Me refugio en distancias, amistades y espacios. Lo hago para protegerme pero también para proteger. O al menos así lo planteo tal vez para reducir la culpa de sentirme mezquino por evadir el mundo. También me refugio en el lenguaje. Desde las palabras impongo límites y posiciones donde me siento seguro, donde no expongo/proyecto sino lo esencial (o así lo creo) y de paso demarco formalmente las regiones donde puedo estar cómodo, con una ruta de escape a la mano que me lleve tan pronto como sea necesario a mi guarida. Cuando me alejo demasiado de mis seguridades o siento que las pierdo sucumbo sin pudor al pánico.