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Compromisos

A raíz del anuncio desde La Habana he encontrado gente o preocupantemente esperanzada o escandalosamente pesimista. En ambos lados cunde la claridad sobre el futuro. La diferencia está es el tono de la predicción.

Y no es que unos u otros sepan menos o más. Todos saben lo mismo. Y de lo mismo desprenden infiernos y paraísos. Pareciera que no es momento para incertidumbres.

Preferiría menos certezas y más compromisos. Compromisos personales, quiero decir. Porque las abstracciones usan las palabras con ligereza, no las sienten. No importa si es la paz o la guerra, lo común es que se espere que la carga del proceso le corresponda a alguien más. Cuando fracasa, siempre son otros los que tienen la culpa.

Partículas de Majorana

Este sería el momento perfecto para que surgiera en la política colombiana una figura tipo Uribe en el año 2001, que liderara/conjurara a una masa de inconformes con el proceso de paz de Santos hacia una victoria en las próximas elecciones. La presencia de Uribe en el panorama, sin embargo, hace casi imposible que esto pase. Uribe fagocita a todo aquel que comparta su discurso y lo convierte, a ojos de la opinión pública, en marioneta pusilánime. Como me decía Sergio ayer, Uribe es el anti-Uribe. Aunque Santos luzca inconforme, Uribe en modo überopositor rabioso le conviene.

De qué hablamos cuando hablamos de paz

La industria de la paz cobra miles de vidas (y factura millones de dólares) cada año. Es un negocio próspero en este mundo desesperado por ilusiones que no se diluyan. La industria de la paz se llama a veces guerra. Por eso los ejércitos de todos los bandos (y los fabricantes de armas) siempre están a su servicio. El político que reiteradamente anuncia estar comprometido con la paz es por lo general un aspirante a opresor. Con esa afirmación (vacía, si se toma literalmente) proclama y promueve su creencia en la existencia (y amenaza) de un sector (suficientemente amplio) de la sociedad que no comparte su ideología (y por ende se opone a su paz). Es una denuncia totalitaria velada. Su paz requiere la imposición de una estructura sólida de poder (generalmente no concertada y respaldada por tropas armadas) que la sostenga. La administración (o coadministración) de dicha estructura es el objetivo final del autoproclamado pacificador. La paz genuina es privilegio de los muertos.