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Desaparición

Día sin novedad. Hice un pato con una torta de papa al horno sencilla como la que le gustaba hacer a mi abuela en ocasiones especiales, parte de su menú elegante. Acompañé a la hija a su clase de natación. Después recibimos el sol de media mañana en el parque. Un acordeonista y una tamborilera hacían lo posible para entretener a una audiencia difícil y mal vestida para el frío con canciones a medio entonar. Aclararon varias veces que eran apenas dos quintos de la verdadera banda y que faltaba, entre otros, el cantante. Los integrantes restantes habían desaparecido de camino a la ciudad. Quizás los abandonaron para siempre y nunca podrán encontrar el camino de regreso a su casa. No sé dónde dormirán.

Optimismo

Me cuesta mucho mantener el optimismo pero siento que es una obligación hacer el ejercicio de sostener una perspectiva que abra caminos y sugiera una posibilidad aunque sea pequeña de mejores futuros, de un avance; entre otras porque sé que en el gran esquema soy un privilegiado y debido a esto tengo más opciones de afectar positivamente mi entorno amplio que muchas otras personas a mi alrededor. También sé que si me dejo ser converjo rápidamente hacia un estado entre el cinismo y el derrotismo donde mi depresión se establece y prospera sin dificultad. Desde ahí solo sé destruir y resentir. Así que cada día me levanto, pienso en el día que arranca y me comprometo (especialmente ahora, cuando todo parece derrumbarse) a resistir mis instintos y ser alguien de valor o bondad para los demás (o siquiera para algunos demás) así no sepa bien qué tengo para ofrecer.

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Esquinas como la de Sherbourne y Queen hay en todas partes. No tienen nada de especial. En ciudades grandes norteamericanas son casi reglamentarias. Cambian en tamaño y dinámicas de supervivencia, en grado de tolerancia institucional y exposición, en nivel de control de economías violentas, pero lo esencial persiste: comunidades de desplazados morales atrapadas en mezclas de problemas mentales, socioeconómicos y adicciones. Del otro lado del charco también se encuentran sin dificultad. Los marginados necesitan un lugar porque no dejan de existir por más que sean ignorados. Un sistema de flujos impulsados por juicios, abandonos y agresiones los conducen hasta ahí. Tal vez algunos de ellos tomaron malas decisiones pero no son esas decisiones las que los destrozan sino el trato subsecuente y las condenas que les limitan paulatinamente el rango de opciones hasta descarrilarlos del todo. Son débiles. No quieren rehabilitarse. Son casos perdidos. Son inadecuados. Son peligrosos para ellos y para quienes los rodean. No son de fiar. No ponen de su parte. Huelen mal. Por algo están ahí. Sobran excusas para repudiar. Todas tácitamente sugieren que su suerte es merecida. Les faltó la rectitud y entereza que nos sobra a los demás.

Slivers of reality

Esto viene de What came before the Big Bang?, un ensayo de Alan Lightman en la última Harper’s:

Quantum cosmology has led us to questions about the fundamental aspects of existence and being, questions that most of us rarely ask. In our short century or less, we generally aim to create a comfortable existence within the tiny rooms of our lives. We eat, we sleep, we get jobs, we pay the bills, we have lovers and children. Some of us build cities or make art. But if we have the luxury of true mental freedom, there are larger concerns to be found. Look at the sky. Does space go on forever, to infinity? Or is it finite but without boundary or edge, like the surface of a sphere? Either answer is disturbing, and unfathomable. Where did we come from? We can follow the lives of our parents and grandparents and their parents backward in time, back and back through the generations, until we come to some ancestor ten thousand years in the past whose DNA remains in our body. We can follow the chain of being even further back in time to the first humans, and the first primates, and the one-celled amoebas swimming about in the primordial seas, and the formation of the atmosphere, and the slow condensation of gases to create Earth. It all happened, whether we think about it or not. We quickly realize how limited we are in our experience of the world. What we see and feel with our bodies, caught midway between atoms and galaxies, is but a small swath of the spectrum, a sliver of reality.

In the 1940s, the American psychologist Abraham Maslow developed the concept of a hierarchy of human needs. He started with the most primitive and urgent demands, and ended with the most lofty and advanced. At the bottom of the pyramid are physical needs for survival, like food and water. Next up is safety. Higher up is love and belonging, then self-esteem. The highest of Maslow’s proposed needs, self-actualization, is the desire to get the most out of ourselves, to be the best we can be. I would suggest adding one more category at the very top of the pyramid, above even self-actualization: imagination and exploration. Wasn’t that the need that propelled Marco Polo and Vasco da Gama and Einstein? The need to imagine new possibilities, the need to reach out beyond ourselves and understand the world around us. Not to help ourselves with physical survival or personal relationships or self-discovery but to know and comprehend this strange cosmos we find ourselves in. The need to ask the really big questions. How did it all begin? Far beyond our own lives, far beyond our community or our nation or our planet or even our solar system. How did the universe begin? It is a luxury to be able to ask such questions. It is also a human necessity.

Instagram

Si es cierto que, como dice Sergio, a nadie le interesan las fotos de los demás, probablemente también es cierto que a nadie le interesan las ideas de los demás. O las palabras. O los demás en general. Muchas personas viven en un mundo (triste) cuyo axioma central es ese. Mi sospecha, sin embargo, es que los demás si le interesan a los demás mucho más de lo que no les interesan o se permitirían reconocer. Y eso incluye en ocasiones las fotos de los demás y hasta las palabras. En especial cuando cada vez estamos todos más lejos y hay poquísimas oportunidades (cuando no ninguna) para compartir un lugar. Todos estos intercambios son formas de conversar.

One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

David

El domingo fuimos al supermercado y de camino paramos en una cafetería colorida del floreciente pequeño barrio indio. Un hombre en la cafetería nos preguntó si hablábamos portugués. Le dije que hablábamos español, español de Colombia. Ah, el mejor del mundo, exclamó. Eso dicen, le respondí.

Se llamaba David. Tiene unos cuarenta y tres años. Llegó a Toronto hace dos días después de vivir unos años en California. Aunque nació en Montreal, cuando sus papás se divorciaron fue enviado por su mamá a un colegio internado en Gales, así que habla con acento inglés de persona de bien. Me contó que adora Latinoamérica y que cuando tenía diecisiete años hizo una peregrinación hasta Machu Pichu desde Bogotá durante los años duros de Sendero Luminoso. Está convencido de que no fue secuestrado de milagro. Durante el viaje aprendió un poco de español de supervivencia pero cuando intentó practicarlo conmigo lo sentí oxidado. Mi familia es originalmente de España, me explicó. Nos expulsaron hace cinco siglos.

En su próximo viaje a Latinoamérica quiere conocer Chile. De Chile pasamos a hablar obviamente de campos de concentración y soldados alemanes que estaban asignados a los campos y que terminaron viviendo en Chile y Argentina. Me confesó que aunque los nazis mataron a setenta parientes suyos él no sentía rencor. Es un sentimiento que no le interesa cargar. No sabían lo que hacían, me explicó. Los comparó con las muchachos gringos que van a Afganistán.

Le pregunté qué lo traía de vuelta a su país de nacimiento.

Me contó que vivió algunos años en California trabajando en el cine como escritor y también como editor. Su visa de trabajo había expirado hace más de un año. Estaba hasta hace unos días en Inglaterra de vacaciones visitando a sus parientes y allá decidió que tal vez no era buena idea volver a California (temía problemas a la entrada) así que compró un pasaje a Toronto con el propósito de instalarse acá. Estaba en el proceso de importar sus pertenencias y su carro desde California. Le pregunté si había opciones de trabajo para él en la ciudad. Me explicó que aunque había varios estudios de cine no muy lejos del barrio (donde planea vivir — todavía no tiene apartamento — el domingo visitaría dos opciones en el área) él en realidad vivía de su trabajo como curandero. Qué tipo de curación hace, le pregunté. Flores, vibraciones de las esencias, energía cuántica, me dijo. Aprendió con maestros en Brasil y Australia.

Parecía un hombre profundamente solo y feliz.

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Hoy en el centro una mujer pequeña muy bronceada me habló. Dijo algo que no entendí. Le pedí en inglés que me repitiera la pregunta. Preguntó “Do you speak Spanish?”. Le dije que sí. Preguntó “¿De Uruguay?” con gesto orgulloso, como si acabara de develar mi secreto. Le respondí “Colombiano.” El gesto en la cara se disolvió en desilusión. Comentó algo sobre el calor, dijo “Chau” y cruzó la calle a toda carrera. Soy malo para avanzar en conversaciones sobre el calor. Después me la volví a encontrar mientras caminaba por el mercado. Apenas medio sonrió. Debí haberle respondido que sí era uruguayo, uruguayo del norte — por eso el acento.

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Un diagrama circular para representar el flujo de población de un departamento a otro de acuerdo a los datos de proveniencia versus residencia en el censo de 2005. D3 cuenta con un layout para ese tipo de diagramas así que es muy poco lo que hay que hacer para generarlo más allá de calcular la matriz y afinar un algo los tamaños de las cosas. Al principio estos diagramas me parecían confusos. Cada vez siento que dicen más. Es chévere que se puedan ver tantos números y relaciones al tiempo.

Hay un diagrama dual asociado a la matriz transpuesta (donde se hace énfasis en de dónde vienen más que en dónde viven). Es igual de fácil de generar pero quiero hacerlo de tal forma que sea una “transformación” del diagrama (con un botón) en lugar de uno adicional. Todavía estoy entendiendo cómo se logra eso.

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A la salida del YMCA oí a una joven muy joven decirle a otra todavía más joven en tono serio “Me di cuenta de que estar con él y deprimida no era el tipo de relación que quería tener”. Ambas estaban abominablemente maquilladas.

En la piscina vi a un papá que tenía en la espalda tatuado el logo de Nike. No me alcanzo a imaginar el proceso mental que conduce a tomar la decisión de imprimirse para siempre el logotipo de una empresa de productos deportivos en la piel.

En el bus había un señor muy grande en una silla de ruedas eléctrica que leía un libro titulado “The ABC of Murder“.

A la entrada del YMCA estaba una foto de un muchacho, un miembro de la comunidad, supongo, que había muerto recientemente. Nació en 1986. Un hijo de dos personas que se acaban de quedar muy solas.

Mientras trabajo, caliento los pies poniéndolos directamente contra el radiador empotrado en la pared.

Laia duerme largo. Tuvo una sesión intensa de ejercicio en la piscina esta mañana.

Extraer información a través del API de Twitter requiere muchísima paciencia.

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La semana pasada hablé en la cafetería con un señor de unos noventa años que trabaja como archivista en una iglesia. Me preguntó de dónde vengo y le dije que Colombia. Me preguntó en qué idioma hablaba. Dijo que Colombia debía ser un lindo país. Me preguntó el nombre de la niña también. Dijo que en inglés existía “Laila” pero no “Laia”. Después habló de un viaje desde Vancouver hasta la frontera con México. Del otro lado de la frontera estaba Tijuana. No se atrevieron a cruzar. Me dijo que había viajado por todos los Estados Unidos pero nunca había estado en Nueva York (en Boston sí; prefería Boston). También me contó de un viaje que hizo alguna vez con su mujer desde Vancouver hasta Nueva Escocia, de un lado al otro del país. Sonaba orgulloso. Cuando se fue le abrí la puerta de la cafetería para que pudiera salir con su caminador.

Hoy lo volví a ver en la nueva cafetería del barrio. Me preguntó el nombre de la niña. Me preguntó de dónde venía. Me contó de su viaje truncado a México. Me habló de su aventura de un lado al otro de Canadá. Repitió cada historia y cada comentario en el mismo orden. Le costó recordar el nombre de Tijuana esta vez. Hice la mejor cara que pude. Asentí y sonreí. Repetí algunas preguntas también.

Lectoras

Hoy, en las mesas afuera de la cafetería, vi a una mujer leerle en voz alta un libro infantil con dibujos a su mamá. Debían llevarse unos treinta años pero eran todavía muy parecidas físicamente: ambas con el pelo largo y la cara larga; ambas vestidas con faldas de flores y camisas sueltas. Tal vez la mujer joven elegía la ropa de ambas. La mamá estaba sentada muy erguida con las manos sobre las piernas y seguía la historia atenta a los dibujos que la hija señalaba mientras leía. En las páginas que alcancé a ver los protagonistas (¿tal vez eran ladrones?) escapaban en un carro muy viejo por una carretera escarpada, pasaban junto a un granero rojo y en cierto punto daban un giro, rompían una cerca y continuaban la huida por un pastizal. El rastro de las llantas del carro quedaba marcado en el pasto seco. Pensé en Alejandro y las mujeres lectoras que le gusta coleccionar.

Comentarista

Notas

Alguien comenta y subraya los artículos de los periódicos de la cafetería del barrio. El comentarista es aguerrido y pendenciero, con una clara alineación hacia la izquierda. Suena como alguien comprometido y educado. Muchas de sus notas son respuestas sarcásticas a la posición más bien complaciente del periodista con el establecimiento cada vez más conservador. Hace un par de años que reviso los periódicos de la cafetería buscando sus notas. Usualmente tiene buen ojo para detectar los artículos que vale la pena leer. Hasta hoy no sabía quién estaba detrás. Era un misterio que jamás pensé que podría resolver.

comentarista

Cuando nos sentamos la señora saludó a Laia sonriente y siguió leyendo el periódico. Cuando se fue me preguntó cuántos meses tenía Laia y después de que le respondí llevó su copia del periódico al mesón donde está el azúcar. No pude aguantar y me apropié de ella. En un artículo sobre los niveles de mercurio en cuerpos de agua cerca de los yacimientos de arenas de petroleo (la nueva gran riqueza canadiense) escribe: “Water is an absolute necessity for life. If we foul this essential resource, we are too stupid to live”. Bajo el título de un artículo sobre la solicitud de inmunidad ante la corte penal internacional para líderes africanos mientras están en el poder, escribe: “Why? They are failing the populace and victims of egregious, inhuman overlords”. Más abajo, le da la razón con un “Indeed!” a Desmond Tutu cuando dice que “those who seek to evade the international court are effectively looking for a licence to kill, maim and oppress their own people without consequence”. Hace sus anotaciones con cuidado y se nota que relee los artículos que le interesan varias veces. Sigue su lectura con el bolígrafo y enmarca párrafos. También comenta las cartas de los lectores. Antes de irse entró al baño. Después caminó hacia la salida de la cafetería, bajó el escalón agarrándose del marco de la puerta y se alejó despacio por la calle Craig, con su bolsa de tela en una mano. No tuve el coraje para confesarle que era un fanático de sus notas.

comentarista

Bonsai

D. hace bonsai. Le pregunto cómo aprendió. Me dice que desde siempre ha estado interesado en la horticultura y en uno de los invernaderos donde trabajó conoció a un hombre que los hacía. Quedó fascinado. Buscó información. Leyó varios libros y se inscribió en el club de bonsai del pueblo. Le digo que debe ser difícil. Me responde que si uno sabe cómo crecen los árboles no tiene ningún misterio. Me dice que es afortunado de poder ganarse la vida con su pasión.

D. tiene tres hijas y un hijo. Su mujer era una indígena canadiense. Era adicta a las drogas y D. estaba alcoholizado. Hace unos años la mujer lo dejó. Se llevó a los dos hijos menores a la reserva indígena. D. fue por los niños a la reserva y exigió su custodia, argumentando que la mujer no estaba en condiciones de cuidarlos. Casi lo linchan pero finalmente volvió con los dos niños al pueblo. Esos cuatro niños son su vida. Hace unos dos años dejó de tomar y recientemente consiguió un trabajo como jardinero de bonsai de un señor con mucha plata. A eso se dedica ahora. Le pagan bien.

D. carga siempre una botella de dos litros de coca-cola light y fuma obsesivamente. Casi no habla con nadie. En el celular lleva fotos de un bulldog inglés. En la casa tiene en este momento cincuenta y nueve bonsai. Los últimos tres los recibió la semana pasada. A veces se los regala a sus amigos. La mamá de los niños murió de sobredosis de heroína hace un año.

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