Rango Finito

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resignación

Revolver

Ayer Arturo, que anda con mucho tiempo para pensar, me decía algo sobre los problemas de la libertad. Tenía que ver con los dilemas modernos de encontrar un lugar que se adapte a lo que uno siente que es (o tal vez a lo que uno siente que merece ser). Ese rango de opciones es por supuesto falso, o por lo menos no tan real como la filosofía voluntariosa inspiracional promete. A la larga estamos sometidos a circunstancias que están fuera de nuestro control y esas circunstancias deciden más o menos arbitrariamente qué será de nosotros. Por fortuna el cerebro reactualiza con frecuencia las aspiraciones para que cada tanto tengamos momentos de satisfacción que compensen por toda la mierda adicional. De pronto el valor de la vida consciente está en sostener la ilusión útil de que las decisiones que tomamos nos determinan. Quién sabe cuánto progreso cultural le debamos a esa creencia.

En Revolver, de Matt Kindt, el protagonista habita intermitentemente dos realidades. En una de las dos la civilización está al borde del colapso: cuerpos llueven sobre las calles de Chicago. En la otra, la vida del protagonista se deshace a diario en su rutina estereotípica del trabajo de oficina sin sentido que sirve para satisfacer hábitos de consumo que se confunden ocasionalmente con necesidades (es inevitable). En la realidad apocalíptica los límites morales son atenuados por la urgencia de sobrevivir y esto le permite acceder a aspectos de su personalidad que en la realidad más real (?) deben ser reprimidos para garantizar colectivamente la estabilidad del orden social. Ambas realidades son versiones extremas (?) a una vida dada por perdida. Pero su simultaneidad progresiva es una trampa cómoda ya que anula la necesidad de compromisos con la identidad y los principios. En la relatividad explícita del multiverso nada importa. Los sacrificios no tienen valor. La responsabilidad es un sinsentido. Estar vivo es lo mismo que estar muerto.

La ciudad perdida

Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.

Harry Potter

El problema general de Harry Potter es que los personajes viven en una dimensión emocional distinta a aquella donde transcurre la historia. Esta desconexión se ha hecho más patente a medida que los riesgos que enfrentan los personajes se han vuelto más serios. Con la llegada de la madurez, digamos, argumental, la vacuidad de los personajes queda flagrantemente al descubierto. (Lo anterior exceptuando, claro, a Snape, que tanto en el libro como en la película es el único personaje en una posición moral complicada y también el único que parece tomar decisiones que van más allá de sí mismo pero por desgracia no tiene la preponderancia que le permita guiarnos dentro del conflicto.) La señora Rowling, sentada en su chalet, hace lo que puede, que es poco, para que la gravedad de la situación quede en evidencia ante su incapacidad para hacernos sentir que los personajes la entienden y pueden transmitírnosla. Su solución es abusar de la muerte como recurso. Por eso las muertes gratuitas se aglopan en este último volumen (y seguirán aglopándose en el siguiente) hasta que pierden todo valor. Su propósito es convencernos a punta de golpes de que lo que presenciamos importa y estos muchachos, aunque no lo parezca, se están jugando la vida no sólo por ellos sino por nosotros, porque recuerden que es La Humanidad en pleno la que peligra si ElInnombrable y su séquito de pálidos Comemuertos destruye al intrigante (en su ingenuidad) NiñoQueVivió. Pero no, lo siento, no lo logra. El argumento y los personajes se cruzan ortogonalmente. Harry Potter no se respeta como narración. No cree en sí misma. No acepta que puede crecer. Se resigna y nos resigna.