Buscando su reseña sobre Hostel 2 me enteré de que hoy se murió Roger Ebert. Llevaba años en guerra contra un cáncer que empezó en la mandíbula. Había perdido el habla en el proceso pero seguía viendo películas y escribiendo sobre cine. Ayer, precisamente, había publicado una nota anunciando que reduciría el ritmo de trabajo por razones de salud. Su vínculo personal con Urbana me hacía sentirlo cercano. Cuando llegué a Estados Unidos veía su programa los fines de semana por puro desparche, para aprender inglés. Luego —influenciado por Alejo, sospecho— empecé a leer sus reseñas, que eran generosas sin ser complacientes y generalmente incluían un par de anotaciones que le daban un giro (para bien) a casi cualquier película. Ebert era un cinéfilo sincero y humilde que no pretendía hacer teoría sino acercar el cine a la gente. Yo buscaba sus reseñas para contrastar mis sensaciones tras ver una película que me confundía. En ese sentido era un gran interlocutor. Usualmente coincidía con él en su apreciación entusiasta del cine comercial, aunque a veces me parecía demasiado moralista. Sus comentarios eran normativos y profesionales en su estructura y enfoque general pero dentro de ese formato hacía lo que quería. Suena raro pero basta leer unas cuantas de sus reseñas para apreciarlo. No sé si Ebert influenció la forma como escribo (o escribía) sobre cine, pero siempre admiraré su constancia, compromiso y disposición. Fue una suerte contar con su presencia y ejemplo por tantos años.