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Compáñeme

Hay una forma de satisfacción particular que proviene de cerrar un día intenso en compañía de la hija. Me gusta rendirme ocasionalmente a su voluntad y permitirle que decida horas enteras de actividades (“Compáñeme, compáñeme, así bailando así”, me dice cantando). Pero por momentos también me alejo y solo la dejo ser: la miro e intento imaginar qué piensa, cómo ve el mundo, en qué enfoca su atención, y siempre me sorprende cuando al cabo de un rato de distancia me mira, se sonríe y vuelvo a ser su amigo viejo que siempre pierde en todos los juegos que se inventa. Me pregunto si cuando desde los cuarenta recuerde su infancia pensará en estos días que pasamos juntos dando vueltas por la ciudad.

Vestidos

La mayoría de los vestidos para niña están diseñados con botones, lazos o cremalleras en la espalda que requieren asistencia para poder ser puestos y quitados. Las niñas no pueden hacerlo por sí mismas. Esto nunca pasa con la ropa de niño: no hay prenda que se ponga un niño que el niño, una vez alcanzada cierta mínima motricidad fina, no se pueda quitar por su propia cuenta. Quién sabe cuántas implicaciones tendrá esa diferencia al arranque de la vida.

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Me da miedo es ser un papá horrible y no darme cuenta. No creo que sea un papá horrible, pero sé que muchos papás horribles viven por años sin saber que llenaron a sus hijos de miseria. Algunos incluso nunca llegan a saberlo. Mueren satisfechos, convencidos de que hicieron bien su tarea.

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A la salida del salón me pongo de rodillas para darle el abrazo de despedida a Laia y Saoirse, su mejor amiga, se abalanza a recibir abrazo de despedida también. Le doy un abrazo apretado a las dos. Salgo del colegio sonriente aunque llueve, el cielo está gris y sigo más ansioso de lo prudente.

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Fiesta de cumpleaños de un compañero de Laia. Se pasaron en invitados y el salón comunal elegido, con acústica atroz, era una piscina densa de gritos, llantos y explosiones de globos amenizado por una pequeña máquina de karaoke especializada en música infantil de organeta. Por fortuna solo duró dos horas.

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Laia me dijo que no podía entrar a mi cuarto porque en una caja decía que el papá no podía estar ahí. Le pregunté que quién había dicho eso. Lo dicen las letras, papá, respondió, y señaló la caja otra vez.

El amor a los hijos es un sentimiento que nadie se imagina que tiene adentro sino hasta que se lo encuentra de repente mientras los mira.

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Los sábados en la piscina veo niños que nadan y papás y mamás cansados. Seguro yo también me veo así. La paternidad es una forma especializada de cansancio: autoinfligido, dulce y sostenido. Nada se siente demasiado intenso pero la acumulación sin tregua es extenuante. A medida que los niños crecen las oportunidades para el reposo cambian y a veces incluso se expanden, pero nunca (hasta donde vamos) llegan a ser suficientes. Por fortuna, la resistencia quizás gracias al instinto también se amplía, así que no hay colapsos. Supongo que en unos años las exigencias serán otras, más emocionales que físicas. Esas me asustan más.

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Día duro con Laia enferma. Toda una batalla que me dejara ponerle los antibióticos en los ojos por la mañana. Me hace sentir horrible hacerle eso aunque sé que lo necesita. Le arde. La paternidad está repleta de momentos así; no siempre tan dramáticos, menos mal. Hay que ser el amigo protector y consentidor pero también el que se opone y conmina. Por la tarde leímos libros y oímos música. Después jugamos a que ella era el fantasma o yo era el fantasma o ambos éramos fantasmas. Finalmente vimos Los Cazafantasmas. Al almuerzo pedimos pizza de la pizzería buena del barrio. Por ratos nos perdimos la paciencia mutuamente. Después siempre nos volvimos a querer. Ella es fácil de querer.

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De vuelta de la cafetería vi un carro parqueado en la calle principal del barrio con un niño de un año encerrado adentro, sentado en su silla. El carro no tenía luces de parqueo y todas las ventanas estaban cerradas. Por primera vez en mis treinta y siete años maldije no tener un teléfono celular para denunciar a los irresponsables que dejaron a ese niño ahí.

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En el parque había dos muchachos sentados en un banco conversando. Uno le dice al otro: Adults are not allowed to ask why, but we’re not adults yet. Sonaba muy serio.

*

Ahora que el tiempo ha mejorado intento ir al parque todas las tardes con Laia. No queda muy lejos. Apenas a unas cinco cuadras largas. Poco a poco le ha agarrado confianza a los diferentes juegos y se lanza sin miedo del tobogán más grande. También sube una escalera de por ahí 1.80 metros de altura hasta la plataforma del tobogán. Hay otro tobogán en espiral que todavía le cuesta y generalmente llega al final patas arriba. Lo que más le gusta del parque son los niños. No todos le prestan atención. Hoy siguió un buen rato a un niño que parecía simpático pero era brusco con ella y la empujó varias veces. Por fortuna Mónica estaba al frente de la situación. Yo no hubiera sabido cómo llevarla. Mónica es más civilizada. Usualmente en el parque hay más mamás que papás y también usualmente las mamás conversan entre ellas mientras que los contados (cuando no únicos) papás siguen atentos los recorridos de sus hijos sin interactuar con nadie. En eso soy estereotípico. De hecho creo que me incomodaría la conversación. Siempre siento que no importa lo evidente que sea que estoy con la niña las mamás me miran con prevención. Y eso que me baño y me visto antes de ir. Cómo sería si no me vistiera.

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Mañana nos vamos de aventura por quince días a cambiar de paisaje. La vida de pueblo es agradable y tranquila pero la soledad y falta de vida de ciudad cansan. Vamos a ver amigos y a hundirnos en multitudes. Tal vez reduzca las palabras acá y compense con fotos. Sigo comprometido a la entrada diaria aunque no sé para qué. Para lo de siempre, me respondo. Laia quiere que le lea libros todo el tiempo. El mismo libro una y otra vez. Cuando se cansa trae otro y lo reemplaza. No sé bien qué le dicen esos cuentos que le leo. Son sencillos. Son las palabras reiterándose hasta que dejan de ser ruido y empiezan a decir algo. En uno de los libros, al final, la mamá le da un beso de buenas noches a la hija y le dice que aunque realmente la cansa ella la quiere de todos modos. La hija le responde que ella también la quiere de todos modos. Así se siente. Es una muy buena descripción de la mecánica de la relación a esta edad. Nos queremos de todos modos, pese a todo, desde una profunda incomprensión mutua.

Flotador

Los sábados va a la piscina una señora con su hijo en silla de ruedas. El niño está postrado. No se mueve. No reacciona. Mira hacia arriba siempre, atrapado en un salvavidas naranja inmenso: una gran cabeza inexpresiva y flotante. La señora lo integra a todas las actividades en la piscina excepto por esas en las que es necesario interactuar con otros niños. Cuando hay juegos con pelotas ella se hace discretamente en una esquina con su hijo y le habla. No sé qué le dirá. Se nota que le habla mucho. Nunca conversa con nadie más. Yo sufro de incomodidad patológica ante niños así. Me angustio de solo verlos. No es nada claro cuál es su nivel de consciencia de lo que pasa aunque asumo que puede ser alto, lo que simplemente quiere decir que el niño sabe que es diferente y de pronto incluso sabe que lo suyo no es algo que se pueda solucionar. Debe ser durísima la vida de la mamá.

Pesadilla

Laia tuvo una pesadilla durante su siesta de la tarde. Aunque profunda, estaba al borde del llanto. Me acosté a su lado, le hablé y la acaricié hasta que dejó de gemir. Debería haber una manera de materializarse a voluntad en sus sueños en caso de emergencia.

Actitud

Uno de los asistentes regulares a la piscina es un tipo con dos niñas. La mayor tiene dos años y medio y chapotea libre bajo su supervisión ante la mirada aterrada de los otros papás presentes (mayoritariamente sobreprotectores) y la monitora. La menor tiene un año y medio y todavía depende de su papá para flotar. Igual él la suelta, la lanza por los aires y la zambulle sin agüero. Al final de las rondas, por unos diez minutos, la monitora ofrece a los niños lanzamientos acompañados por el rodadero. Es un rodadero curvo cortito. Cuando los niños son pequeños, como Laia, el lanzamiento consiste en rodar agarrado por la monitora hasta el final, donde yo la recibo. Cuando los niños son mayores (~3 años o más) van solos. El papá temerario, sin embargo, considera que la pequeña ya está preparada para rodar sin ayuda y desde lo más alto. La semana pasada, cuando la soltaban, se acostaba en el rodadero y salía disparada al final como un torpedo. Esa era la nueva modalidad. Antes se lanzaba sentada y daba un tumbo brusco al final. Hoy lo volvió a intentar sentada y por culpa del tumbo terminó dándose un golpe fuerte en la cara contra un borde del rodadero. Cayó al agua llorando en brazos de su papá. El papá le dijo que no era nada (aunque ya se veía el morado incipiente que la acompañará por un par de semanas) y se calmó un poco. Otro papá probablemente sale de la piscina en el acto aturdido por la culpa, pero el papá temerario hizo todo lo contrario: le preguntó “¿Vamos otra vez?” y la niña, para mi sorpresa, aceptó todavía entre sollozos. Medio minuto después del golpe estaba de nuevo en el rodadero magullada pero preparada para un nuevo intento. Todos los que estábamos en fila aplaudimos su apiscinaje feliz y sin contratiempos.

Cargados

Cada noche, antes de acostarme, voy a la cuna y le planto un beso de buenas noches a Laia. Dos de cada tres veces una chispa de electricidad estática salta de su frente a mis labios.