Mónica me cortó el pelo el sábado. Compramos una máquina de esas que usan en el ejército y procedimos sin agüero. He regresado al peinado clásico que me enseñó a pedir mi abuelo en peluquerías-escuela en Bogotá. Llevaba casi seis años sin cortarme el pelo seriamente. No sé por qué lo hice. Rebeldía a destiempo, creo. O simple pereza. Luego, para hacer la cosa todavía más rotunda, yo le corté el pelo a Mónica muy muy corto. Creo que fui demasiado radical pero nosotros menos mal ya superamos esa época de la vida en la que el estado del pelo es algo con mediana importancia más allá de que sea funcional (Mónica me contó de una compañera de trabajo que hace poco fue a la peluquería y lloró desconsolada a la salida porque se lo cortaron demasiado corto para su gusto). El paso natural después de esto era cortarle el pelo a los gatos, pero algo, una voz, me detuvo. Hoy por la tarde limpié la casa. Ahora veo hockey (Sexto juego de la Stanley Cup: Boston humilla a Vancouver (que va ganando la serie 3-2)) y horneo pastelitos chinos de arroz y fríjol para el desayuno. Son las nueve y Mónica todavía no ha llegado. Tiene experimentos hasta tarde. Releo Cloud Atlas por estos días. Es como escalar una montaña y luego bajar.