Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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rutinas

Larry

El fantasma del parqueadero es amigable. Abre las puertas y se asegura de que todos lleven puesto el cinturón de seguridad. A veces se sienta justo detrás de mí y me pregunta intrigado para dónde vamos pero al final nunca va. Conoce mi nombre. Sabe cosas sobre mi vida. Se preocupa por nosotros. No sale en las fotos, pero aparece sólido en el espejo retrovisor. Es un señor viejo de papada amplia con camisa de cuadros y tirantas. Luce emocionado, como si hace mucho tiempo no saliera de su casa. Lleva una gorra de los Blue Jays y le faltan varios dientes. Una vez le pregunté a dónde le gustaría ir y me dijo que quería volver pero no supo decirme a dónde. La superintendente dice que era el marido de una antigua inquilina del edificio que se fue hace un par de años a vivir con sus hijas en Toronto. Murió en su cama, de viejo. Llegó muy joven a Canadá proveniente de Escocia. En London trabajaba como contador y mecanógrafo. Todo lo que sabía lo aprendió en cursos por correspondencia. Tenía un problema en el brazo que le impedía manejar. Adoraba los trenes, igual que yo. Vivió en nuestro apartamento treinta y seis años. Se llamaba Larry. Últimamente duerme en la sala, con los gatos, y hace té para todos cada mañana sin falta. Luego se baña largo en la ducha y canta. Todavía no sé adónde va por las mañanas.

Miércoles (Ruidos Blancos)

El olor a pasto húmedo. El cuervo inmenso en el árbol que hace la venia y dice taca-taca-ta. El sueño del gato. La invasión imparable de las hormigas. El rumor de las obras que se acercan. La intranquilidad. Las lluvias esporádicas que sostienen el color del cielo. El corte suave del tomate que es sólo jugo y semillas. Un vaso que se revienta al contacto con el agua. El frío en los pies. La serenidad del árbol verde que nos mira desde afuera. La percepción cambiante del tiempo con sus horas disparejas y sus eternidades acotadas entre los oficios. La espinaca fresca. El chorro de agua caliente en la espalda. El recorrido de la luz sobre la sala. Las lecturas anidadas que vuelven la cotidianidad un texto. Los códigos frágiles que sostienen la estructura. El frío del gato en la ventana. La menta en el enjuague bucal. El ruido de agua que no se ve. Los bichos misteriosos en la tina del baño. Las almohadas frescas contra la cara. Las noticias vacías que exigen que todos las miren y admiren. La canela en el agua humeante. Las instrucciones para las máquinas. Los conteos. Los pájaros. Las recurrencias. Lo que no fue.

Viernes

La casa limpia. Oda a la casa limpia. Limpio la casa para sentirme limpio por dentro. Cuando me siento limpio las cosas funcionan y me cuesta menos ser. En la limpieza de los platos, del piso, del sofá, de las repisas, de los mesones de la cocina, encuentro un propósito preciso y realizable, algo que me ocupe sin perturbarme ni frustrarme. Limpiar me exige esfuerzo y concentración y en compensación recibo, al terminar, esto: la sala en silencio, el gato negro de espaldas sobre el suelo mirando lo que pasa afuera, la mirada fija del gato amarillo sobre el tapete, el ruido de la tormenta que se aleja, la silla ligeramente reclinada, olor a calma.

Miércoles

Compramos rosales para sembrar en el balcón. Queremos sillas para sentarnos a recibir el sol los fines de semana. Por estos días, el tiempo se acumula como la nieve en las esquinas del invierno. Dedico una fracción del día a mantener el apartamento limpio y en orden. Cocino por las tardes. He reducido un poco (aunque no tanto como desearía) mi presencia en línea. El objetivo principal es escribir. Pero sufro de falta de propósito (o de autoconfianza) y asaltos regulares de ansiedad relacionados con este mal. Intento sublimarlos de manera parcial en la cocina, la lectura, los oficios y con los gatos. Estoy triste. Pienso mucho en Mauricio y en la muerte. Por eso, para evadir eso, para no pensar de más, escribo aquí sobre la guerra, los bombardeos, el miedo y las emisoras de emergencia donde anuncian el fin y entrevistan cuerpos que no hablan. Asímismo voy todos los días, muy temprano, a mirar a las gallinas, abastecer los comederos y recolectar los huevos. Los pongo en una canasta y los cuento al llegar a la cocina. Luego los meto a la nevera. Hoy pusieron diez. Tenemos muchos más de los que necesitamos.

Domingo (Mensaje)

Se supone que aquí hay una reiteración minuciosa de la rutina de la nada que domina los fines de semana. En su lugar, quisiera aprovechar este espacio que los editores de esta prestigiosa publicación me conceden con tanta amabilidad a cambio de mis servicios como conserje (del francés concierge) para promocionar la idea impopular de que (a menos que usted se gane la vida como vendedor de Herbalife, pregúnteme cómo) el desgaste de las amistades es un proceso natural y sano y por eso es insensato (si no nocivo) mantener contacto activo con todas las personas que se encuentran en la vida. Creo que en esta sociedad de hiperconexión e inmediatez es necesario defender con furia el derecho a no estar permanentemente disponible y a no mantener relaciones vacías de actualización regular (y sistematizada) con personas cuyo contacto no aporta a la vida nada diferente de tedio y molestias que hay que disimular por cortesía. La vida es demasiado corta para eso. Lo invito a filtrar. Invierta su tiempo en amistades de verdad.

Domingo (Vida anticipada)

Para aprovechar el tiempo (y para evadir el futuro), escribo las entradas de este diario anticipadamente, los domingos, y luego programo su publicación automática los días correspondientes. Tal vez lo han notado. Empezó como un juego puntual pero ya llevo dos meses en estas. Hacerlo me libera de la responsabilidad tediosa de actualizar diariamente, no tengo la disciplina para eso, pero crea el problema del empate entre la vida programada, basada en la extrapolación de rutinas sostenidas y el no muy confiable pronóstico del clima del domingo, y las contingencias reales. Para compensar, me esfuerzo por llevar una vida cuidadosa, tranquila y sin eventualidades, que se ciña tanto como sea posible al plan semanal propuesto. Para constatarlo, cada día por la noche, antes de dormir, leo la entrada del diario y hago una evaluación de lo que soy con respecto a lo que debería ser. Esto me ayuda a refinar mis predicciones. Pienso, para frustrarme, en todo lo que creí que haría pero no hice ya sea porque no quise, porque lo olvidé, o porque no tuve tiempo o lugar para hacerlo. He notado, con preocupación, que casi nunca me alejo demasiado de mí mismo. Cada vez aspiro a menos.

Miércoles

Día largo. Interminable, casi. El tren de regreso a London se detuvo varias veces en el medio de la nada sin mayor explicación. Odio esos tiempos muertos. Me siento irrespetado como usuario del sistema. Pago lo suficiente como para que me garantizaran puntualidad. Al principio de la clase le entregué a los estudiantes una pequeña guía socrática que recorre con amabilidad los conceptos principales del curso que tal vez les sirva para estudiar para el examen. En algunos cursos que dicté en Urbana hacía eso cada semana. “Things you should know about life“, los llamaba. Incluía citas de libros de entrenamiento samurai o similares. Era mi época de obsesión compulsiva con el libro que Mishima escribió sobre el Hagakure. Hacer de golpe un resumen entero del curso me costó. Espero que lo aprecien. Dediqué la clase a proponer problemas de exámenes viejos y discutir cómo se harían, o al menos cuáles serían las herramientas principales para resolverlos. Fue provechoso y hasta entretenido. Continuaré proponiendo ejercicios el viernes. Mañana debo lavar ropa y cocinar por la tarde. Estoy cansadísimo.

Domingo

El objetivo del diario no es el registro de los días sino la constatación del paso de los mismos. Una prueba de progreso. O de cambio. Desde que inicié mi trabajo en El Programa debo cumplir con este requisito para mantenerme en él. Es parte de las condiciones que aseguran mi residencia en El Instituto. Estoy a cargo de la huerta en el jardín y también debo alimentar a las gallinas al a las ocho y recolectar los huevos. La rutina estricta de pequeñas tareas y actividades tiene un propósito terapéutico. Al medio día, luego del almuerzo, me reúno con la doctora y discutimos la noción de progreso dada mi condición. La doctora espera que me involucre, que participe en mi propia construcción como individuo. No sé cómo pude pasar tantos años sin ser nada en particular. La doctora me pregunta cuáles son mis expectativas al respecto de El Programa. Le respondo que cuando era niño quería aprender a saltar de cabeza a la piscina pero que cuando por fin lo logré me fui derecho de cabeza contra el fondo y perdí la consciencia por varias horas. Le enseño a leer a una mujer por las mañanas. No sé su nombre. Cada día dice llamarse de una manera distinta. Hoy se llamaba Julia. La mujer aprende lentamente. Está obsesionada con aprender a reconocer ciertas palabras. Nunca le he preguntado por qué no aprendió a leer antes ni por qué le interesan tanto esas palabras. Le pregunto a la doctora. La doctora me pregunta por qué le hago esa pregunta a ella y no a la mujer. Le digo que no sé si sea un asunto sensible, si no esté relacionado con su estancia en este lugar. La doctora me pregunta si me avergüenza estar acá. Le digo que necesito pensarlo. Le prometo que mañana le tendré una respuesta.

Lunes

Día larguísimo. El domingo me acosté temprano porque tenía fiebre. Como me acosté temprano, estaba despierto a las 4:30. Luego de responder correos y leer prensa, me preparé para salir. La fiebre, a las seis, había bajado un poco. Desayunamos arepa y batido de aguacate. Antes de irme me tomé un dólex. Dormí profundo en el tren junto a un muchacho que leía la novela en la que se basa la serie Dexter. Llegué a las 10 a la universidad. Preparé mi clase del día (Tema: introducción a las series de Taylor), trabajé un poco en lo que estamos haciendo con Rahim y Ómar y luego fui a dictar. Todo iba bien hasta que descubrí que la idea de que una serie de Taylor de una función dada no coincida con la función, que es necesario verificar algo, implica cierto esfuerzo conceptual no trivial para el neófito. Al cierre de la lección predominaban las caras de confusión. Los dejé en manos del formulario de evaluación de mi trabajo y con la promesa de regresar el miércoles con más (y más) ejemplos. Espero que no me evalúen por el contenido de la clase de hoy. Por la tarde, después de almorzar (un pollo al limón delicioso con arroz cocinado en leche que Mónica atribuye a una “tradición saudí”), estuve preparando mi charla para mañana en McMaster. Avancé un poco, continué en el tren y terminé en la casa luego de comer. Ojalá que les guste. Es un panorama de mi trabajo previo, pero también mencionaré brevemente lo que estamos haciendo ahora y cerraré con mi aplicación soñada a la teoría de ecuaciones diferenciales p-ádicas que me torturó en Lyon pero que todavía, en contra de todo, me sigue pareciendo inspiradora. Es la 1:11 del martes. Estoy cansado. Mañana (hoy) a las 11:30 salgo para Hamilton.

Ciclos anidados (12): Tren