Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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religión

Racionalización de la frustración

This Guy — Drew Young
Drew Young, This Guy

Entonces creo que lo que pasa es que cada persona tiene su sentido particular de trascendencia pero es incapaz de reconocer que ese sentido está diseñado para adaptarse a sus propias posibilidades físicas y psíquicas y es por ende intransferible a otros, lo que lo convierte en un parámetro pésimo para juzgar las expectativas y propósitos de los demás. Uno de los errores de las religiones establecidas consiste en pretender que cada persona renuncie a su sentido particular de trascendencia o por lo menos lo adapte para que sea diligenciable en un formato genérico de salvación. Esta pretención de las religiones envuelve a sus practicantes/consumidores en estructuras mentales represivas cuyo única utilidad es asegurar que su sentido particular de trascendencia no recobre control de la historia que el individuo cuenta con sus acciones, pensamientos y decisiones. Digo “cuenta” porque asumo que la experiencia de la existencia es indistinguible de su narración subconsciente (noción discutible pero que estoy dispuesto a defender), gracias a la cual la sucesión de eventos gana progresivamente significado y también valor. Así, al adoptar sentidos de trascendencia ajenos o peor aún genéricos cedemos autonomía sobre no sólo nuestra vida sino la interpretación íntima y extensa que requerimos para creer que con cada parpadeo continuamos siendo el mismo y el futuro nos pertenece, así sea en una manera puramente local. Por lo general, la negación de nuestra singularidad y asimilación (necesariamente fallida) de expectativas externas se opone a nuestra consolidación emocional.

Homofobia

Tal vez la homofobia en Colombia tenga raíces religiosas, pero es evidente que se extiende mucho más allá de la esfera religiosa. La homofobia en Colombia es endémica. Proponer a la Iglesia Católica (o a la Conferencia Episcopal (o a los cristianos en general)) como blanco principal de las críticas y cánticos en contra de la discriminación es un juego fácil pero estratégicamente inocuo. Es inocuo porque aunque la Iglesia efectivamente ejerza presión política para impedir que se adopten legislaciones más progresistas al respecto, sus razones para sostener estas posiciones son dogmáticas y difícilmente manipulables a través de la protesta. De alguna manera se podría decir que, como sugiere Mauricio, ser homofóbicos es parte de su misión. En las sociedades donde se ha llegado a una actitud más positiva al respecto de la homosexualidad la Iglesia Católica igual persiste en sus citas a Levítico 18-20 y sus memorias delirantes de lo que pasó en Sodoma.

Dado lo anterior, pienso que el objetivo de las campañas contra la homofobia no debería ser la Iglesia, sino aquellas personas que ejercen la homofobia no por convicción religiosa sino por costumbre, que son casi todas. Un sector amplio de la sociedad colombiana urbana tiene una relación distante con la religión y difícilmente presta atención a las necedades de los curas con respecto a la sexualidad (usan métodos anticonceptivos, tienen sexo antes del matrimonio, &c.), pero aún así mantiene actitudes homofóbicas basadas en prejuicios, ignorancia y miedo a la diferencia y lo desconocido. He ahí el verdadero obstáculo. En Colombia el índice de homofobia personal es esencialmente ortogonal a la afiliación política: aquellos que se autodenominan “de izquierda” o “progresistas” tampoco quieren maricas de vecinos, prefieren negros, y eso que también son racistas (ver el Latinobarómetro de 2009). Los activistas deberían reducir sus intentos de acallar a los curas y más bien concentrar sus esfuerzos en ganar la solidaridad y el apoyo de este sector que describo. Mientras que la batalla contra la discriminación de los homosexuales sea percibida como una causa de los afectados (una minoría pequeñísima y para colmo mayoritariamente invisible por culpa de la misma homofobia) y no como un problema social amplio, un problema relacionado con nuestra relación negativa con el sexo, la intimidad y lo raro, las pequeñas y agónicas victorias en las cortes y el congreso serán frágiles y siempre correrán el riesgo de dar marcha atrás.

Miércoles (El Profeta)

We are all of us brothers, dice El Profeta por televisión. Cuando estoy cansado pero no puedo dormir veo televisión en la sala de recreo o juego ajedrez. Siempre hay alguien en la sala de recreo dispuesto a una partida. También hay gatos. La doctora dice que son terapéuticos pero prefiero a los perros que viven afuera. Son más humanos. Cuando se acaba la programación comercial se inician los programas religiosos subvencionados por el estado. El Profeta es de lejos mi favorito. El Profeta no propone conversiones, le parecen innecesarias pues en su opinión la misericordia infinita de Dios no exige expresiones de devoción sino la práctica de la bondad. Tampoco promete curaciones milagrosas. El Profeta es un hombre preocupado, dice que vamos por mal camino y que debemos reconsiderar nuestra situación como individuos, nuestra desconexión. Esta perspectiva, nos confiesa, lo angustia. Una fracción significativa del discurso recurrente del Profeta gira en torno a la fé en la existencia de los demás. Esa es una idea que me gusta. El Profeta dice que la fé en Dios es innata, hace parte de la condición humana básica, pero que la fé en el otro, en su individualidad, en su complejidad, en su estatus de igualdad con respecto a nosotros, requiere un esfuerzo que no puede ser compensado con piedad. El Profeta dice que el hombre piadoso que olvida a su prójimo, el que cae en el pecado del solipsismo por darle prioridad al culto al Señor, merecería el infierno si el infierno existiera, porqué él es de la escuela que dice que el infierno es un concepto falso, un error de interpretación popularizado por una mala traducción de las escrituras. Anoche El Profeta decía que la comunión no debe ser un ritual de cada domingo, sino un ejercicio cotidiano y constante por compartir, por encontrarnos con el otro y, al reflejarnos, reconocer explícitamente el valor de su presencia y nuestra propia alteridad.

Todos tus amigos encontraron al Señor

Para Óscar

Y creyeron en Él y a través de la Fé, que es como un té espeso, aprendieron a creer en sí mismos, en su capacidad para la grandeza, en el poder del individuo como entidad transformadora de la realidad propia, para empezar, y más tarde ajena. También empezaron a vestirse distinto. Todos tus amigos encontraron al Señor y te hablaron de Él cada vez que tuvieron oportunidad. Te hablaron y te dijeron que el Señor hablaba a través de ellos. Lo encontraron y dejaron el trago, la droga, la rumba y el sexo inconsecuente. Te invitaron a aceptarlo como tu Salvador, tu Guía, tu Mapa, tu Brújula cuando Lo Inaceptable te golpee. Un día te regalaron El Libro y te dijeron que allí encontrarías todas las respuestas a los interrogantes que te aquejaban, así lo dijeron, porque El Libro es intrínsecamente sabio, ungido por La Gracia del Señor. Tus amigos te dijeron que el Señor sabía por qué pasaban Las Cosas y te enseñaría a aceptarlas y no sucumbir a La Ira, que es El Pecado. Te dijeron que confiaras en su Sabiduría y convirtieras esa confianza en una balsa para cruzar el río de La Incomprensión. Todos tus amigos encontraron al Señor y te dejaron solo. Pensaron que los acompañarías pero El Señor, para ti, es resignación, así que los dejaste irse tras Él y no te despediste porque hablaban en un idioma que no entendías. Todos tus amigos encontraron al Señor y te dijeron que te amaban, que tú sabes que te quieren, que siempre te han querido y ahora no tienen razón para ocultarlo porque el Señor monopoliza el Amor, la Caridad y los Abrazos por fuera del protocolo. Tus amigos te aseguraron que si renunciabas a ese escepticismo pernicioso despertarías a un mundo donde todo tenía Sentido y Razón, y esa Razón, te prometieron, te llenaría el Alma de Paz, te permitiría reconciliarte con la Vida, te ayudaría a entender. Hay un Propósito, te dijeron. Hay Esperanza. Todos tus amigos encontraron al Señor y ahora es difícil reconocerlos por la calle cuando te cruzas con ellos y te saludan con esa voz de incienso, te preguntan por ti y bendicen al Señor por TODO LO BUENO. Gracias, Señor, dicen, Adorado Señor Misericordioso Que No Se Olvida, atención, Que No Se Olvida De Sus Hijos Y Sólo Quiere LO MEJOR Para Nosotros. Todos tus amigos encontraron al Señor y ya no tenías de qué hablar con ellos en las fiestas regulares de reencuentro de la promoción de 1994, así que dejaste de hablarles y los sacaste súbitamente de tu lista de amigos porque te cansaste de su amor inagotable y sus palabras de aliento que ya no significan nada, que nunca significaron nada pero ahora significan todavía menos. Te llenaste de rabia, acogiste el Pecado, y mandaste a la mierda a tus amigos y su amistad impostada de tanto amor vacío y tanto consuelo paranormal, pero ahí tampoco encontraste La Calma. Por eso, y porque tenías sed, fue que empezaste a tomar.

Turco

Me anuncian por teléfono que el turco está muerto. Les pregunto si están seguros. Si quiere le mando la foto de la cabeza por e-mail, doctor, me dice el salvaje este sin principios. Siempre es así con esta gentuza iletrada. Por eso es que el turco me caía bien, porque no era un bárbaro con el sistema moral atrofiado por tanta droga. Era un matón con sentimientos, digamos, alguien que todavía entendía, en medio de lo escabroso de su profesión, que las personas valen algo. Yo creía en el turco. Yo valoraba su consejo. Era un tipo limpio. Y creo que aún cuando me traicionó nunca dejé de tenerle respeto porque hasta traicionándome fue legal, si es que eso todavía quiere decir algo en este medio. Que qué hacemos con el cuerpo, doctor, me pregunta este malviviente. Déjelo en un cajón y avísele al cura, le respondo. El turco era creyente. Creía en Dios, al menos, pero no comulgaba porque decía que esa era una práctica canibal y hasta razón tenía: a mí también me da un poco de asco lamerle la mano al padre. Pero cuando yo rezaba en la mesa el turco rezaba conmigo y una o dos veces presidió incluso con un Padre Nuestro la homilía que montábamos antes de cualquier golpe grande para que el Altísimo nos blindara. A mí me da pena quebrar al turco, de verdad me apena. Yo quería a ese tipo, lo apreciaba, era como un hermano para mí. O un padre incluso porque era más viejo que yo. Yo no quería que el turco sufriera así que cuando di la orden les dije que pepazo a la cabeza de una, malpariditos, y no quiero ver ni morados ni golpes ni una sola herida además de los huecos de entrada y salida. También decidí que luego de las exequias y la cremación yo mismo me voy con la urna en un avión para Estambul a llevarle los restos a su señora madre, a quien no conozco pero admiro inmensamente porque crió un hijo piadoso, responsable y disciplinado con su trabajo y con su vida.

Arrepentimiento

Yo no quiero hacerla llorar pero la hago llorar y me entra culpa porque sé que podría ahorrarle todo este dolor de alguna manera si supiera, si hubiera sabido, manejar mejor lo que sentía y expresarlo, sobre todo expresarlo, antes de que se atascara y empezara a hacerme sentir (tan) mal. Pero ya es demasiado tarde para eso. El arrepentimiento es un sentimiento fútil, que no resuelve ni repara. El arrepentimiento es una forma de autodesprecio socialmente aceptada que sirve al propósito último de convencernos de que si no podemos estar bien con nosotros al menos podemos estar bien con Dios. Porque Dios es quien lo aprecia y aplaude. Dios se alimenta de nuestra culpa y del sufrimiento que sentimos al aceptarla. Es una suerte de vampiro moral ese Dios de castigos y amenazas que nos inventamos para no perder el control sobre nuestra naturaleza descarriada. Nada lo place como el pecado, porque sabe que el pecado es fuente segura de la pena que precede al ruego, al clamor por ese perdón abstracto, distante, pleno, que Dios todopoderoso concede con una sonrisa tras la correspondiente humillación. A esa sonrisa, a la sonrisa sádica de la divinidad omnipotente ante el hombre débil, arrodillado, destrozado, sin dignidad, es a la que llamamos ingenuamente bondad.

Normal

Estoy de nuevo en mis quince años. Veo televisión. En la televisión hay un hombre que promete milagros. El hombre nos dice que debemos creer y yo creo. El hombre nos pide que cerremos los ojos y nos tomemos el vaso de agua previamente tele-bendecido y le pidamos al Señor que se compadezca de nosotros, pecadores, y aprecie nuestro fervor y nuestro amor. Ámame, Señor. Protégeme, Señor. Auxíliame, Señor. Cúrame, Señor, que todo lo puedes. Heme aquí, Señor, dispuesto a recibirte en mí, a reconocerte como mi Salvador y mi Guía. Cierro los ojos con fuerza y enfoco mi voz hacia el cielo y pronuncio la oración en voz alta y con fe, pero no siento el abrazo del Señor. El Señor está ahora en ti, hermano, dice el hombre de la televisión, y aunque eso es todo lo que pido no lo siento: sigo vacío. Ya llevo quince años así. Esto no puede ser normal.

Credo

Creo en la resurrección de los muertos y la gran fiesta de la putrefacción eterna. Creo que todos sabremos qué hacer cuando llegue El Momento. Creo en el hombre que bajó de la montaña con un mensaje del Señor. Creo en todas las versiones de ese mensaje. Creo que alguna vez ese hombre fui yo. Creo que el arrepentimiento no es suficiente: La Redención proviene del servicio y la reparación activa. Creo en cualquier dios o demonio que prometa más que perdón y castigos. Creo en el poder que ciertas personas tienen para tranformar nuestros destinos. Creo en el valor de La Amistad. Creo en El Satori como estadío último del Ser. Creo en El Ser como estadío último de La Nada. Creo en La Nada como principio destructor. Creo en El Auryn, en el poder conjuratorio de los deseos y en la energía curativa de los gatos. Creo en las artes adivinatorias. Creo en la existencia de un mundo que no depende de mí. Creo en La Revelación que vino del cielo. Creo en la realidad de las abstracciones. Creo que hay ciertas personas destinadas a la grandeza. Creo que la mayoría de ellas muere antes de alcanzar su destino. Creo en La Verdad y La Bondad. Creo en la estructura subyacente. Creo en los eventos de probabilidad nula. Creo en El Plan.