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perspectiva

Brujas

Ayer terminamos de leer Las brujas de Roald Dahl. Me gustó mucho el final. Al final, el niño protagonista y narrador, en una conversación con su abuela, habla de sus expectativas de vida ahora que será un ratón para siempre. Ambos reconocen que les quedan, a lo más, nueve años (los ratones normales viven tres; él, por ser un ratón-humano, vivirá un poco más). Pero esa no es una tragedia. Ambos lo ven como un reconocimiento de la importancia de aprovechar su compañía mutua y el tiempo que les queda. No hay tristeza ante esa perspectiva. El cierre, aunque enmarcado en esta conversación, resulta ser la promesa de una gran aventura. El presente siempre debería ser el inicio de una aventura.

Optimismo

Me cuesta mucho mantener el optimismo pero siento que es una obligación hacer el ejercicio de sostener una perspectiva que abra caminos y sugiera una posibilidad aunque sea pequeña de mejores futuros, de un avance; entre otras porque sé que en el gran esquema soy un privilegiado y debido a esto tengo más opciones de afectar positivamente mi entorno amplio que muchas otras personas a mi alrededor. También sé que si me dejo ser converjo rápidamente hacia un estado entre el cinismo y el derrotismo donde mi depresión se establece y prospera sin dificultad. Desde ahí solo sé destruir y resentir. Así que cada día me levanto, pienso en el día que arranca y me comprometo (especialmente ahora, cuando todo parece derrumbarse) a resistir mis instintos y ser alguien de valor o bondad para los demás (o siquiera para algunos demás) así no sepa bien qué tengo para ofrecer.

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Ayer llegué a la casa y pensé “Hasta ahora es martes”.

Hoy llegué a la casa y pensé “Ya mañana es jueves”.

Todo en la vida es cuestión de perspectiva.

Inmersión

Creo que lo supe cuando la vi, pero para serle sincero en este momento siento como si eso fuera algo que yo hubiera sentido desde siempre. Puedo ser más preciso: me cuesta delimitarlo dentro de mi propia vida porque actualmente es un componente esencial, algo sin lo cual me costaría ser lo que soy. Esto obviamente no me impide reconocer que hubo un momento cuando ella no estaba y luego uno donde ella era todo, pero aislar el momento del cambio requeriría adoptar una distancia con respecto a mis sentimientos que me es imposible tomar en este momento. Ciertos tipos de sentimientos, como este, me atan al instante: pierdo perspectiva a cambio de profundidad. Esa es la manera como me gusta verlo. Sentir, para personas como yo, es inmersión. Es algo que se hace con total conciencia de que está pasando. Requiere dar brazadas, patalear, no perder el conocimiento, abrir los ojos y rezar para que las membranas resistan la presión y las sales y el medio sea suficientemente claro como para saber hacia dónde ir. Wishful thinking, yo sé. La mayoría de las veces la inmersión es veloz, incontrolable, y la presión crece mucho más rápido de lo que cualquier órgano la puede resistir. Todo queda hecho papilla. El fondo de uno mismo es frío y desolado. Hay un período de dolor. Hay un período de placidez mortuoria resignada previo al reconocimiento de que ahí adentro también se puede respirar. Pero luego hay que moverse lentamente porque las leyes elementales de lo que se es y lo que se puede cambian. Todo es aprendizaje. Muchas veces por ensayo y error. Hay que redefinir lo que es sensible, lo que es irremovible, lo que necesita cuidado constante, lo que duele, lo que se quiere. Cada protocolo de interacción debe ser reconsiderado. Cada pequeño gesto estudiado para entender sus consecuencias. Dicen que es importante ponerse en el lugar de los demás. Yo tengo dificultades incluso para aceptar/entender/habitar el lugar emocional donde estoy, donde soy. Supongo que si fuera una persona normal esta sería una tarea automática. Por desgracia, mi vida es por encima de todo el proceso reiterativo e inacabable de apropiarme de mis revisiones y abandonar instancias caducas de lo que fui. Abandonar, sí. Abandonar yo, que tengo la misma billetera y el mismo reloj desde hace más de veinte años.