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Geografía de un bombardeo

Un artículo de lectura obligada escrito por Tim Maly diseccionando un ataque con “drones” en Paquistán:

Many commentators have compared the command stations to videogame platforms and have worried that this disconnects the pilots from combat and dehumanizes their targets. Many drone operators say it’s the opposite. Because they often surveil a target for days or weeks during operations, they develop a strange intimate relationship with those they kill. They watch targets eat with their families, sleep with their partners, and go about their daily lives. Then they watch them die.

Autorretrato

No cualquiera puede ser darks.

Diagnóstico

— Racionalmente lo que dice es claro. Pero la conclusión me inquieta porque parecería sugerir que usted
— Creo que subestima mi capacidad para adoptar una posición objetiva pese a mis circunstancias particulares, que por lo demás no son de su
— No sé cómo podría obviarla. Si yo fuera usted
— No lo es.
— Pero si lo fuera
— No sé qué sentido tenga adoptar esa suposición cuando es evidente que es irrealizable en este momento. Preferiría que se concentrara en
— Como le dije, creo que entiendo la lógica de su argumento pero no confío en sus postulados. Siento que ignoran la dimensión moral del dilema.
— Podría decirse que mi punto es ese.
— Explíquese.
— Desde la empatía de primer orden la disyuntiva es irresoluble.
— Pero en la practica es inevitable sentir al menos un dejo de
— ¿Lo es?
— No sé, siento que
— Lo que usted sienta está fuera de esta discusión. Recuerde las directivas. Recuerde la
— Las recuerdo y aplico, pero no puedo dejar de pensar que el compromiso ético es inevitable.
— Entiendo ese compromiso como debilidad técnica.
— Quiero decir, hay vidas de personas comprometidas, ¿cómo ignorar
— La muerte de otros individuos es un proceso natural (de limpieza, de reorganización, de ascenso) que la cultura ha transformado en aberración existencial. El supuesto valor de la vida es una falacia que proviene de la misma tara cultural que condenó a la especie a
— Pero exigir en este momento una revaluación de esa tradición de pensamiento sería una afrenta a nuestra
— ¿Quién dice que hay un nuestra en esta conversación?
— ¿Acaso no somos
— ¿Cuándo fue la última vez que se vio en un espejo?
— Doce mil quinientos veintinueve ciclos es el estimado en mi
— Reconsolide memoria y establezca cotas de tolerancia ontológica no mayores a tres punto cuatro. Su procesador es incapaz de manejar irregularidades sobre la norma de su variedad.
— Registro, recompilo y reinicializo. Lamento la
— Fin de sesión. Fuera de línea.

Deseo

Mónica dice que estoy enamorado de Helen DeWitt. No voy a negarlo. Por fortuna, hemos llegado a esa buena etapa en nuestra convivencia donde puedo admitir cosas así sin ser exiliado ipso facto a la sala a dormir con Gonta (Plinio duerme usualmente a mis pies). A finales del año pasado contacté a DeWitt para solicitar su autorización para traducir y publicar en HermanoCerdo el cuento That obscure object of desire, que apareció brevemente publicado en la versión en línea de la revista Bullet. DeWitt, que es adorable, aceptó con gusto la propuesta.

En el cuento, un programador de robots (¿acaso un robot él mismo inconsciente de su condición?) vaga por Berlín y compra un libro de Orhan Pamuk. Esta compra, condimentada con la perspectiva de alguien que tal vez ha pasado demasiado tiempo hablando sólo con máquinas, desencadena una reflexión sobre el valor de lo irracional, su papel en el juego social humano y el procesamiento automatizado de lenguaje natural, entre otras cosas. En mi traducción intenté preservar el tono ausente-mecanizado de la prosa en inglés que a DeWitt le fluye muy bien. Espero haberlo logrado. Si la narración se siente torpe por momentos es enteramente mi culpa.

Luis Blackaller contribuyó con ilustraciones transhumanistas (que a mí me recuerdan las de las ediciones clásicas de los libros de Lem) para acompañar la historia. Dudo que haya alguien más capacitado que Luis para ilustrar un cuento como este.

El resultado aquí.

No pude evitar pensar en el cuento de DeWitt al encontrar en el museo de arte moderno de San Francisco este cuadro pintado en 1915 por Giorgio de Chirico. La imagen es (todavía) más intrigante si se mira como una continuación (no sé si intencional) de la escena representada en Misterio y melancolía en una calle (¿De quién es la sombra amenazante que espera a la niña? ¿Acaso del autómata humanoide?).

Martes (Música erótica para robots)

El robot muere aunque nunca haya estado vivo. El robot piensa (?) que la muerte es un estado de consciencia nulo donde El Procesador desactiva sus funciones complejas y sólo responde a necesidades puntuales de abastecimiento y mantenimiento de tejidos. En realidad es más complejo. En su cubículo de reposo, donde el robot muere a intervalos regulares, el robot debe elegir uno entre millones de posibles paquetes de estímulo sensorial que permitan que, según dice el protocolo abierto de ejecución existencial, su tránsito hacia el Más Allá no perturbe sus Configuraciones Esenciales. El robot está dotado con diecisiete órganos sensoriales estándar más doce o trece de carácter experimental sólo disponibles en modelos de su clase y timestamp. Los paquetes de estímulo sensorial más comunes requieren el uso de al menos veintitrés canales de acceso. La combinación de señales que bombardean los canales de acceso sensorial del robot constituyen un mensaje improcesable por su Centro del Lenguaje (y por tanto invisible a la Consciencia Activa del robot) pero detectable por parte de su Centro de Comando Pasivo (CCP), que por medio de rutinas de uso restringido lo desencripta y retransmite internamente a unidades puntuales de experiencia por fuera del alcance consciente del Procesador Principal. A nivel perceptual, el robot experimenta placer. Placer infinito en grado y extensión, inimaginable dentro del rango de parámetros de recompensa autorizados, que sobresatura su sistema. Música erótica para robots. Música robótica para erots. Una vez ahí, el paquete de estímulo libera instrucciones subrepticias al Procesador Principal que actualizan y reinician su sentido de identidad de manera aleatoria, impidiendo así el establecimiento de un estado individual robusto que ponga en riesgo su docilidad, su sentido de lealtad al Organismo, su sumisión a La Tarea. Entonces, y sólo entonces, el robot muere. Trecientos sesenta ciclos más tarde, cuando los procesos de compilación y enlace han concluído, el robot recobra su consciencia y con ella el deseo intenso de servir.

Axiomática de la socio-individualidad digital

El individuo son sus conexiones explícitas. El individuo es la suma de contactos que lo relacionan y singularizan dentro de un contexto social que el individuo habita y construye mediante la actualización/alimentación constante de su representación digital, que es por lo general una versión refinada del individuo donde este se expone en vitrina, de manera segura, para ser apreciado y, en lo posible, vinculado. La vinculación es el objetivo. Como tal, es promovida y premiada. La vinculación expande al individuo, lo enriquece a ojos del sistema y por retroalimentación a ojos de sí mismo. Así, el valor del individuo aumenta (¿exponencialmente?) con el número de vínculos activos que mantenga. La actividad del vínculo se mide por el ritmo de interacciones que el individuo tiene con el contacto dado. La calidad de estas interacciones, en tanto que no es medible, es irrelevante. El medio promueve la brevedad pues la ganancia social neta de un intercambio vacío es de cualquier modo positiva. El sistema está diseñado para maximizar el nivel de actividad en cada acceso. Por otro lado, el sistema exige mayor compromiso al individuo en la medida en que este se involucra y participa, lo que da paso a una suerte de co-dependencia. El sistema es un artículo de consumo que consume. Aspira a convertirse en el espacio primario de socialización del individuo, un espacio donde el individuo esté siempre y por siempre disponible y atento al flujo de información que la red resuena. El sistema es una caja de resonancia que domestica la propaganda. No hay creación en el sistema, sólo la reiteración constante de eslóganes mutados hasta hacerlos parecer propios que se transmiten sobre olas confusas de aprobación o rechazo. El sistema reafirma al individuo en sus certezas, esa es su recompensa. En su red local, compuesta por iguales complacientes, el individuo siempre tiene la razón y hace lo correcto. A cambio, el individuo otorga elogios, aplausos y reconocimientos que son en últimas para sí mismo. La red social privilegia la interacción positiva superficial y esto a su vez promueve la perdurabilidad innecesaria de vínculos que de otra manera serían efímeros. Una colmena de desconocidos que alimentan la cera que los atrapa en pequeñas celdas hexagonales donde, en su soledad de ecos, tienen el privilegio falso de sentirse uno y todo con el mundo.