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the wrong place

The Wrong Place, de Brecht Evens, es un cómic laberíntico pero el espacio de confusión que construye más que físico es social: una comunidad sobre-intensa de conexiones, encuentros y aspiraciones de ascenso dentro de escalas de popularidad y éxito diversas. Y creo que lo que pensé mientras lo leía es que esa sociedad que intenta caricaturizar Evens (es realmente maravilloso todo lo que puede hacer con papel, acuarelas y páneles libres) siempre me intimidó y aturdió. Nunca supe cómo hacer parte de eso ni tampoco por qué hacer parte de eso era importante. Por temporadas lo intenté. Intenté seriamente integrarme, camuflarme entre eso y aprender el lenguaje y referencias. No lo logré del todo. No encontraba mi lugar. Tarde que temprano siempre me sentí el que estaba afuera y no estaba seguro de si los admiraba o los compadecía. Mi amor propio oscilaba de un extremo al otro. ¿Cuál era el sentimiento que me podía permitir? ¿Todo se reduce al orgullo? No es coincidencia que a mi edad esté medio desempleado y aislado, que hable muy ocasionalmente con otras personas y tenga tan pocos amigos que perduren. A veces me culpo por mi desinterés, mi desprecio. Es lo que merezco, pienso, lo que quise. Pero no recuerdo para qué lo quería ni qué ganaba con esa seguridad que viene de la distancia como doctrina de vida. Hay un personaje dentro de The Wrong Place que representa ese punto de vista, creo, se llama Gary. Mi sospecha es que la mayoría de la gente se siente así ocasionalmente. Algunos tal vez son mejores que otros para disimular la molestia, o no molestia sino frustración, tal vez, pero todos sienten, a medida que el tiempo pasa, que están perdiéndose esa vida que todos los demás sí tienen y acumulan, esa prosperidad de los capaces. Porque ellos sí quieren de verdad. Porque ellos sí son auténticos y valientes. Porque ellos sí tomaron las decisiones adecuadas y saltaron. Y uno no. Uno es un pusilánime. A uno no le dieron las ganas o lo que quiera que se necesitara para no estancarse y por eso perdió. Dice Gary: “Lo que me gustaba, lo que era realmente bueno… Cuando éramos niños, la gente lo dejaba solo a uno, a nadie le importaba un culo. Uno… Uno hacía lo que quería, sin tener que… no sé, ser su Ambición, sin tener que pensar sobre… qué puta DIRECCIÓN tomara su puta VIDA.” Creo que como Gary yo también me he dejado enredar en exigencias (internas) de Ambiciones y Rumbos y nunca he sabido manejar bien nada de eso: la competencia me aturde y mi autoestima está convencida de que se me acabó el tiempo y no hice nada, no logré escalar, no tuve fuerza, perdí, lo (mucho) que tengo no lo merezco. Ya me acostumbre a que mi filtro para ver la vida sea la insatisfacción, sobre todo con lo que soy y lo que hago. Desde que dejé de aspirar a cosas (a otras vidas) me siento un algo mejor. Aunque el miedo al futuro persiste. Eso no se va.

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Tengo la impresión de que desde hace un tiempo las posibilidades de maniobrar el curso de la vida se han reducido, como si las variables que determinan la solución ya hubieran sido establecidas y a partir de ese momento todo prosiguiera en piloto automático sin posibilidad alguna de intervención. En parte por eso las aspiraciones propias pierden sentido más allá de mantenerse vivo y en buen estado unos años para poder ver a la hija crecer y despegar.

Catorce meses y tres años

El sábado Laia cumplió catorce meses y el lunes Mauricio cumpliría tres años. No sé muy bien qué contar. Ella está caminando y hablando mucho más. Todavía no se le entiende mayor cosa. La comida sigue siendo una guerra constante. Ahora sabe subirse al sofá, lo que aumenta el riesgo de caídas peligrosas. Al final de la semana me siento muy cansado. Hoy estaba en el bar y de pronto me di cuenta de que envidiaba a los cinco tipos de la mesa del lado que tomaban cerveza y conversaban sobre camiones. No envidiaba ni la cerveza (que no tolero muy bien) ni la conversación específica (no sé nada de camiones) sino esa compañía que dan los amigos. Tal vez por la cercanía a los días de la vida y muerte de Mauricio se me intensifican mis pensamientos angustiantes sobre la soledad y la falta de rumbo/propósito. De cierta forma sigo atrapado en el cráter de esa muerte. No he encontrado cómo salir (y a ratos ni siquiera sé para qué salir). El jueves estuve muy triste durante una de las siestas de Laia (tontamente me puse a revisar fotos y algunas de las cosas que escribí sobre el niño) y me dio gusto cuando se despertó y me llamó desde la cuna para que fuera a rescatarla. Mauricio me mandó a Laia. Aunque es por lo general distante a veces se acerca y me abraza. Esos gestos de cariño espontáneos son lindos, me hacen sentir protegido. No sé qué día de la semana pasada se tropezó y se fue de espaldas. Alcancé a agarrarla antes de que se diera de nuca contra el suelo. Como parecía asustada la alcé un rato. Creo que lo hago más por mí que por ella. Me tranquiliza mucho abrazarla y hablarle. Es reconfortante. Me rescata tanto como yo a ella.

La ciudad perdida

Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.