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pensar

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Miguel Gualdrón me recomendó El maestro ignorante de Rancière. Apenas he leído la introducción, pero me llama mucho la atención la premisa (un maestro curtido que de repente, por cosas de la guerra y los exilios, descubre que no es tan esencial como pensaba en el proceso de aprendizaje de sus estudiantes). Creo que conecta bien con lo que decía hace pocos días sobre la pretensión de ciertos profesores de “enseñar a pensar”. Aquí un aparte (traducción mía a la carrera) donde se discute el papel del maestro como explicador designado:

La explicación no remedia necesariamente una incapacidad para entender. Todo lo contrario: esa incapacidad provee la ficción que estructura la concepción explicativa del mundo. Quien explica necesita al incapaz y no al contrario; él es quien declara al incapaz como tal. Explicar algo a alguien es antes que nada mostrarle que él no puede entenderlo por sí mismo. Antes de ser el acto del pedagogo, la explicación es el mito de la pedagogía, la parábola de un mundo dividido entre las mentes que saben y las ignorantes, mentes maduras e inmaduras, capaces e incapaces, inteligentes y estúpidas. El truco de quien explica consiste en ofrecer un gesto inaugural doble. Por un lado, decreta el inicio absoluto: es sólo ahora cuando el acto de aprender comenzará. Por otro lado, una vez tendido el velo de ignorancia sobre todo lo que será aprendido, se autonomina como el encargado de retirarlo. Hasta que él llegó el niño escalaba a ciegas, resolviendo acertijos. Ahora va a aprender. Antes oía palabras y las repetía. Pero ahora es el momento de leer, y él no va a entender palabras si no entiende sílabas, y no entenderá sílabas si no entiende letras que ni un libro ni sus papás podrán hacerle entender — sólo la palabra del maestro lo hará. El mito pedagógico, decíamos, divide el mundo en dos. Más precisamente, divide la inteligencia en dos. Dice que hay una inteligencia inferior y una superior. La primera registra percepciones por accidente, las retiene, interpreta y repite empíricamente, dentro del círculo cerrado de hábito y necesidad. Esta es la inteligencia del niño y el hombre del común. La inteligencia superior sabe a través de la razón, procede por método, de lo simple a lo complejo, de las partes al todo. Esta es la inteligencia que permite al maestro transmitir su conocimiento tras adaptarlo a las capacidades intelectuales del estudiante y también le permite verificar que el estudiante haya entendido satisfactoriamente lo que aprendió.

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Una forma de medir las limitaciones en la estructura mental de una persona es preguntarle cómo enseñaría a unos niños a pensar. Cualquier respuesta que parta de intensificar el estudio formal de algún área del saber académico (sea lógica, filosofía, gramática, neurociencia o estadística) es prueba de que la persona en cuestión está atrapada en un cajón sociocultural desde el cual el pensamiento se vuelve equivalente al dominio de esos saberes técnicos. Confunde pequeñas teorías con el mundo.

Yo no creo que se pueda enseñar a pensar. Todo el mundo piensa. Lo que sí se puede es acompañar aprendizajes y ofrecer herramientas para organizar y expresar mejor lo que se piensa. Para no perderse. Tal vez es posible encontrar algunas de esas herramientas al fondo de cualquiera de esas disciplinas, pero el dominio de ninguna de ellas garantiza nada en ese sentido. De hecho cada vez es más frecuente que la academia promueva la redacción ininteligible como sublimadora de ideas. En lugar de organizar y aclarar lo que se piensa, se insta a oscurecerlo para que parezca inaccesible y por ende profundo. Es una forma burda de justificarse.

En la práctica, tan buena es la gramática para aprender a pensar como el fútbol, la jardinería o la astronomía.

A decir verdad la jardinería podría ser un poco mejor.