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Nieblas

No tengo mucho para anotar. Por eso no he vuelto. No es olvido.

La niña está enferma desde el viernes. Fiebre que viene y va. No se ve decaída, menos mal. Los médicos diagnostican virosis y eso a nosotros nos suena a todo y nada. Como se enferma tan poco estas cosas nos angustian de más.

Este invierno he notado bastante la ausencia de los pájaros. De pronto cada vez los aprecio más y por eso me impacta más el silencio con el que llegan las madrugadas frías. De nuevo estoy en la fase del ciclo en la que duermo muy poco. Procuro seguir en la cama para tener energía durante el día. A veces leo.

Me he sentido mejor de ánimo estos últimos meses. Menos disperso y menos sensible. Aunque también creo que me he aislado más de lo usual. La soledad me hace bien. Reduce las ansiedades y tranquiliza. Puedo enfocarme mejor cuando lo necesito. El mundo en exceso me abruma.

Conmiserable

Creí que ya los había olvidado pero seguían donde quiera que están, así que por decencia o conmiseración vuelvo: de nuevo reporto desde el conservatorio, donde el tumulto nos ha desplazado hacia una banca abullonada casi a la entrada; el hielo de afuera alcanza a colarse entre la ropa y muy probablemente nunca logre calentar los pies en lo que queda del día. Después de esto creo que vamos para un concierto de esos infantiles que la orquesta sinfónica organiza cada tantos sábados. Aunque duran apenas una hora usualmente logro montar una siesta sólida de unos treinta minutos que es bendita: nada mejor que un descanso general bajo música estruendosa. No sé qué nos depare el insondable destino a la salida más allá del frío. Tal vez algo de comida. Los malos horarios de los cursos de música nos tienen comiendo a deshoras los fines de semana. En compensación la hija parece avanzar a buen ritmo en el piano.

Calabaza

Ya casi terminamos Stranger Things 2 y el miércoles terminé The Fifth Season. Ahora ando con The Obelisk Gate. Jemisin preserva el ritmo y estructura del primero pero tras el colapso de las tres líneas de tiempo principales en una, arranca dos nuevas. Alguna vez debería intentar dibujar eso. Tengo dudas sobre las decisiones de montaje pero la composición del mundo y sus historias es pulidísima.

Bueno, no mucho más. Comida griega el sábado y hoy calabazas de día de brujas. Primera vez. No quedaron mal. Solté algunas fotos en Twitter e Instagram.

Intermediario

Y bueno, otra semana que se va por el hueco sin nada meritorio para cosechar. No me quejo porque nunca ha sido mi propósito ser un segador de iluminaciones. A duras penas arrisco con lo que me corresponde y de vez en cuando incluso eso se me sale de las manos así sea poco porque supongo que no es tanto un problema de fuerza sino de destreza. No que sea fuerte tampoco, por si hace falta aclararlo. Esta semana la cocina estuvo relativamente limpia y mi nuevo intento de hacer dieta prosiguió sin contratiempos. Poco contacto social fuera del trabajo. A veces no me hace falta y a veces sí. Recientemente no tanto. Prefiero estar en la casa con M. y la niña, jugar y conversar. Los domingos paso la mañana con L. en el parque mientras M. trabaja. Por las noches leemos Momo. Apenas estamos comenzando. Intento también leer cada día unas cuantas páginas de la antología de Borges que sacó la real academia de la lengua. Contiene el ensayo sobre Swedenborg que tanto me impresionó de muchacho. Después de leerlo le conté a mi tía Ángela y ella me advirtió que con Borges nunca se sabía si lo que decía era real o no (creo que ese libro de ensayos Borges Oral fue lo primero que leía de él), así que busqué en la enciclopedia británica herencia de mi abuelo qué encontraba y ahí estaba la entrada sobre el místico alemán. A partir de ahí, en muchas de las bibliotecas por las que he pasado busco libros de Swedenborg y los ojeo no sé bien buscando qué. En la biblioteca de la Universidad Nacional, por ejemplo, había un volumen (solo uno, aunque eran varios) de sus viajes por el inframundo que era un obsequio (aclarado en una nota a mano) de unos seguidores de su doctrina radicados en Chile o Bolivia. Lo malo es que son unos libros aburridísimos. Menos mal que un viejo argentino ciego los leyó por todos nosotros.

Adios a los números

Escribo desde las pausas entre las vidas que me corresponden. En realidad es solo una vida pero fluctúa y se transforma. Laia mordía hace poco un muñeco pollo que reclamamos en una promoción de Kokoriko hace quince años. Cuando reclamamos ese pollo a cambio de una hamburguesa (probablemente la mejor promoción de comida rápida jamás ofrecida por un negocio colombiano) no pensamos que algún día una hija hecha de los dos jugaría con él. Pero aquí está: ya tiene dos años, hace algo parecido a hablar, es caprichosa y malgeniada ocasionalmente pero también genuinamente cariñosa. Le gusta ser independiente y libre. Todavía le da duro la llegada a la guardería.

Estoy a punto de terminar mi curso de seis semanas en la universidad. Como siempre, el trabajo con estudiantes es edificante. Lástima que sea tan efímero. En todo caso yo me esfuerzo y preparo las clases e intento ofrecerles algo más que una reiteración de contenidos más o menos insustanciales. Desde mi posición como instructor temporal muy ocasional no hay mucho más que pueda hacer. Los profesores oficiales de la universidad (quienes sí podrían tener una influencia positiva y sostenida en los muchachos y que son responsables del futuro que esos programas les ofrecen) tienden a evadir esos cursos básicos y los desprecian como ejercicios menores, casi castigos, que deben soportar con renuencia a cambio del tiempo y fondos que reciben para hacer esencialmente lo que les plazca bajo la promesa de que sus ombliguismos intelectuales son determinantes para el desarrollo de la sociedad. En los intermedios entre clases trabajo en varios proyectos, más que todo relacionados con exploración y organización de conjuntos de datos. Parece que habrá más trabajo en esa línea durante este otoño. Conseguir cursos para dictar es muy difícil. Tengo una prioridad bajísima debido a que no tengo vínculos profesionales con la universidad. Soy la opción cuando no tienen más opción. Igual seguiré presentándome cada año porque disfruto hacerlo aunque a veces me agobie. Mi molestia con todo lo “académico” (sus pretensiones y sus engaños) es cada vez más intensa.

Mi hermana y mis tías estuvieron de visita hace un mes. Mi hermana estuvo por tres semanas dedicada a Laia. Se hicieron amigas. Fuimos un fin de semana a Toronto y de resto estuvimos en el pueblo.

Cuando termine el curso quiero dedicarle tiempo a las correcciones del libro que escribimos con Luis. Estamos a poco de tener una versión pulida pero no hemos encontrado el tiempo para poder trabajar. Por otro lado se supone que Despegue (originalmente llamada Para poder llegar), la cortísima novela infantil que escribí en verano de 2011 (durante mi año en Waterloo), sale a la venta en librerías colombianas esta semana. Al final salió en el sello juvenil (Gran angular) de SM (los mismos de El barco de vapor). Les dio miedo venderla como un libro para niños.