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planetas

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Dicen que hay un nuevo planeta. Aunque hasta ahora sentimos sus efectos siempre estuvo ahí. Pero nadie lo ha visto. Es un planeta en el sueño de una máquina que inventa explicaciones hasta dar con la más plausible en la intersección de lo concebible y lo observado. El planeta, más que un planeta, es una explicación. No hay un nuevo planeta sino una explicación para una irregularidad sin explicación dentro del marco contemplado. Tal vez no hay un nuevo planeta y sin embargo podemos vivir por unos días como si existiera y hasta darle un nombre, nunca lo notarán. El nuevo planeta nos mira y también duda de nuestra existencia. No deberíamos estar aquí. No deberíamos saberlo.

Core Dump

There before him, a glittering toy no Star-Child could resist, floated the planet Earth with all its peoples.” (Satélite de destrucción masiva)

Estoy sentado sin camisa en el sofá negro. Tengo treinta y cinco años y veintiún días. A partir de cierto punto de la vida se inicia la cuenta regresiva. Desde el balcón veo Marte, Júpiter y Venus. Cuando era niño quería irme de este planeta y vivir en el espacio. En el espacio había robots, tranquilidad y soledad. El sofá negro no es una nave espacial ni una máquina del tiempo. Mi cuerpo no es una nave espacial. Cuando era niño había armarios que eran máquinas del tiempo. Vivimos en una ciudad que está situada fuera del tiempo. Mi apartamento es una estación suborbital en caída permanente. No hay viento en el vacío. Me comunico con los hombres a través de transcripciones digitalizadas de mi consciencia. (Pero no hay respuesta.) El dispositivo antigravitacional facilita la vida de los gatos así como su alimentación. Mi contacto con seres humanos es limitado y estrictamente controlado para prevenir contaminación. El gato negro flota profundo en la recámara exterior. Comimos hamburguesa en el bar de la esquina. La mesera tenía pelo negro, ojos verdes y labios rojos dispuestos en una cabeza ovalada sobre un vestido con patrones azules. Se llamaba Pam. Número catorce en la nómina del bar. Es casi real. Huele al perfume de una compañera de universidad. Nunca sirven mayonesa en el bar. Siempre debo pedírsela a quien atiende, lo que es incómodo, pero en el caso de Pam no me molesta en absoluto. Quisiera decirle a Pam que se siente con nosotros y nos cuente quién es y por qué está aquí un viernes por la noche trabajando en este bar de viejos. En la calle hay perros amarrados que esperan a sus amos frente al supermercado desde hace varios días. Tienen hambre y sed. El televisor del bar es seis veces más grande que el nuestro pero proyecta la misma nada. Los jugadores de baloncesto universitario son muy jóvenes para estar muertos. Extraño conversar con entidades orgánicas. No entiendo qué tiene de malo masturbarse en público. Es lo que hacen todos. Afuera están los osos, migran en bandadas hacia el norte. Como ellos, prefiero el invierno. Se parece más a mí.

The meaning is in the swinging

As I swung gently by my heels in the thick fat fucking breeze of sheer humidity, I had a clear view of the court and could see and hear all that went out there. So this is humankind. Swinging. Backwards and forwards. Swinging through history. These are my people. I am their people too. Crucified upside down by my heels. My Golgotha a chickenyard. Father! Father! Why the fucking shit did you conceive me? You have no meaning. I have no meaning. The meaning is in the swinging. And that is ridiculous. Absurd. Ha! That fucking bitch, my mother, why did you open up to receive him? After that annunciation, that lecherous gleam of his single glittering eye. Did you writhe and shake our history’s shirt front? As now I grind my teething people in a cocoon. Swinging. Swinging in a cocoon of chickenshit. Europe was my head, crammed together with Africa, Asia and America. Squashed and jammed together in my dustbin head. There is no rubbish dump big enough to relieve me of my load. Swinging upside down, threatening to burst the thin roof of my brains. Those years of my travels. Years of innocence and experience. Motherfucking months of twiddling my thumbs with insecurity. In search of my true people. Yes, in search of my true people. But whenever I went I did not find people but caricatures of people who insisted on being taken seriously as people. Perhaps I was on the wrong planet.

In the wrong skin.

Sometimes.

And sometimes all the time. You know. In the wrong skin.

This black skin.

—Dambudzo Marechera, Black Sunlight