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primavera

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En el parque había dos muchachos sentados en un banco conversando. Uno le dice al otro: Adults are not allowed to ask why, but we’re not adults yet. Sonaba muy serio.

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Ahora que el tiempo ha mejorado intento ir al parque todas las tardes con Laia. No queda muy lejos. Apenas a unas cinco cuadras largas. Poco a poco le ha agarrado confianza a los diferentes juegos y se lanza sin miedo del tobogán más grande. También sube una escalera de por ahí 1.80 metros de altura hasta la plataforma del tobogán. Hay otro tobogán en espiral que todavía le cuesta y generalmente llega al final patas arriba. Lo que más le gusta del parque son los niños. No todos le prestan atención. Hoy siguió un buen rato a un niño que parecía simpático pero era brusco con ella y la empujó varias veces. Por fortuna Mónica estaba al frente de la situación. Yo no hubiera sabido cómo llevarla. Mónica es más civilizada. Usualmente en el parque hay más mamás que papás y también usualmente las mamás conversan entre ellas mientras que los contados (cuando no únicos) papás siguen atentos los recorridos de sus hijos sin interactuar con nadie. En eso soy estereotípico. De hecho creo que me incomodaría la conversación. Siempre siento que no importa lo evidente que sea que estoy con la niña las mamás me miran con prevención. Y eso que me baño y me visto antes de ir. Cómo sería si no me vistiera.

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Cardenal hace una hora. Azulejo hace diez minutos. Cuervos se persiguen en el cielo. Un halcón sobrevuela sus dominios. Torcazas agazapadas en el árbol. Bandada de gansos hacia el norte abriéndose paso a graznidos sincronizados. Está lleno de pájaros el mundo.

Magnolia y bicho

Charco

Madrugada

Madrugada
Olvidé cerrar la cortina anoche.

Esquizofrenia

Esta mañana.
Esta tarde.

Cuento

Hace poco nevaba. Ahora salió el sol.

Primavera

Ayer, a menos seis grados que se sienten como menos quince, el conductor del bus nos recuerda sonriente, antes de salir a la calle a enfrentar la nevada, que este es el primer día de primavera y que hace un año estábamos a veinticuatro soleados grados. Hoy la primavera nevada continúa. Mi profeta automático del clima promete nieve por lo menos hasta el martes con tregua breve este fin de semana.

Miércoles

Llueve todo el día. Salgo descalzo a la puerta del edificio para recibir un paquete del cartero que no cabe en el buzón. De no haber estado, habríamos tenido que ir a la tiendita de tarjetas Hallmark con oficina de correo asociada que es atendida en persona por su propietario: un patriarca chino con cara de contador corrupto jubilado que la última vez que fui a reclamar un paquete para mí y otro para Mónica sugirió con agresividad mal disimulada que yo podía ser un ladrón pues quería reclamar un paquete a nombre de una mujer que, coincidencialmente, vivía en el mismo edificio y en el mismo apartamento que yo pero que no había nada que concluyentemente demostrara que era, como yo decía, mi esposa; que tenía que disculparlo pero él, para ser franco, no tenía ninguna razón para confiar en mí. En otras noticias, el árbol frente a la sala floreció entre ayer y hoy. Primero florece y luego salen las hojas, ese es el orden de las cosas.

Domingo (Miradas)





Ciclos anidados (27): Tren

Viernes

Esto ya se llama primavera. Seis grados esta mañana al salir a coger el bus. Las flores explotan de repente en los antejardines y los árboles se llenan de cogollos tiernos y dispuestos a todo (pero especialmente a crecer) a cambio de un poco de sol. Por primera vez en lo que va del año dejé mi chaqueta de supervivencia polar en la casa. En clase discutiremos la representación de funciones como series de potencias y durante el viaje en tren redacté el resumen de mi charla del martes en McMaster. Ayer en televisión canadiense entrevistaban pasajeros recién llegados en un vuelo Tokio-Toronto. En su mayoría, muchachitas post-punk mimadas con tapabocas estilo japonés convencidas de que acababan de salvarse de terminar con rabo, tres tetas y poderes piro-telequinéticos por cuenta de la siempre inminente nube radioactiva. Las mamás, aliviadas de tenerlas de regreso, decían que en Japón los medios y el gobierno ocultaban la verdad: negaban los riesgos, aseguraban que no había nada que temer (a diferencia de los siempre confiables, mesurados y objetivos canales de noticias norteamericanos). Cunde la desinformación, y me temo que es parcialmente intencional: el pánico cautiva, sostiene al televidente frente a la pantalla a la espera (amenizada por los patrocinadores) de una nueva materialización del Horror ojalá peor que la anterior. Desinformar a costa de tragedias es un buen negocio.