Rango Finito

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recuerdos

Sumergido

De niño, en la playa, me gustaba jugar a hundirme y dejar que las olas pasaran sobre mí. La corriente rodaba suave sobre mi espalda. Toda la rabia de la ola se difuminaba. Bajo el agua las olas son apenas un rumor, una brisa de agua.

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Recuerdo mucho menos de lo que no recuerdo, menos mal. Aunque a veces me gustaría poder decidir qué recordar.

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Encontrar un lugar y un momento para recordar y entregarse a ese recuerdo plenamente hasta olvidar por completo que alguna vez fue un cúmulo de instantes sin unidad, libres de estructura, que sólo tenían sentido desde la ilusión del futuro que prometían, ese que nunca llegó. Vivir ahí.

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Al comienzo de ese día, un miércoles que intento recordar desde el futuro como si fuera este y no el anterior pues así me sostengo firme en mi propósito de escribir desde el día o sea desde el mundo a medio procesar, todavía crudo y extraño, cinco o tal vez seis niñas me abrazan a la salida de su salón de preescolar que están a punto de abandonar para avanzar hacia el misterioso kindergarten y cuando están todas comprimidas en mis brazos les digo que gruñamos y todas gruñen los gruñidos más temibles que el mundo ha oído jamás.

Al cierre del mismo día admiramos con Jasna el sutil desequilibrio psicópata de Gene Wilder en la vieja película de los chocolates mientras comemos sushi y tomamos limonadas picadas.

Un buen día de principio a fin.

Rabo

Recordé hoy ese rabo de caucho negro a veces con bandas amarillas (¿o relámpagos?) de un par de centímetros de ancho y unos treinta o cuarenta de largo que algunos carros llevaban en Bogotá a un lado atrás durante los años ochenta. Creo que pretendía corregir un defecto relacionado con electricidad estática (tal vez debida a la resequedad de la ciudad de entonces) pero era un aditamento, no algo que viniera con el carro. Recuerdo, aunque este podría ser un recuerdo falso, a mi mamá haciendo la vuelta para instalarlo en el Fiat que teníamos durante nuestros últimos años en Bogotá, antes de irnos para la costa. ¿Qué sería de la suerte de ese rabo? ¿Por qué artilugio invisible fue reemplazado? Claramente ya no existe y me entra la duda ahora de si alguna vez existió. ¿Qué problema solucionaba? ¿Era un problema real o imaginario? ¿Era mi problema o el de ellos?

She must be in another castle

Cuando terminé de leer Scott Pilgrim escribí la idea para no olvidarla:

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar.

Este fenómeno es un motor narrativo versátil. Muchas historias pueden replantearse como batallas por un lugar particular, controlado, dentro de unos recuerdos de alguien más. Las batallas se libran al tiempo en las memorias propias y las ajenas. En las memorias propias se construye, podría decirse, la versión (ya estructurada y apropiadamente linealizada) que se quiere implantar (esta versión es adaptada y deformada durante la implantación). Obvio: no siempre es un proceso consciente pero su ejecución tiene consecuencias bien concretas en las relaciones y sus desarrollos. En Braid el personaje busca a la princesa perdida para rescatarla y cuando por fin la encuentra descubre (Ojo: ¡adelanto crucial!) que la princesa desapareció para evadir su presencia: huye de él con ayuda de otro hombre, el verdadero héroe. Es un momento durísimo del juego. Cuesta digerirlo. Braid se basa en perversiones espacio-temporales porque trata sobre el arrepentimiento y la negación: una memoria idealizada motiva al personaje a perseguir lo que quisiera tener pero ya perdió. Los viajes en el tiempo (figurados o literales) se siguen de su obsesión. En Stories We Tell su directora reconstruye sus pasados recurriendo a memorias de familiares y conocidos, a quienes entrevista paralelamente. Al principio parece inocente, pero pronto se materializan ángulos y nieblas, dudas importantes, y desde la confusión se plantea una lucha (primero implícita y después explícita) entre varios de los narradores por monopolizar el control y propiedad de la historia, por decidir qué importa, qué es la verdad, cuál es el papel que le correspondía a cada cual y quién merece contarla. Y esa es sólo la primera capa que cae. Como en Braid y Scott Pilgrim, la motivación subyacente es el amor o, mejor, la imposibilidad de constatar explícita y constantemente su reciprocidad (por culpa de la ausencia (o el carácter elusivo) de lo amado).

Literatura en duelo

A raíz de la publicación en Colombia de un libro de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo, dije en Twitter que aunque entendía las motivaciones que podían llevar a una mamá en duelo a escribir algo así, me intrigaba y perturbaba que luego lo hubiera publicado (convertido en un artículo a la venta). Para mí esa parte tiene algo de macabro. Esto obviamente no aplica sólo al caso de Bonnett. Ayer por casualidad encontré este artículo reciente de Alberto Olmos sobre lo mismo. Un fragmento:

Porque después de la muerte no se entiende nada, se acaba recurriendo a la literatura. No es necesario indagar entonces en los motivos por los cuales un escritor deja testimonio de la pérdida de su padre o de su madre, de su pareja o de su hijo; si pudiera -si le asistiera la escritura- cualquier persona lo haría. El duelo justifica muchas terapias, muchas extracciones y cirugías de urgencia, y escribir seguramente es la forma más profunda de hundir un cuchillo.

Sin embargo, sí vamos a preguntarnos aquí por qué un autor publica su panegírico, su elogio fúnebre, y por qué ese autor cree que otras personas van a leerlo o deben siquiera mostrar interés en su desgracia. ¿Qué se supone que debe hacer un lector con el dolor de un escritor?

Desde la otra perspectiva, leí hace unos meses este artículo de Francisco Goldman (sobre el libro que escribió al respecto de la pérdida de su mujer) que por desgracia no está entero en línea. Otra lectura relacionada es este ensayo de Jorge Salavert que publicamos en HermanoCerdo. (Y Mercedes me recuerda en los comentarios este ensayo de Aleksandar Hemon sobre la muerte de su hijita.)

Se me ocurre ahora que tal vez el problema es que después de la pérdida (y hasta mucho tiempo después de la pérdida) todo lo que se escribe es inevitablemente parte del duelo: la memoria del muerto siempre encontrará alguna forma de colarse en los textos y enfatizar el peso de su ausencia. De pronto los escritores profesionales no pueden darse el lujo de no publicar lo que escriben.

Aterrizaje

A primera vista Nueva Orleans no se parece a Barranquilla. El barrio viejo me recuerda a algunas zonas del Raval y otras del Gotic o el Born en Barcelona. Laia estuvo tranquila en los aviones. Lloró un poco en el vuelo entre Toronto y Houston, pero nada dramático. Comió cuando quiso comer. No tuvo mayor problema con los ascensos y descensos. La mayor dificultad fue quedarse dormida sin campo para caminar, como le gusta. Al final cayó rendida viendo Finding Nemo sin sonido. Parecía hipnotizada.

Diluya en leche

Tenemos muy poco tiempo para vivir. Nos deshacemos en el siempre. Ninguna marca, salvo la ausencia, es suficientemente permanente. El recuerdo es simulación y ficción.

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

*

Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

*

En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

La ciudad perdida

Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.

Proyección

La interacción del fantasma con el mundo vivo es modulada a través de una proyección de lo vivo en lo muerto. En tanto que proyección, es falsa, producto perverso de su propia nostalgia. El tormento del fantasma radica en su incapacidad para emerger de la proyección, que lo atrapa en sus remordimientos y le impide continuar su camino hacia el estado de calma y ausencia de dolor comunmente conocido como Satori. Su contacto con el mundo vivo es un sueño dentro de sí mismo. Mientras que el fantasma habite la proyección, su memoria persiste. Esto le impide acceder a una muerte plena. Su condición fantasmal es el castigo que merece por negarse a aceptar la inexistencia del pasado.

(clic)

Domingo y lunes

Día de cambio de hora. Ahora amanece más tarde. Desayunamos en Family Circle, un típico desayunadero canadiense con perversiones griegas debidas a la proveniencia de sus propietarios. Me comí una omelete con verduras y souvlaki. Estaba bien pero prefiero mis huevos benedictos. Luego de que Jana, Clif y Lorelei se fueron para Hamilton, Mónica salió a trabajar. Yo estuve toda la tarde dedicado a la preparación de mi charla. Me acosté a la una y me levanté a las seis. Estoy en el tren ahora, acabo de revisar la presentación y luce bien. Llena de imprecisiones con propósito didáctico, pero bien. Por la noche comimos pollo korma y pakoras. Durante el desayuno en Family Circle hablamos de los primeros recuerdos. Lorelei podría tener su primer recuerdo, su primera noción permanente de identidad, en cualquier momento. Debería existir una teoría psicoanalítica que asociara primeros recuerdos con rasgos de personalidad. El primer recuerdo de Jana es alrededor de los nueve meses. El hermano, creo, hacía algo en el patio y Jana intentaba imitarlo pero no podía: el hermano le decía que lo estaba haciendo mal. Clif, por su parte, recuerda el día que descubrió que, agarrándose de una manta que cubría el sofá, podía pararse y dar pequeños pasos. Yo recuerdo la caída de un televisor y la consciencia terrible de que era mi culpa (aunque no era mi culpa). Mónica recuerda que estaba en el Huila y alguien le decía que las hojas de un árbol, si se dejaban al sol, se convertían en sapos, entonces ella recolectaba algunas hojas, las ponía en la terraza de la casa y se sentaba a esperar.

Viernes

Recuerdo que un domingo hace varios años, en Barcelona, nos intoxicamos con un jugo de guanábana que hicimos al desayuno con pulpa de guanábana refrigerada probablemente por demasiado tiempo en una nevera pequeña que nunca se distinguió por su habilidad para la consevación de perecederos. Esa vez Mónica vomitó el desayuno entero en el tren de camino a la universidad (sí, ella también trabajaba los domingos) y yo tuve una sensación de malestar constante por un día y tanto. Aunque la sensación cedió, el jugo de guanábana sigue produciéndome cierta desconfianza literalmente visceral.

Mecanismo

No sé qué esperaba de mí. Una de las cosas de la identidad es que, si no se piensa demasiado al respecto, es posible vivir toda la vida convencido de que uno es el mismo que antes y lo que cambia (¡y cómo cambia!) es el mundo. Sin querer, sin notarlo, para mi bien, voy renunciando a todo lo que fui, a lo que quise y no tengo, a lo que esperaba de mí y no alcancé. Apenas quedan rastros en mi conciencia de lo que esperaba de la vida hace quince años. Y no es que no me reconozca o que no me recuerde, es que lo que soy se adapta a lo que tengo. Este mecanismo me permite vivir sin sentirme constantemente derrotado.