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Una forma de medir las limitaciones en la estructura mental de una persona es preguntarle cómo enseñaría a unos niños a pensar. Cualquier respuesta que parta de intensificar el estudio formal de algún área del saber académico (sea lógica, filosofía, gramática, neurociencia o estadística) es prueba de que la persona en cuestión está atrapada en un cajón sociocultural desde el cual el pensamiento se vuelve equivalente al dominio de esos saberes técnicos. Confunde pequeñas teorías con el mundo.

Yo no creo que se pueda enseñar a pensar. Todo el mundo piensa. Lo que sí se puede es acompañar aprendizajes y ofrecer herramientas para organizar y expresar mejor lo que se piensa. Para no perderse. Tal vez es posible encontrar algunas de esas herramientas al fondo de cualquiera de esas disciplinas, pero el dominio de ninguna de ellas garantiza nada en ese sentido. De hecho cada vez es más frecuente que la academia promueva la redacción ininteligible como sublimadora de ideas. En lugar de organizar y aclarar lo que se piensa, se insta a oscurecerlo para que parezca inaccesible y por ende profundo. Es una forma burda de justificarse.

En la práctica, tan buena es la gramática para aprender a pensar como el fútbol, la jardinería o la astronomía.

A decir verdad la jardinería podría ser un poco mejor.

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Y creo que lo que no entienden quienes diseñan esos sistemas universales de gestión rígida de la educación es que la educación, especialmente al nivel básico, es una labor local (y orgánica) en esencia. Muy pocas experiencias pedagógicas exitosas son transferibles de un medio social a otro. Las particularidades de los estudiantes y, en general, de la comunidad que rodea a la escuela son factores fundamentales a considerar cuando se diseñan estrategias de enseñanza y evaluación docente. En últimas cada institución necesita contar con la suficiente autonomía para decidir internamente cuál es su propósito dentro de la comunidad y cual es el tipo de docente que se adapta mejor a sus objetivos. La gestión de la educación debería concentrarse en garantizar flexibilidades de organización y metodología a todos los niveles. Esto es posible incluso bajo un pénsum mínimo obligatorio (dentro de lo razonable, claro está).

Otra decepción más (2)

El reinado es la institución tradicional colombiana que mejor representa nuestro saber y nuestro sentir como nación, por eso no podemos permitir ese ritmo decadente que ha tomado tras el lamentable asesinato de Doña Tera (a propósito, ¿qué ha pasado con esa investigación por matricidio?) y la toma del trono por parte de su hijo, el vicioso Raimundo. Una vez más somos víctimas del racismo, una vez más la reina del Chocó queda de tercera, una vez más hay rumores de sobornos y juegos políticos y sexuales detrás de la decisión del jurado, una vez más nieva coca y heroina “terapéutica” en los camerinos. ¿Vale la pena decir que la desnalgada niña del Cesar no merecía ganar? ¿Vale la pena hacer ahínco en la injusticia infinita que significa que mi reina, Tolima, una vez más no encabece el ramillete de finalistas? No, no vale la pena. ¡Para qué!

Si el reinado fuera justo, ¿alguna vez lo ha sido?, la corona de este año la hubiera recibido el bello David Bisbal tras su presentación de anoche en Cartagena. ¡Qué donaire el del español, qué garbo, qué estilo, qué espectáculo! Bisbal es mi razón para defender a capa y espada los realities caza talentos. ¿Que son amarillistas? Bisbal. ¿Que juegan con las emociones de la gente? Bisbal. ¿Que son diseñados, que no son reales? Miren a Bisbal.

Y no es que Bisbal sea el más hermoso, porque el reinado nunca se ha tratado sólo de belleza, sino que este señor Bisbal, tras su semana en Cartagena, bien puede considerarse un representante de la mujer colombiana. Al fin y al cabo, el número de mujeres que pasaron furtivas por su suite del Santa Clara superó fácilmente la treintena. ¿Y de qué mujeres estamos hablando? De todas las mujeres. Las reinas, las actrices, las prostitutas, las presentadoras. No son pocos los que vieron salir a una reconocida presentadora de noticias del hotel en las horas de la madrugada del viernes a medio vestir; existen fotos en flickr de una bochornosa escena de Bisbal siendo seducido por la manoseada Amparo Grisales; todo el mundo sabe lo que pasó entre Bisbal y la Tono el jueves, luego de cenar con el alcalde. ¿Debe sorprendernos el resultado del reinado si sabemos además que la desvergonzada Aileen Roca Torralvo fue vista borracha y apretujada apasionadamente con Bisbal en una exclusiva discoteca de Boca Grande?

Debo aplaudir, eso sí, que las mafias paramilitares de Sucre, actualmente en crisis, no hayan podido hacer nada para prevenir la descalificación de su representante. Qué gusto me dio ver la cara de Mileth Johana Agámez López siendo despreciada por el jurado cuando disponía a unirse a las diez finalistas. Qué gusto me dio saber que hubo un intento de pelea de gatas, tras bambalinas, entre Sucre y Valle tras el anuncio del jurado. Ojalá lo hubieran televisado.

No va bien el reinado. Ya lo dije hace un año y lo repito hoy. No va bien. Es hora de que el inmundo Raimundo, valga la redundancia, sea descabezado. Es hora de que por fin gane una reina que tenga oportunidad en Miss Universo (¿será que el próximo año sí es en Colombia?). Es hora de que dejemos los remilgos con respecto a las cirugías plásticas y ejerzamos una fiscalización seria de la supuesta condición de bilingüismo que se exige a las candidatas. No hay más tiempo, amigas, es hora de tomarnos el reinado.