Buena parte de los artículos de prensa que he leído al respecto de ese horror que fue la muerte de Clayton Lockett se inician con una descripción minuciosa de sus crímenes. Toda la discusión sobre la ejecución atroz de Lockett parte de la naturaleza de sus actos: es el filtro establecido. En el fondo, lo que se sugiere es que tal vez merecía lo que quiera que recibió (su muerte, después de todo, es justa). Cuentan con la reacción visceral ante la narración de lo inaceptable (o lo monstruoso). Me espanta la forma como se difumina la responsabilidad de ese asesinato entre las excusas de medicamentos agotados, malas venas, la brutalidad del condenado, burocracias inexpugnables y concepciones primitivas de justicia. Sin excusas, al desnudo, lo que hay es una institución que a nombre de “la gente” monta homicidios (ineptos o no) de personas expulsadas del mundo compasivo (algunos desde su infancia) como espectáculo público de auto expiación. Tanto cinismo socialmente tolerado y promovido es desolador.