhtémoc ⇒ Álvaro Obregón. Algo así como 9.5 kilómetros.

Segundo ciclo lunar

La semana pasada le di de comer a Laia por primera vez. El tetero de leche ordeñada no fue suficiente para saciarla. Mónica tuvo que intervenir. El uso del tetero implica un cambio de protocolo serio para ella. Todavía no se adapta del todo a la nueva opción y a veces duda (con razón) de que pueda recibir comida sin su mamá cerca. Mi impresión es que el ángulo de recepción es clave. Todavía no lo domino. De todas maneras me emociona poder participar en su alimentación. Necesitamos tener el sistema perfeccionado a principios de octubre, cuando Mónica vuelve a trabajar.

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La mamá y la hermana de Mónica estuvieron dos semanas con nosotros. Viajamos a varios sitios del suroeste de Ontario en un carro que alquilaron. Los paseos eran pesados para Laia y sospecho que más contra ella que con ella. Las travesías por carretera, sin posibilidad de darle de comer en el acto como está acostumbrada, fueron fuente frecuente de llanto. Al final logramos sincronizar mejor los tiempos y asegurarnos de que comiera muy bien (y sacara los correspondientes gases) antes de arrancar. La omnipresencia de Tim Hortons, ese símbolo de la vida canadiense, facilitó las pausas para cambiarla y darle de comer con comodidad en medio de los viajes.

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El curso que empezó el día que nació Laia terminó mejor de lo que pensé. Sólo dos estudiantes de veintiocho reprobaron. El examen parcial había sido un desastre pero para el final se esforzaron mucho más y el resultado fue mucho más cercano al que esperaba. No es divertido jugar el papel de verdugo cruel, especialmente cuando la intención al preparar las evaluaciones y los evaluados es exactamente la contraria. Al final varios estudiantes fueron a mi oficina a agradecerme la experiencia. Uno me pidió una carta de recomendación para un trabajo dentro de la universidad. Varios me preguntaron por qué no tenía cuenta en Facebook. Al descubrir que había pasado el curso, un estudiante soltó lágrimas de emoción.

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La mañana del día que le di tetero por primera vez, recién levantada, Laia empezó a sonreir regularmente en respuesta a conversaciones. Hasta entonces las pocas sonrisas parecían reflejos involuntarios y no particularmente predecibles. Ahora son reacciones reproducibles. Le hablo, abro la boca y hago una gran

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y ella me mira con sorpresa y sonríe. Un par de veces tuve la impresión de que intentó imitar mi gesto, pero todavía tengo mis dudas. Necesito aumentar el tamaño de muestra para confirmarlo. Tras siete semanas de sentirme desconectado de su realidad interior, las sonrisas regulares parecen puentes de acceso directo (de conexión activa) a su mundo emocional. Soy particularmente sensible a estos progresos.

Hurón

Hoy fuimos a Grand Bend, una playa pública sobre el lago Hurón a sesenta kilómetros del pueblo. Nunca había visitado el lago Hurón. Tampoco había hecho plan de playa sobre un lago. Comimos sánduches y papas fritas. Me quemé los brazos. Usualmente mi piel resiste mejor el sol. Otros lo aprovechaban mejor. Durante uno de los recesos de la siesta infinita en la que vive, llevé a Laia hasta la orilla y le mostré el agua. Mónica nos tomó una foto. El agua estaba fría. Había olas altas y banderas rojas previniendo a los bañistas de zambullirse en ciertas zonas debido a la fuerza de las corrientes. Los bañistas hacían caso omiso a las banderas y eran constantemente reprendidos por los salvavidas, que parecían desesperados por hacerse respetar. La playa, según leí, está rodeada de sensores diseñados (con gran orgullo) por ingenieros locales que miden temperatura, velocidades de corrientes y también la concentración de Escherichia Coli en el agua. La bacteria Escherichia Coli le debe su nombre al pintor Maurits Cornelis Escher, quien las inventó en uno de sus cuadros. Cien unidades formadoras de colonia de Escherichia Coli por cien mililitros de agua es el límite máximo permitido. La concentración de bacterias cambia constantemente. Otro dato: el tiempo de retención del lago Hurón es de veintidos años. El tiempo de retención se mide dividiendo el volumen total del lago sobre su velocidad promedio de salida del agua. Rastros microscópicos de mi epidermis dejarán el lago Hurón más o menos cuando Laia se gradúe de la universidad (si es que estudia en una universidad). De vuelta a la casa, sobre la carretera entre los maizales, se veían, nevados, Los Alpes a lo lejos.