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ropa

Aztlán (1)

Estamos en México desde el sábado a medianoche. Mi mamá, proveniente de Colombia, nos esperaba en la habitación, ya instalada. La llegada fue accidentada. Perdieron nuestras maletas así que el primer día en Cancún tuvimos que salir a buscar ropa. El domingo por la noche la aerolínea trajo las maletas perdidas al hotel. Dios sabe dónde estaban. Cancún es un adefesio urbanístico que insulta el paisaje circundante. Ha resultado difícil conseguir comida de verdad. La mayoría de los locales comerciales de la zona están ocupados por restaurantes de cadena importados o trampas turísticas abiertas. Ayer exploramos callejones entre una manzana comercial en semi-ruina y encontramos una taquería y un pequeño puesto de quesadillas que me reconciliaron con la vida. Es complicado caminar. Hay pocos pasos peatonales activos. Cancún está diseñado para atrapar a sus huéspedes en hoteles lujosos carísimos y empacarlos en toures que bordean la estafa. Esta agresividad comercial contrasta con la amabilidad de los locales, mayoritariamente empleados por el complejo de hoteles, clubes, paseos y bares. Tal vez nuestro acento ayuda. Creo que Laia nunca había recibido tanta atención explícita (los canadienses son cautos y distantes) de desconocidos. Ella, por supuesto, feliz de que le hablen y la toquen. En la piscina, con su bikini, también es el centro de todas las miradas. Mónica mientras tanto está en su congreso. El domingo y el lunes tenía que presentar su póster y hoy tiene una charla de media hora sobre los resultados de sus investigaciones. Mañana iremos a Chichén Itzá y el jueves volamos al DF a descansar, pasear y comer bien por cinco días.

Winter is coming (2)

El frío otoñal llegó la semana pasada acompañado de brochazos de invierno. A mí me gusta sentir frío así que por lo general sólo recurro a abrigos serios cuando la temperatura baja lo suficiente para que sea médicamente requerido. Mónica no era así. En Barcelona sufría cuando estábamos alrededor de los cinco grados, pero tras tres años acá cada vez es menos prevenida. Con Laia hemos tenido que repensar nuestra relación con el frío porque su rango de tolerancia es muy distinto del nuestro. Ayer por la noche durmió muy mal y no entendíamos por qué. Pedía comida con mucho más frecuencia de lo usual. Estaba cubierta, pero parece que no era suficiente. Por la mañana decidimos sacar uno de los mamelucos de invierno que le quedan inmensos (oso-ninja es una buena descripción) y ponérselo encima de su piyama. Casi de inmediato se quedó dormida. Por la tarde se echó una siesta larga también. Anoche durmió mucho mejor. Las cosas serán más agradables cuando empiece a funcionar la calefacción del edificio.

Una de las enseñanzas de estos primeros meses de crianza es que la única prenda de vestir que necesita un bebé son mamelucos (¿”enterizos”?). Algunos de manga corta, algunos de manga larga, con o sin pies o piernas (de pronto esos tienen otro nombre, no sé). El resto de ropa (vestidos, conjuntos de pantalón y camiseta, &c.) no es práctica, se descuadra con facilidad y es difícil que cumpla su propósito de abrigar.

Moda

Me siento aislado dentro de mi generación y su rechazo adolescente a todo lo que implica distinción. Quienes me conocen, pocos, saben que la moda es muy importante para mí. Mi armario me define. Soy un convencido de la relevancia y utilidad de la moda como demarcadora de clase. Esto me interesa porque tengo problemas serios socializando con personas dentro de lo que llamo la racaille. No quiero entrar en detalles pero podría decirse que mi sistema digestivo se resiente. No soy yo cuando me altero intestinalmente. Me pasa lo mismo con el tomate. La moda, su buen uso, su conocimiento práctico, su consciencia adecuada del contexto, me permite elegir mis relaciones desde la distancia, sin untarme, sin correr el riesgo de entrar en contagio con personas que no están a mi altura cultural, intelectual, espiritual, moral, estética, filosófica o sexualmente. Si sueno excluyente o discriminatorio es porque lo soy. No tiene nada de malo. Para eso vivo en una sociedad libre, para poder elegir a quién consumo y a quién desprecio. Por experiencia, sé que puedo confiar en el estilo y el vestir de una persona, especialmente si es una mujer, para juzgarla y determinar si se adapta a mis necesidades y principios morales. Me tomó tiempo refinar mi filtro pero el esfuerzo valió la pena. La verdad es que todos tienen parámetros así. Todos excluyen y rechazan de acuerdo a criterios subjetivos. Algunos, obvio, son más trabajados que otros. La diferencia es que yo prefiero ser estricto con los pocos que tengo. Mi estómago no me permite experimentar. Yo sé que ustedes me entienden y no se ofenden cuando por descuido los miro como si tuviera ganas de vomitar.

Ramillete de coristas australianas en 1930 a la moda de la época.
¿Con cuál de las seis se quedaría usted?