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Ensayos sobre la tristeza

Propongo un libro de ensayos sobre la tristeza. O tal vez un concurso para seleccionar los ensayos que componen el libro. Podríamos empezar con el que Javier G. Cozzolino jamás escribirá y que empieza así:

La tristeza es el desacuerdo. El desacuerdo de cualquier tipo. Con otro, con la existencia, con las ganas de defecar que tiene tu perro en ese lugar donde no debe defecar. La tristeza es también no encontrar mayores sorpresas, que la realidad se vuelva previsible. Lo previsible no es lo aburrido. Aburrido seguramente es permanecer internado, pero una internación a uno lo puede hacer finalmente feliz, o devolverlo a la vida, o a la cordura.

Perros rabiosos

Tal vez Israel decida ir a la guerra contra Irán antes de que termine este año. Sería una barbaridad. Algunos dicen que podría pasar incluso antes de junio.

Con sus ataques, Israel intentaría prevenir que Irán concluya con éxito su programa nuclear, que está bastante adelantado. Israel (es decir Netanyahu, Barak et al.) teme que, de llegar a la bomba, Irán (es decir Khamenei, Ahmadinejad et al.) procederá a utilizarla sobre Jerusalén, lo que no parece una buena jugada para nadie, pero los líderes iraníes no se caracterizan por sus muestras de buena voluntad. Y los israelíes menos. En oriente medio, Israel es un french poodle paranoico, hormonado y con dientes de adamantium, dispuesto a todo por proteger su arbolito. Para una muestra de su talante basta recordar el proceso de trampas y mentiras estrategicas que concluyó con el desarrollo de su copioso arsenal nuclear actual. La historia del programa nuclear iraní, por su parte, puede conectarse limpiamente con el apoyo norteamericano al programa nuclear pakistaní dentro de la Guerra Fría, y también está llena de las trampas y mentiras que son tradicionales en este tipo de procesos desde que el proyecto Manhattan rindió hongos sobre Japón y todos se asustaron pero siguieron cultivando por si acaso.

El conflicto entre Israel e Irán es un lío grande con riesgos, amenazas y consecuencias terribles por todos lados, no solo para los dos paises involucrados sino para la estabilidad regional y mundial en general. En este reportaje extenso y en formato digital, Iñigo Ugarte, conocido por su excelente blog Guerra Eterna, ofrece una contextualización rápida y detallada del mierdero, su historia, sus protagonistas y las (no muy alentadoras) perspectivas para los próximos meses. Creo que aclara varias de las confusiones frecuentes al respecto de este asunto. Vale la pena comprarlo. Además sirve para apoyar el talento y trabajo de Ugarte directamente.

Me gusta muchísimo la idea de esos minilibros digitales de no-ficción. Funciona muy bien. El formato digital es un tanto desgastante (la uniformidad de las páginas y la tipografía cansan), pero para lecturas breves informativas o de opinión en plan revista de actualidad aunque tal vez un poco más largas es casi perfecto. En Español todavía no hay mucha oferta. En inglés, Byliner es una mina de pequeñas joyas, como la aventura radioactiva japonesa de mi admirado William Vollmann.

Meteorito

Decían en las noticias que una anciana fue asaltada por un halcón que intentó robarle su perro. Al sentir el ataque, la anciana se lanzó sobre el perro, de alguna raza pequeñaja, y recibió las garras del halcón en su espalda. Gracias al apoyo de los vecinos, fue llevada prontamente a un hospital, donde se recupera mientras un sobrino cuida del perro algo magullado tras sobrevivir al peso de su dueña. Esto pasó a pocas cuadras de mi casa, en la esquina donde cayó un meteorito el año pasado más o menos por esta misma época.

Lapsus

Disfruto el silencio de este lugar: la tranquilidad que se siente por la mañana cuando abro la puerta, camino por el corredor, paso junto a la sala de lectura y bajo las escaleras para salir al patio. Afuera están los perros, despiertos desde temprano, persiguiéndose mutuamente por turnos, y también el frío sabanero que se mete entre la ropa y me despierta de golpe. Abro los ojos. Estoy aquí. Usualmente camino hacia los naranjos, que a esa hora todavía huelen dulce, y los perros me siguen entre correrías y saltos. La sensación del prado húmedo contra los dedos de mis pies me hace bien. Es temprano y pienso en el resto del día y me agrada saber que no necesito pensar en nada. No necesito nada. No tengo nada que hacer. Mi propósito, me han reiterado ya tantas veces, es recuperarme, sanar, aprender que lo que soy no me condena. Pienso en el hombre que duerme en mi cuarto. Es un hombre viejo, está calvo, fuma más de lo que debería, ronca por las noches. A veces viene su hija a visitarlo y le cuenta cosas sobre un nieto que él nunca ha visto. Cuando habla, no habla mucho, le promete a la mujer que pronto estará de vuelta afuera y podrá conocer a su nieto. A veces, cuando ella se va, lo oigo llorar en el baño. Cuando tarda más de la cuenta llamo a los encargados. Ellos lo llaman por su nombre, luego abren la puerta con la llave y lo encuentran sentado en la taza, perdido. Quiénes son ustedes, les pregunta. Dónde estoy. Qué quieren de mí. No sé cuántos años lleva ese hombre en este lugar. No sé por qué está acá y creo que él tampoco. Prefiero no hablar con él para no contagiarme de lo que quiera que tenga. Junto a los naranjos hay una piedra para sentarse. Desde la piedra miro la casa, la entrada al instituto, los cerros en la distancia. Yo pensaba que el tiempo servía para acercarse a lo que uno quería ser. Pensaba, y todavía pienso, que todo es cuestión de paciencia y disciplina. Pero entonces está esto, este lapsus, el viejo que ronca, esta espera tan distinta de todas las otras esperas. Se supone que un día, eso me han dicho, un hombre vendrá a mi escritorio en la sala de lectura, donde me siento a trabajar por las tardes, a matar el tiempo que ya no pasa, y me dirá que todo está bien, que puedo regresar, que soy libre, que puedo recuperar la vida que perdí. A veces, sentado en la piedra, pienso en lo que se sentiría levantarme una mañana, jugar con los perros, venir a los naranjos, despedirme de Manuel, y caminar con decisión hacia la entrada.