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Veterinaria

Gatos enfermos.

Nuestra veterinaria es de una escuela que predica la tesis de que los gatos enfermos son imposibles de distinguir de los gatos sanos a menos que sean evaluados regularmente por un experto como, coincidencia, ella. La idea es que los gatos están adaptados evolutivamente para fingir que están bien aunque estén mal para no lucir débiles ante potenciales depredadores. En su consultorio hay volantes y afiches que promueven esta filosofía. En uno de los volantes salen una foto de dos gatos descansando cabeza contra cabeza, lucen a gusto, pero abajo dice

ONE
OF THESE CATS
IS SICK
Can you tell which one?

Vamos a visitar a esta veterinaria cada año desde que llegamos al pueblo y adoptamos a Gonta. El propósito de nuestra visita es que reciban la vacuna antirrábica. La consulta es cara (la diferencia de precios con las veterinarias europeas es abismal), pero se supone que es confiable. Además la señora tiene una especialización en acupuntura felina. Tal vez la razón principal para elegirla fue que su clínica quedaba cerca del barrio. La consulta es cuidadosa pero incómoda porque siempre concluye que los gatos no están en el grado óptimo de salud y que de hecho tienen algún problema que requiere intervención urgente. Así, además de la onerosa factura, la visita siempre incluye dos sendas cotizaciones (~$700 c/u) por los procedimientos que cada gato necesita. Por lo general los procedimientos requieren algún tipo de cirugía para, por ejemplo, sacarle un diente. En las primeras visitas Plinio tenía problemas de bajo peso y Gonta riesgo periodontal inminente. Ahora ambos tienen riesgo periodontal inminente y Gonta (que se dedica a correr como un loco por toda la casa) debe entrar en una dieta estricta que en nuestras condiciones de vida es más o menos imposible de cumplir. Nosotros sonreímos y decimos que lo tenemos que pensar. Salimos de la veterinaria angustiados, desplatados y con los gatos muy nerviosos por el viaje (es corto pero alcanza a afectarlos). Nos pasa cada vez. Decidimos que el otro año, si seguimos acá, buscaremos una nueva veterinaria menos holística donde los vacunen y nada más. A la mierda los hippies.

Sábado

Despierto a las dos y media. La mamá de Mónica y sus hermanas llegaron a las tres y media. Traían varias maletas y muchos regalos para Mauricio. También algunos antojos que incluyen abasto de achiras para dos años. A las cuatro me fui a dormir. Ellas se quedaron hablando hasta las cinco. Me desperté a las ocho. Lavamos ropa de Mauricio por la mañana. La tropa tardó en despertarse. Hablan y hablan. Hace muchos años que no estaban las cuatro juntas. Fuimos a comer vietnamita, luego al parque y finalmente a un café. Plinio está un poco angustiado con tanta gente. Gonta disfruta montones toda la atención que recibe. Es una diva. Yo soy más como Plinio que como Gonta, así que aquí estamos los dos en el cuarto mientras ellas ven en la sala un DVD de Andrés López que trajeron. Plinio se esconde debajo de mis piernas y duerme intermitentemente con la cabeza recostada en mi pie. Yo leo, trabajo y procrastino. Somos un buen equipo. Quiero mucho a mi gato.

Martes

Me levanto temprano. Leo un cuento hiperviolento de Federico Escobar y le envío un correo largo con comentarios. Se titula, inofensivamente, Manizales. Juan me escribe: vio esto y se acordó de mí. Hago desayuno. Acompaño a Mónica a tomar el bus. Camino a la casa. Trabajo un poco por la mañana. Le recomiendo a Laura lugares en Nueva York. Escribo correos. Recaliento comida para el almuerzo (arroz congui y carne de cerdo). Leo este cuento de Daniel Espartaco Sánchez. Lo vuelvo a leer. Tomo el bus hacia el hospital. En Richmond con Dundas se sube un señor que huele a orines. Se sienta justo al frente mío. Contengo la respiración y oigo a Dan Savage reconfortar gringos con problemas de identidad sexual. Espero a Mónica en el punto acordado. No llega. Me asusto. Llega en taxi cinco minutos antes de la cita. Se le hizo tarde. Me desinfecto las manos al entrar al hospital. Miro personas en sala de espera. Hay un hombre de pantaloneta de jean a la Carlos Vives que tiene todas las piernas tatuadas con lo que a mi juicio son malos dibujos infantiles. Su hija, una niña de siete años, está vestida de cuero y tiene gafas negras. Es probable que ella sea la artista que decora las piernas de su padre. Hay una niña, más pequeña, que cuenta revistas con su papá. La mamá sale del consultorio, está embarazada, y la niña corre hacia ella y le entrega una revista que le guardó. Pienso en la perspectiva (horrenda) de enviar a Mauricio a un colegio. Odio los colegios. Había olvidado que Mauricio tendría que soportar ese martirio algún día. Mónica sale de la consulta. El cérvix se está borrando y Mauricio está en posición. Todo está preparado para su despegue vaginal hacia el temible mundo exterior. El doctor Fellows dice que faltan pocos días. Regreso a la casa a pie. Helado de yogurt con fruta (mango, frambuesa y mora; el helado tiene sabor a te verde) ante la imposibilidad de comprar bubble tea. Reviso el buzón de correo. Limpio la arena de los gatos. Escribo un twit que usa (correctamente, creo) la palabra “empero”. Escribo otro correo electrónico. Intento leer una entrevista a Pierre Bordieu que Miguel me recomendó. Fracaso. Creo que Pierre Bordieu usa un lenguaje secreto. Hablamos de gramática y Jaime Ruiz. Hablo con Mercedes varias veces durante el día. Renunció a la invisibilidad para volver a sentirse una chica popular. Pienso en un artículo de Rahim y Tom que hace meses que debería haber leído. Me da culpa. Juan me tranquiliza y me asegura que un taxi no se puede rehusar a llevarnos al hospital. Hablo con Sergio, el jueves se va a las tierras del norte. Instalamos una repisa blanca en el cuarto. Pongo un dinosaurio verde y gordo para estrenarla. Hay grillos afuera. Más que de costumbre. Encuentro a mi Asterix y mi pulpo naranja debajo del sofá nuevo junto al gato superhéroe de Gonta y su araña de jugar fetch. Juego fetch con Gonta. Me hago un sánduche, un vaso de te verde y sirvo papas fritas que compré en el Ikea. Me quejo al aire por séptima vez: las papas fritas del Ikea norteamericano no se parecen en lo más mínimo a su contraparte europea. Como. Debería comer mejor. Recuerdo una vez más que debo cargar la batería de la cámara. No hago nada al respecto. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Plinio pide comida. Los platos están vacíos. Les sirvo comida. Plinio ronronea. Transmission me anuncia que Darkon está aquí. Veo (maravillado) pelear en juego a los gatos. Admiro el estilo de Plinio. Es poco efectivo pero elegante. Ayudo a Mónica a actualizar su hoja de vida. Oigo Little Person. La canto. Me pregunto por qué todos estamos tan lejos. Creo que leeré un poco antes de dormir. Huele a mofeta afuera. Ayer, por cierto, vimos una mofeta en el parqueadero. Dicen que hay que tenerles miedo.

Sábado

Estamos en esa fase en la que cualquier molestia se hace pasar por contracción. Pero Mónica tiene trabajo por hacer así que vamos al laboratorio a enseñarle a los ratones mutantes a reconocer la guarida placentera a punta de inyecciones de cocaína. Por la mañana, como parte del programa de anidaje instintivo patrocinado por las hormonas parturientas en las que Mauricio flota, Gonta y Plinio padecieron el consabido baño anual. Esta vez lo hicimos en el lavaplatos. Fue el primero de Gonta y el cuarto de Plinio. Creo que Gonta pensaba que lo íbamos a matar. Nos rogaba. Plinio ya está acostumbrado y se resigna. Gime un poco. Luego le toma un buen tiempo secarse por su tipo de pelo. Ayer instalé en una pared dos de esas repisas, no sé cómo más llamarlas, para poner libros de tal manera que parece que los libros flotaran. No son muy prácticas pero tienen encanto. Hace rato que quería unas. Antojos pendejos, sí. Hoy por la mañana montamos el palo para la cortina de la habitación. Por mí viviría sin cortinas pero Mauricio necesita un lugar oscuro para dormir. De vuelta de la universidad se largó un aguacero. Para no mojarlas, me quité las chanclas en el bus y caminé descalzo del paradero a la casa. Me recordó cuando llovía en Lorica y salíamos felices a mojarnos en la calle. Ojalá que uno pudiera regresar a voluntad a los nueve años de vez en cuando.

Pata