Rango Finito

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pesimismo

Desmotivado

En estos tiempos cuando el todopoderoso dogma cínico se extiende sin barreras, la propaganda en contra del discurso motivacional ha llegado a tal nivel de agresividad que cuando me permito un pensamiento positivo me siento de inmediato entre patético e ingenuo. Por lo mismo, con frecuencia censuro (por necia) mi propia felicidad.

De qué hablamos cuando hablamos de paz

La industria de la paz cobra miles de vidas (y factura millones de dólares) cada año. Es un negocio próspero en este mundo desesperado por ilusiones que no se diluyan. La industria de la paz se llama a veces guerra. Por eso los ejércitos de todos los bandos (y los fabricantes de armas) siempre están a su servicio. El político que reiteradamente anuncia estar comprometido con la paz es por lo general un aspirante a opresor. Con esa afirmación (vacía, si se toma literalmente) proclama y promueve su creencia en la existencia (y amenaza) de un sector (suficientemente amplio) de la sociedad que no comparte su ideología (y por ende se opone a su paz). Es una denuncia totalitaria velada. Su paz requiere la imposición de una estructura sólida de poder (generalmente no concertada y respaldada por tropas armadas) que la sostenga. La administración (o coadministración) de dicha estructura es el objetivo final del autoproclamado pacificador. La paz genuina es privilegio de los muertos.

Despersonalización

Una obviedad (¿o no?): las perspectivas del futuro de un individuo se fundan principalmente en la relación con su pasado cercano. Nadie se siente tan mal con respecto a su futuro (su vida) como una persona que recién sobrevive a un mal momento. Una vez se supera cierto umbral temporal (dependiente de diversos factores), los recuerdos (incluso los dolorosos) ingresan en un estado más neutral donde interactúan con su propietario dentro de algo que se parece más a la conexión entre una ficción y su espectador/interpretador que a una vivencia personal. Esto permite, entre otras cosas, el resurgimiento (tal vez mutado) del optimismo.

Sábado (Lumet)

Se murió Sidney Lumet. Hacía unas películas que me atormentaban mucho basadas en proponer disyuntivas éticas complicadísimas y medio imposibles de resolver sin tener que reconstruir desde escombros media estructura moral propia. Para católicos apóstatas llenos de culpas, cobardías y angustias como yo eso es casi cine de terror. El heroísmo, para Lumet, exigía ser consecuente. No había grandes premios al final más allá de cierta satisfacción por haber hecho lo correcto y no haber renunciado pese a la magnitud de la amenaza. La redención era una necesidad constante y presente, no una promesa. Los riesgos del héroe eran inmensos y en más de una ocasión sucumbía, pero incluso en el fracaso el héroe era admirable por su fidelidad a sus principios. Lumet no era un director de grandes ideas sino de preocupaciones inmensas, terribles. En sus películas había que tomar decisiones dolorosas y luego vivir con ellas. Los héroes de Lumet no vencían a sus monstruos. Su valentía consistía en negarse a ignorarlos, en señalarlos, o incluso en rendirse ante ellos sin jamás perder la conciencia de que estaban ahí. Nunca hay certezas. Todo siempre puede salir peor. Renunciar a la esperanza, empero, no es una opción.

You’re beginning to believe the illusions we’re spinning here. You’re beginning to believe that the tube is reality and that your own lives are unreal. You DO whatever the tube tells you: you dress like the tube, you eat like the tube, you raise your children like the tube, you even think like the tube. This is mass madness, you maniacs. In God’s name, you people are the real thing, WE are the illusion.