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redención

Bestia

Tras la décimo octava víctima, La Bestia decidió hacer una pausa y reflexionar sobre el sentido de su arte. Primera conclusión: el asesinato es una necesidad primaria y precede a cualquier atisbo de análisis moral. Por eso el hombre bueno puede matar. Mientras se preparaba para acostarse, recién duchado después de una larga jornada de limpieza del sótano relleno (literalmente) de fantasmas, se preguntaba en qué punto la intención neutra, la fantasía ansiosa de poseer la vida de otro, se convertía en maldad. En el fondo sabía que era un criminal. Había estudiado la ley. Sabía que su ejecución no era totalmente limpia y había pruebas contra él. Siempre habría pruebas. Pero no eran suficientes. Cualquier implicación era, por lo pronto, circunstancial. Era cuidadoso. Sabía lo que hacía. ¿Lo sabía? Temeroso de crear patrones que lo delataran, había desarrollado un método aleatorio de selección, tratamiento y disposición de sus víctimas y se rendía con disciplina a su voluntad falsa de cálculos y generadores de la ilusión del azar. Ceder el control lo incomodaba, pero temía que su inconsciente lo delatara. También, para qué negarlo, le agradaba pensar que no era él, sino la máquina, quien exigía el sacrificio. Era liberador. Por eso no se opuso ni dudó cuando el programa le ordenó procesar a su hermana, su favorita, la menor, la artista. Era necesario, se dijo. Era su vida o mi paz. La Bestia no odiaba. Tampoco se alimentaba del dolor. Era un asesino compasivo, tranquilo, sin rencores que lo traicionaran. Matar no era placentero, sólo reducía temporalmente la angustia. Sentado en una silla frente a su cama, sin la máscara habitual, le pidió a su hermana que lo entendiera antes de someterla con una dosis de ketamina. Ella lo miró con bondad desde la ausencia, sin reclamos. Cuando sus restos aparecieron en una bodega abandonada, dispuestos en lo que parecía ser parte de un grotesco ritual arcano, lloró asqueado con llanto sincero por teléfono y luego ante el cuerpo agujereado mil veces en la morgue mientras una trabajadora social le daba palmadas inútiles en la espalda y lo intentaba convencer de que, pese a la evidencia, Mariana no había sufrido. Y qué importaba si no había sufrido si ya no estaba. Era la primera vez que podía apreciar su arte desde adentro, desde la condición de víctima impotente. Nunca antes se había permitido algo así. Ser, de alguna manera, el muerto. No sabía cómo reaccionaría. No sabía qué esperar. ¿Ese era el efecto de su arte? ¿La tristeza intransferible del que pierde lo que quiere? ¿La soledad? ¿El vacío? ¿El futuro perdido? ¿Y dónde estaba su recompensa? ¿A quién servía la maldad? ¿De dónde provenía? ¿Por qué tanto dolor? ¿No había bondad en la maldad? ¿No era siempre buena para alguien más? Atormentado, La Bestia decidió darse un tiempo para pensar y reestablecer su vida. Tal vez crear nuevos vínculos con el mundo. Tal vez pintar o escribir. Quería hacer algo realmente hermoso. Quería volver a tener ilusiones y dejar atrás su destino monstruoso. Viviría la vida que Mariana no pudo tener. En el tren hacia Toronto, con la máquina dormida en su maleta, soñó despierto que en la estación lo esperaban el amor, la nieve y el perdón.

芭比3 (Óleo en lienzo), por 黃沛涵. Parte de su serie Fleshy Fairytale.

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Sábado (Lumet)

Se murió Sidney Lumet. Hacía unas películas que me atormentaban mucho basadas en proponer disyuntivas éticas complicadísimas y medio imposibles de resolver sin tener que reconstruir desde escombros media estructura moral propia. Para católicos apóstatas llenos de culpas, cobardías y angustias como yo eso es casi cine de terror. El heroísmo, para Lumet, exigía ser consecuente. No había grandes premios al final más allá de cierta satisfacción por haber hecho lo correcto y no haber renunciado pese a la magnitud de la amenaza. La redención era una necesidad constante y presente, no una promesa. Los riesgos del héroe eran inmensos y en más de una ocasión sucumbía, pero incluso en el fracaso el héroe era admirable por su fidelidad a sus principios. Lumet no era un director de grandes ideas sino de preocupaciones inmensas, terribles. En sus películas había que tomar decisiones dolorosas y luego vivir con ellas. Los héroes de Lumet no vencían a sus monstruos. Su valentía consistía en negarse a ignorarlos, en señalarlos, o incluso en rendirse ante ellos sin jamás perder la conciencia de que estaban ahí. Nunca hay certezas. Todo siempre puede salir peor. Renunciar a la esperanza, empero, no es una opción.

You’re beginning to believe the illusions we’re spinning here. You’re beginning to believe that the tube is reality and that your own lives are unreal. You DO whatever the tube tells you: you dress like the tube, you eat like the tube, you raise your children like the tube, you even think like the tube. This is mass madness, you maniacs. In God’s name, you people are the real thing, WE are the illusion.