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reflexión

Contra todos

Aumento del poder destructivo de artefactos explosivos durante el siglo veinte.

Los autores de atentados terroristas usualmente los reivindican pues con ellos demuestran su capacidad de amedrentamiento. En Colombia no es así. Optan en lo posible por el silencio. Les conviene más. La guerra colombiana es un negocio donde todos los bandos se declaran, a su manera, justicieros del lado del pueblo (que oprimen y matan) y de la paz. Admitir que asesinaron a cinco personas aumenta la credibilidad política del oponente y reduce la propia: debilita su fachada heroica. Promover la confusión es preferible. Lo que importa es sostener la guerra activa en todos sus frentes. El juego de acusaciones subsiguiente es útil a los asesinos pues genera polarización, desconfianza y agresividad. Recrudece el enfrentamiento político en las ciudades. Radicaliza las posiciones. Explica la matanza en el monte. El mensaje de la explosión es abierto pero al mismo tiempo llega a quien debe llegar: cada cual lo interpreta a su conveniencia y cualquier interpretación es válida en tanto que no hay cómo refutarla. La amenaza es más efectiva y amplia cuando no se sabe de dónde proviene. Una amenaza sin firma es una amenaza contra todos.

En presente permanente

La matemática tiene una relación conflictiva con su pasado. A diferencia de lo que pasa en filosofía, en matemática la literatura clásica sobre un tema activo es usualmente prescindible. Por lo general hay reformulaciones modernas que son más útiles y claras. Una consecuencia de esta relación particular con la historia de la disciplina es que las motivaciones iniciales (los problemas) que dieron nacimiento a muchos conceptos se pierden en la digestión. El drama humano sobrevive si acaso como nota al margen entre simpática y curiosa. Una introducción moderna a la teoría de conjuntos pocas veces parte de las reflexiones analíticas que forzaron a Cantor a definir el concepto de ordinal transfinito. Los esquemas de Grothendieck no se introducen como respuesta a las conjeturas de Weil. En ambos casos hoy prefieren caminos semiaxiomatizados menos escarpados. Todo se decanta constantemente en aproximaciones cada vez más simples y sistemáticas. En la práctica, un estudiante no requiere esas historias para acceder a sus productos/conclusiones. Las presentaciones actualizadas proponen sus propias intuiciones y rutas de aprendizaje (que reflejan más que nada la percepción íntima del autor). Maravillosamente, los conceptos matemáticos se sostienen casi imperturbados bajo estos juegos de versiones en renovación constante. A siglos de distancia, asimilamos las contribuciones fundamentales de Gauss, Riemann y Galois sin haberlos leído jamás.

Gauss muerto
Gauss muerto.

Sublimación

Elizabeth Short antes y después.

A la teoría de la ficción no le interesa la ficción. A duras penas la entiende y pocas veces (¿nunca?) la enriquece. Le preocupan otras cosas. Su papel es, más que nada, adecuar la ficción a los requerimientos que permitan que sea impartida y departida como tema respetable dentro del medio académico establecido. Hay personas a las que esto les parece importante. Probablemente genera flujos de plata y acelera el posicionamiento político de los ungidos. Para lograrlo, se valen de la creación y desarrollo de un lenguaje y un discurso privado y solemne (que en los mejores casos es vacuo y en los peores es incomprensible) dentro del cual la ficción es sistemáticamente malinterpretada, descontextualizada, hiperreferenciada y mutilada para luego ser abandonada irreconocible en un potrero, así. A eso se le llama apreciación crítica. Algunos lo equiparan a leer de verdad.

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Jueves

Es la venganza. El placer de destruir al que destruyó, de verlo sufrir de rodillas, reducido, y que entienda, de verdad entienda fuera de toda duda, lo que se siente estar del otro lado. Que le duela. Digo placer y se horrorizan. Moralismo fácil. Propensión natural a juzgar con la indignación de la incomprensión distante. Me miran y piensan cómo puedo ser capaz de creer que en mis actos, en mi furia, hay justicia. Tal vez no la hay. Nunca he dicho que hice lo justo. No soy imbécil. Hice lo correcto, lo que nadie más podía hacer pero era necesario hacer. Lo justo es llorar y, créanme, eso también lo hice. Lloré y me curé, acepté, reestablecí mi vida, mi tranquilidad, sobre lo inadmisible, tuve mis clausuras y guié con paciencia clausuras ajenas. Pero la justicia, esa abstracción idílica, esa comodidad de los tan buenos y tan puros que todavía tienen excusas para creer en los demás (y en sí mismos), estaba fuera de mi alcance. Ese es un lujo de los que no viven y los que no sienten. Yo debo resignarme a esto.

Un chicle en el orinal

En mi experiencia, esta es una costumbre transcultural. La he visto en baños públicos de diferentes países. No importa la calidad del baño ni su nivel de limpieza, siempre es posible encontrar un orinal con un chicle mascado. Realmente me cuesta imaginar el proceso mental que lleva a alguien, a un señor, dejémoslo claro, a entrar a un baño a orinar mascando un chicle y al mismo tiempo que orina decide, sin más, que tal vez el fondo de ese orinal, cubierto con el ahora omnipresente ambientador colorido de apariencia plástica (que recuerdo que en Colombia fue promocionado durante un tiempo, Dios sabe con qué propósitos oscuros, como una invención nacional), es el lugar idoneo para dejar el chicle desabrido y pálido mascado tal vez ya demasiadas veces. Una teoría es que el señor en cuestión supone (y ya ahondaré en las razones que respaldan esta suposición) que la urea es corrosiva y poco a poco descompone el pedazo de goma hasta que se esfuma limpiamente por uno de los agujeros del orinal y supera sin problema la delgadez de los ductos iniciales que conducen los fluidos a la línea de desagüe. Esta teoría se basa en creencia popular, que he podido constatar entrevistando a una decena de señores, algunos muy elegantes y otros no tanto, que cometieron el error de escupir un chicle justo cuando yo orinaba a su lado, de que el calor de la orina recién meada no es consecuencia de nuestra temperatura interna sino de una (potencialmente peligrosa) reacción exotérmica al entrar en contacto con el aire debida a la composición química del fluido excrementicio (valga anotar aquí que este mismo principio explica para estos señores la supuesta efectividad de la orina fresca para combatir las dolorosas quemaduras que producen las medusas al contacto con la piel). Los señores entrevistados la resumen como “Eso se va”. Pero, en fin, este razonamiento no explica el dilema moral subyacente, i.e. no explica por qué un señor prefiere el orinal a la basura que corona cualquier baño público respetable, recipiente este que, de ser usado como corresponde, asegura que su goma mascada será propiamente tratada y almacenada o reutilizada (Mi respuesta a esta cuestión es que el señor que escupe el chicle en el orinal al tiempo que orina es alguien ocupado que le interesa opimizar su tiempo de estancia en el baño ejecutando dos acciones de desecho, en principio incompatibles, al tiempo). Tampoco explica cómo conviven en su cabeza estas ideas sobre la complejidad química de la orina y la evidencia práctica de que no importa cuánto se orine directamente contra el chicle mascado este no parece ni siquiera perder su forma. Dicha observación trivial y reproducible a bajo costo cuantas veces sean necesarias en su bar de confianza debería conducirnos de inmediato a la deprimente conclusión de que en cientos de miles de baños públicos de este mundo triste existe una persona mal pagada (usualmente una señora, para colmo, porque a estas alturas de la historia el aseo todavía es mayoritariamente considerado una tarea de mujeres) que dedica un cierto porcentaje no despreciable de su tiempo diario a pescar chicles petrificados de orinales sucios. Me pregunto qué pensará esta persona sobre la humanidad.