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Literatura en duelo

A raíz de la publicación en Colombia de un libro de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo, dije en Twitter que aunque entendía las motivaciones que podían llevar a una mamá en duelo a escribir algo así, me intrigaba y perturbaba que luego lo hubiera publicado (convertido en un artículo a la venta). Para mí esa parte tiene algo de macabro. Esto obviamente no aplica sólo al caso de Bonnett. Ayer por casualidad encontré este artículo reciente de Alberto Olmos sobre lo mismo. Un fragmento:

Porque después de la muerte no se entiende nada, se acaba recurriendo a la literatura. No es necesario indagar entonces en los motivos por los cuales un escritor deja testimonio de la pérdida de su padre o de su madre, de su pareja o de su hijo; si pudiera -si le asistiera la escritura- cualquier persona lo haría. El duelo justifica muchas terapias, muchas extracciones y cirugías de urgencia, y escribir seguramente es la forma más profunda de hundir un cuchillo.

Sin embargo, sí vamos a preguntarnos aquí por qué un autor publica su panegírico, su elogio fúnebre, y por qué ese autor cree que otras personas van a leerlo o deben siquiera mostrar interés en su desgracia. ¿Qué se supone que debe hacer un lector con el dolor de un escritor?

Desde la otra perspectiva, leí hace unos meses este artículo de Francisco Goldman (sobre el libro que escribió al respecto de la pérdida de su mujer) que por desgracia no está entero en línea. Otra lectura relacionada es este ensayo de Jorge Salavert que publicamos en HermanoCerdo. (Y Mercedes me recuerda en los comentarios este ensayo de Aleksandar Hemon sobre la muerte de su hijita.)

Se me ocurre ahora que tal vez el problema es que después de la pérdida (y hasta mucho tiempo después de la pérdida) todo lo que se escribe es inevitablemente parte del duelo: la memoria del muerto siempre encontrará alguna forma de colarse en los textos y enfatizar el peso de su ausencia. De pronto los escritores profesionales no pueden darse el lujo de no publicar lo que escriben.

Algunas consecuencias

(1) No veremos en cine The Dark Knight Rises. (2) Ahora tengo a alguien con quien bailar.

La ciudad perdida

Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.

He Got Game

Lo que importa no es el juego sino lo que está detrás del juego. Lo que el juego resuelve. Todos quieren un pedazo de la carne de Jesus, de su salvación. Jesus es un artículo que se compra y se vende. Nadie pone en discusión que ese es su destino. El dilema de Jesus no es si venderse sino a quién. Aún así, en su indecisión hay carácter. Jesus quiere que el juego signifique algo más que el juego detrás del juego: fuck the game if it ain’t sayin nuttin. El juego debe ser una herramienta para ascender y escapar de la vida predefinida de los negros, de sus futuros muertos. Jake quería eso para Jesus. Esa era su herencia. Algún día Jesus lo entendería. Jake tiene siete días para ganar su libertad, pero no quiere ser libre. Su condena es justa. No merece el perdón. Jake quisiera regresar en el tiempo y reestablecer lo perdido, pero sabe que eso es imposible. Sólo quedan las enseñanzas del juego y lo que está detrás del juego: la tristeza, el arrepentimiento, los errores, las heridas y el rencor. El hijo perdido en una cancha que crece y se aleja.

There’s something happening here. What it is ain’t exactly clear.

Historia de amor número diecisiete (Bosquejo)

Ella le dice que siente que la está dejando ir. Llora. Siempre llora. Más de la cuenta. El le dice que está tranquilo, que todo va a estar bien. Todo va a estar bien, dice él, le toca la cara, y ella lo repite y lo repite en el bus de regreso a su casa, que es una especie de hotel, hasta que en su cabeza deje de sonar como un consuelo y se sienta realidad, que es lo que ella quiere que sea. Creo que nunca deja de llorar, pero cada vez se nota menos. Podríamos indagar, hacer una incisión justo en este punto, donde/cuando todo está tan expuesto, y explorar los órganos internos de esta historia. Contextualizar. Podríamos pero no lo haremos por respeto a la historia. Por respeto a sus particularidades, que son lo que al final les queda, el trofeo por haber sido lo que quisieron ser. Diré apenas que es una historia con muchas canciones antes y después. Es una historia hecha, literalmente, de palabras. Una conversación que, ella sospecha, se prolongó demasiado. Por eso es que entiende y acepta lo que pasó. Todo va a estar bien, repite todavía de vez en cuando, y luego lo ve pasar, a lo lejos, a distancia infranqueable, y siente algo que parece bueno. Es feliz, le diría él.