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Ciencia digestiva

He estado tentado a abrir un tablero de Pinterest que registre la comida que come Laia y el resultado tras recorrer el aparato digestivo. Supongo que sería excesivo. De paso también mediría el tiempo aproximado de digestión. Con la zanahoria es mucho más rápido que con el banano. La mierda de zanahoria sale prácticamente con el mismo color y textura que el puré de zanahoria original. La del banano, en cambio, sale gris casi negra por culpa del potasio. El pediatra dice que es importante aprender a reconocer la mierda sana.

Trance

En condiciones normales, Laia se toma un tetero de 120 mililitros cada tres horas. Puede tomar más, pero esto aumenta la probabilidad de que vomite el exceso de inmediato. Menos de 100 mililitros la dejan insatisfecha. Hace varios días que le doy al menos uno de los teteros acostada en la cama. Ella lo recibe y toma con molestia al principio pero luego, no estoy seguro exactamente en qué punto, reduce la resistencia y se dedica enteramente al trabajo de chupar. Un poco más adelante, entrecierra los ojos y mueve las pupilas como si estuviera soñando pese a estar despierta. Este período de (a falta de otro nombre) trance dura entre un minuto y dos y termina abruptamente cuando la leche se agota. Entonces los ojos recuperan su estado activo. A su edad la relación con la alimentación es enteramente instintiva así que no sería extraño que el placer del acto de comer fuera amplificado en el cerebro para consolidar el hábito. El efecto natural podría ser el de una droga psicoactiva poderosa con un período de actividad brevísimo. La envidio.

Danny, The Champion of the World

El centro argumental de Danny, The Champion of the World es la relación de un papá (William) y su hijo (Danny). Ambos viven a las afueras de un pueblo inglés en una carreta gitana instalada junto a un taller mecánico con servicio de gasolinería. La mamá de Danny murió cuando él tenía sólo cuatro meses. No tienen mucha plata pero viven bien. Tienen lo que necesitan, que es poco. Danny admira a William y William adora a Danny. Son buenos amigos.

Un día, Danny descubre que William tiene un pasatiempo secreto: a veces, por las noches, roba faisanes de un vecino rico que los cría para organizar cada año festines de caza con la aristocracia local. Es un pasatiempo, además, compartido por buena parte de los hombres y mujeres de clase media del pueblo (incluyendo al doctor, el policía y la esposa del vicario), una especie de deporte extremo con ínfulas reivindicativas. Tras caer en una trampa para ladrones montada por los guardianes de los faisanes, William se rompe una pierna. Danny lo encuentra en el fondo de un pozo y lo rescata antes de que lo descubran. Lo que sigue a continuación es una venganza en clave humorística que convertirá a Danny en el indiscutible campeón del mundo.

Supongo que la idea de este libro es que sea leído desde la posición del niño protagonista, pero yo no pude evitar leerlo desde la paternidad. Al final hay una nota que parece sugerir que Dahl también tiene al papá lector en mente. Lo mismo me pasó hace poco viendo Finding Nemo en un avión. Marvin siempre me ha parecido un personaje cercano a lo que soy y ahora todavía más. Una de mis nuevas angustias es que sea incapaz de conectarme con Laia. (Nota al margen: en realidad los papás no tienen que hacer ningún esfuerzo para que sus hijos no cometan sus mismos errores, porque los hijos naturalmente aspiran a eso (especialmente si esos errores los afectaron personalmente).) Ayer al medio día tuvo dos horas de llanto intenso durante las que se negó a recibir leche. Nada la apaciguaba, ni siquiera el usualmente milagroso cambio de pañal. Al final, como a veces pasa, cayó profunda de golpe, desgastada por sus propios gritos. Esos episodios me hacen sentir derrotado. Por fortuna no son la norma. La mayoría del tiempo ella parece satisfecha con mis cuidados. Cada vez con más frecuencia sonríe cuando me mira y le hablo. Lo hace con chillidos y sacando un poco la lengua entre los labios. Ahí están mis triunfos. En esas sonrisas está sembrada la complicidad que espero poder ofrecerle toda mi vida.

Aterrizaje

A primera vista Nueva Orleans no se parece a Barranquilla. El barrio viejo me recuerda a algunas zonas del Raval y otras del Gotic o el Born en Barcelona. Laia estuvo tranquila en los aviones. Lloró un poco en el vuelo entre Toronto y Houston, pero nada dramático. Comió cuando quiso comer. No tuvo mayor problema con los ascensos y descensos. La mayor dificultad fue quedarse dormida sin campo para caminar, como le gusta. Al final cayó rendida viendo Finding Nemo sin sonido. Parecía hipnotizada.

Avión

Mañana Laia volará en avión por primera vez. Será pesado, con varias escalas. Le pedimos al pediatra recomendaciones para el viaje y nos dijo que lo fundamental era que ignoráramos las miradas de la gente. (También recomendó teta durante el descenso.) En mis viajes en avión siempre he intentado ser amigable con los papás con niños pequeños cuando tengo oportunidad. Alguna vez, en un tren, hasta terminé cargando uno. Las reacciones pasivo-agresivas ante niños en aviones me sacan de quicio. Me parecen síntomas preocupantes de deshumanización general. Supongo que ahora será todavía peor.

Tercer ciclo lunar

Cada vez la risa es más frecuente aunque creo que todavía no me reconoce totalmente. Tampoco reconoce su nombre. A veces duerme bien y a veces duerme mal. Todavía no entendemos de qué depende. Los manuales proponen la creación de una rutina pero mi impresión es que la rutina (si se le puede llamar así) la impone ella. Igual no es malo: es divertido adaptar la vida a los designios de una pequeñita déspota sonriente que hace globos de baba. Hace un par de días estuvimos hasta las dos y media de la madrugada conversando. Creo que me quedé dormido antes que ella.

El control de las manos ha mejorado muchísimo. También su visión. Ahora puede tocar lo que quiere tocar (dentro de un margen de error de unos cinco centímetros). Adora los móviles. Queremos llenar el techo con todos los que podamos encontrar. La ropa que antes parecía inmensa ahora apenas le queda. Ya empezamos a usar la ropa que corresponde a los tres a seis meses y a prescindir de la otra.

Hace un par de días, durante el baño, redescubrió sus pies.

Janak vino a visitarla por cinco días. Jugamos Dance Central 2. Nos fue conferida la misión de asegurarnos de que Laia pronuncie apropiadamente las palabras “out”, “about” y “sorry”. Según Janak, el acento canadiense sobre esas palabras es fonéticamente ofensivo para el angloparlante de bien.

La licencia de maternidad de Mónica termina hoy. Mañana regresa al trabajo. Este año (“académico”) Laia será mi única ocupación. Tal vez escriba y programe por las noches, dependiendo del cansancio. Durante los primeros días iré con Laia a la universidad al mediodía para que reciba un almuerzo. De resto, la alimentación diaria dependerá de mi habilidad con los teteros y su disposición a la resignación. Esperamos que no sea necesario utilizar leche de fórmula. Durante el último mes Mónica se ordeñó regularmente y tenemos una buena provisión en el congelador. A ver cuánto aguanta.

Primer ciclo lunar

Esta madrugada se fue mi mamá. Hace un rato se reportó en Bogotá. Llegó a Ontario cuatro días antes del nacimiento de Laia. Participó en el (inevitable drama del) parto y asesoró con éxito a Mónica en el asunto de las tetas y la leche, que es siempre complicado, doloroso y sobre todo angustiante los primeros días. También nos tranquilizó cuando Laia tuvo un conato de menstruación durante la primera semana. Una abuela pediatra tiene sus ventajas.

*

Hoy a las cuatro y media la niña cumplió cuatro semanas. Cada vez duerme mejor por las noches. Durante el día tiene varios momentos largos de calma despierta cuando mira cosas y mueve las manos sin esperar leche a cambio. Cuando tiene hambre o algo la incomoda (e.g., el calor, la mierda, la humedad, los gases) es furia pura.

*

Entre las muecas involuntarias que hace es fácil detectar aquellas que más tarde se convertirán en gestos con mensajes controlados y precisos. Es como entrever sus palabras.

*

En comparación a su mamá tengo muy poco para ofrecerle. Le hablo y juego cuando está calmada. La cuido mientras duerme. Preparo su baño. Cambio sus pañales en la madrugada. Canto y bailo para tranquilizarla. Improviso conversaciones dadaístas entre muñecos. La entretengo cuando Mónica necesita descansar. Nada que pueda asociar directamente a mí (lo que quiera decir eso para ella). Por lo pronto nuestro vínculo es débil y cualquier progreso merece júbilo. Cuando me mira lo hace con extrañeza, tal vez intentando aclarar, al igual que yo, cuál es exactamente mi papel en su sistema de satisfacción de necesidades o, más simple, a cuenta de qué merezco su atención y por cuánto tiempo. Pocas veces actúa como si me reconociera. Cuando lo hace me siento la persona más afortunada del mundo. (Y cuando no también, ahora que lo pienso.)

Peces

Cuando te vi nacer. O un poco después, digo. Vos conocés la historia donde yo soy tu salvavidas. Pero en realidad cumplí con lo que me dijo el obstetra. Tenías una apnea, por eso estabas azul y lánguido. Yo sostuve la manguerita del oxígeno a la altura de tu nariz, de tu boca. Pero insisto, solo cumplí con lo que me habían dicho y no fui un héroe, comenzaba simplemente a ser tu padre.

Javier G. Cozzolino está publicando los cuentos de su segundo libro, titulado El cuaderno enfermo, en este blog. Aquí está Peces, uno de mis favoritos.

He Got Game

Lo que importa no es el juego sino lo que está detrás del juego. Lo que el juego resuelve. Todos quieren un pedazo de la carne de Jesus, de su salvación. Jesus es un artículo que se compra y se vende. Nadie pone en discusión que ese es su destino. El dilema de Jesus no es si venderse sino a quién. Aún así, en su indecisión hay carácter. Jesus quiere que el juego signifique algo más que el juego detrás del juego: fuck the game if it ain’t sayin nuttin. El juego debe ser una herramienta para ascender y escapar de la vida predefinida de los negros, de sus futuros muertos. Jake quería eso para Jesus. Esa era su herencia. Algún día Jesus lo entendería. Jake tiene siete días para ganar su libertad, pero no quiere ser libre. Su condena es justa. No merece el perdón. Jake quisiera regresar en el tiempo y reestablecer lo perdido, pero sabe que eso es imposible. Sólo quedan las enseñanzas del juego y lo que está detrás del juego: la tristeza, el arrepentimiento, los errores, las heridas y el rencor. El hijo perdido en una cancha que crece y se aleja.

There’s something happening here. What it is ain’t exactly clear.

Panding Fatherhood

Pierdo las semanas sin entender muy bien cómo. Me despierto con Mónica y me acuesto a media noche y cuando me acuesto pienso: otro día sin hacer nada. Este pensamiento me agobia y no me deja dormir muy bien. A veces me despierto de madrugada y pienso que necesito cambiar eso de alguna manera. No me siento bien. Durante el día procuro hacerlo pero entre el calor y el desánimo pierdo el poco impulso. No sueño nada por estos días. Miro la panza de Mónica e intento imaginar a Mauricio fuera. Ya falta poco. Espero demasiado de Mauricio. Espero que me saque del tedio. Quiero tenerlo a mi lado y poder tocarlo. Quiero ver cómo es. A veces me distraigo hablando con los distantes. Otras veces me distraigo hablando conmigo mismo y proponiéndome cosas, planes, para aprovechar el tiempo libre que ahora tengo y desperdicio. El martes nació Lorelei, la hija de Jana y Clifton. Hace unas horas recibí sus primeras fotos. Es linda. Me emociona y me alegra. Lorelei es un preámbulo a la realidad inminente de Mauricio. Hoy fuimos a Walmart a comprar un coche para él. Mónica quiere uno que permita ver al niño mientras uno camina con él. Increiblemente, muy pocos modelos de coches de precio razonable cuentan con esa posibilidad. Por desgracia el modelo está agotado en el almacén, pero no hay prisa así que regresaremos el próximo fin de semana. Tampoco encontramos el horno microondas que queríamos. El viaje al centro comercial fue prácticamente perdido. Qué pesado es moverse en una ciudad que desprecia el transporte público y sus usuarios. Nunca había vivido en un sitio así. De vuelta en la casa vimos My Fair Lady y luego A Bronx Tale. De comida horneé un lomo de cerdo con puré de manzana. Quedó bien, pero no era lo que esperaba.

Lunes

Primera sesión del curso de parir. Diez parejas y una mujer sola en un salón pequeño por dos horas dedicadas a atender las recomendaciones de K., que trabaja en la sección de partos del hospital y sabe cómo va la vaina. Mi primera impresión es que la clase sirve al propósito de hacernos sentir que no nos resignamos a la espera sino que hacemos algo, que el hijo en camino nos preocupa y por eso invertimos tiempo y dinero en que tenga un nacimiento educado. Nos sacrificamos. Supongo que el dinero es lo más importante. Sin el desembolso probablemente seguiríamos sintiéndonos vacíos. Por otro lado, las sesiones sirven como una terapia de pareja colectiva para resolver, en un ambiente relajado y público, los pequeños conflictos maritales que surgen como consecuencia del embarazo. Hoy uno de los participantes se quejaba de que su novia lo había hecho remodelar media casa excusándose en un ansia incontrolable de anidar. Finalmente, me parece que el curso pretende que el futuro padre se involucre en el proceso y confronte la inevitable sensación de inutilidad que predomina a esta altura del viaje. Todo esto lo empacan entre discusiones sobre la respiración, las contracciones, los tiempos, el dolor (que luego todas mágicamente olvidan), los síntomas, los antojos y el color de la fuente. Al final nos sentimos igual de mal preparados pero mucho menos culpables.

(Al margen recomiendo este texto de Gloria.)

Martes

Mauricio cumple mañana treinta y cinco semanas de gestación dentro de la panza de Mónica. Ese número lo pone ya del otro lado. De aquí en adelante puede nacer en cualquier momento. La visita al ginecólogo esta mañana tardó un poco más de lo acostumbrado. Todo estaba bien. El bicho está en la posición recomendada y el corazón le late como debe. Mientras Mónica estaba en consulta ojeé una revista para padres. Aunque aparentaba ser una revista equilibrada, el target de la revista eran las madres: tanto el tono como la sobrepoblación publicitaria de toallas higiénicas lo ponían en evidencia. Había un artículo sobre los llamados roles de género. La pregunta en últimas era cuánto de eso viene hardcoded y cuánto es dependiente del medio cultural. El artículo, ligero, sugería que había cierta tendencia natural a favorecer algunas preferencias dependiendo del género pero a la larga la cultura (la crianza) era el factor fundamental a la hora de asentar el estereotipo (en otro artículo, independiente de este, decían que los niños criados por parejas homosexuales tenían una tendencia menor a encasillarse en el estereotipo). Una cosa de la que hablaban y que me pareció interesante es que niños y niñas tienen procesos de desarrollo cognitivo distinto y por eso los niños educados en salones de sólo niños (o sólo niñas) tienen, en promedio, mejor desempeño académico. De todas maneras, vale la pena preguntarse (o al menos eso me pregunto yo) si ese aumento potencial en el desempeño académico es suficientemente valioso a largo plazo como para sacrificar las habilidades de interacción social que generan los ambientes escolares mixtos. Por experiencia personal (o por ser una víctima accidental de la visión opuesta), pienso que a los colegios no se va tanto a aprender como a descubrir cómo vivir en sociedad (y adquirir de paso cierta ética de trabajo).