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rutinas

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Uso Strava para registrar mis viajes en bicicleta hacia y desde el trabajo. Sigo usualmente el mismo recorrido (en especial ahora que descubrí sendas ciclorrutas por Richmond y Adelaide que cruzan entero el centro) y la aplicación lleva un historial de mis tiempos por subtrayecto entre otras estadísticas. Estos tiempos son asimismo calculados para otros ciclistas, de manera que en el reporte del recorrido no sólo puedo revisar cómo progreso sino que puedo compararme con otros en las mismas. Por lo general, en cada subtrayecto recurrente, ocupo los últimos lugares de cada día.

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Últimamente procuro concentrarme en cada día y seguir un proceso sencillo que se inicia conmigo en la cama y termina de la misma forma, ojalá temprano, ojalá sin dolor de cabeza, ojalá mejor de lo que quiera que tengo en el aparato digestivo. Por la noche, antes de acostarme, tomo una píldora de probióticos que me recomendó la doctora. A los bacilos me encomiendo.

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Sofía y el Terco

La primera película de Andrés Burgos me gusta por lo mismo que me gusta el cine de Wes Anderson. Sofía y El Terco es cuidadosa y tiene estilo. Cada detalle es decidido. Es personal y caprichosa al nivel justo. Su sencillez la fortalece. Permite disfrutar los juegos formales, las restricciones y la atención a las tomas, los objetos, los colores, las luces, la música, los escenarios, los paisajes, los chistes y la gran antena parabólica montada sobre una casa en medio del campo. ¿Ya dije los colores? La película, sostenida sobre la disrupción temporal de una rutina, de un método, es en contraste metódica en su planteamiento y realización. También es infantil en el sentido muy serio en el que los mejores libros infantiles lo son: amplia, expansiva, propone un mundo; la trama, como corresponde, es engañosamente simple: una mujer atrapada en su vida de ama de casa decide emprender un viaje a escondidas de su marido para conocer el mar. Todo sale mal y todo sale bien. Varias historias se plantean en el trasfondo. No hay pretensiones de realismo o grandes ideas ni desgastes con transgresiones o denuncias. En cambio hay dulzura sincera, reglas estrictas y aprecio y respeto por el medio y sus posibilidades narrativas. Deja buen sabor, admiración y ganas de más.

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Llevo dos días de medida perfecta del momento de poner a Laia a hacer siesta por las mañanas. Le pongo un pañal fresco, la cargo, le canto un poco, bailamos y la acuesto en la cama. Pongo un par de sus muñecos favoritos al lado. Ella los abraza. No suelta ni un lamento cuando me voy de la pieza. Se queda profunda en silencio. Siempre se despierta de buen humor. Últimamente soy el que llama cuando se levanta. Sonríe cuando me ve y se cuelga con fuerza de mi cuello mientras pone su cabeza sobre mi hombro. Cuánta felicidad.

Un año

Rumbos

Nieve esta mañana. Buses, piscina y más buses. Art stores y conversación sobre la tinta adecuada para tomar huellas digitales. De vuelta en la casa Laia se comió un banano y luego ciento cincuenta mililitros de leche. Hablamos largo con Álex por Skype. Hacía años que no lo veía. Esta semana las perspectivas de futuro que teníamos tuvieron que ser reconsideradas bruscamente. Todavía estamos asimilando lo que pasó. Muy pocas conclusiones por lo pronto. Tres grados sobre cero a esta hora. Son las tres de la tarde. Liliana cumple treinta y cuatro años. Laia duerme la siesta. El tiempo no se rinde.

Cargados

Cada noche, antes de acostarme, voy a la cuna y le planto un beso de buenas noches a Laia. Dos de cada tres veces una chispa de electricidad estática salta de su frente a mis labios.

Remedios

La última vez que cambié de gafas fue hace cuatro años. Probablemente mi miopía haya empeorado bastante desde entonces pero resisto porque la oftalmología es cara en Canadá. Para la depresión tomo yogurt. Para la soledad, esa otra enfermedad moderna inventada por El Sistema, leo, escribo y veo películas. No siempre funciona. Extraño tener amigos con quienes reunirme y conversar. El nomadismo tiene un precio. Para mis problemas intestinales tomo agua y como cosas con fibra. Los dolores los bajo con 500mg de ibuprofeno y siestas largas. Tengo una crema para después de afeitarme, aunque cada vez me afeito menos (y peor). Uso enjuague bucal cuando hay. Prefiero dentro de lo posible evadir médicos y exámenes por miedo a que me confirmen que me voy a morir pronto. Para la ansiedad tomo ginebra o duermo y como de más. Mi tobillo derecho es débil así que prefiero llevar zapatos que lo cubran. En invierno mis manos se resecan por culpa de la calefacción y necesito usar crema humectante varias veces al día para que no me duelan. Me gusta la leche de soya. Quiebro el frío a punta de ruana y té. Todavía no sé qué hacer con el calor ni con el miedo.

Larry

El fantasma del parqueadero es amigable. Abre las puertas y se asegura de que todos lleven puesto el cinturón de seguridad. A veces se sienta justo detrás de mí y me pregunta intrigado para dónde vamos pero al final nunca va. Conoce mi nombre. Sabe cosas sobre mi vida. Se preocupa por nosotros. No sale en las fotos, pero aparece sólido en el espejo retrovisor. Es un señor viejo de papada amplia con camisa de cuadros y tirantas. Luce emocionado, como si hace mucho tiempo no saliera de su casa. Lleva una gorra de los Blue Jays y le faltan varios dientes. Una vez le pregunté a dónde le gustaría ir y me dijo que quería volver pero no supo decirme a dónde. La superintendente dice que era el marido de una antigua inquilina del edificio que se fue hace un par de años a vivir con sus hijas en Toronto. Murió en su cama, de viejo. Llegó muy joven a Canadá proveniente de Escocia. En London trabajaba como contador y mecanógrafo. Todo lo que sabía lo aprendió en cursos por correspondencia. Tenía un problema en el brazo que le impedía manejar. Adoraba los trenes, igual que yo. Vivió en nuestro apartamento treinta y seis años. Se llamaba Larry. Últimamente duerme en la sala, con los gatos, y hace té para todos cada mañana sin falta. Luego se baña largo en la ducha y canta. Todavía no sé adónde va por las mañanas.

Miércoles (Ruidos Blancos)

El olor a pasto húmedo. El cuervo inmenso en el árbol que hace la venia y dice taca-taca-ta. El sueño del gato. La invasión imparable de las hormigas. El rumor de las obras que se acercan. La intranquilidad. Las lluvias esporádicas que sostienen el color del cielo. El corte suave del tomate que es sólo jugo y semillas. Un vaso que se revienta al contacto con el agua. El frío en los pies. La serenidad del árbol verde que nos mira desde afuera. La percepción cambiante del tiempo con sus horas disparejas y sus eternidades acotadas entre los oficios. La espinaca fresca. El chorro de agua caliente en la espalda. El recorrido de la luz sobre la sala. Las lecturas anidadas que vuelven la cotidianidad un texto. Los códigos frágiles que sostienen la estructura. El frío del gato en la ventana. La menta en el enjuague bucal. El ruido de agua que no se ve. Los bichos misteriosos en la tina del baño. Las almohadas frescas contra la cara. Las noticias vacías que exigen que todos las miren y admiren. La canela en el agua humeante. Las instrucciones para las máquinas. Los conteos. Los pájaros. Las recurrencias. Lo que no fue.

Viernes

La casa limpia. Oda a la casa limpia. Limpio la casa para sentirme limpio por dentro. Cuando me siento limpio las cosas funcionan y me cuesta menos ser. En la limpieza de los platos, del piso, del sofá, de las repisas, de los mesones de la cocina, encuentro un propósito preciso y realizable, algo que me ocupe sin perturbarme ni frustrarme. Limpiar me exige esfuerzo y concentración y en compensación recibo, al terminar, esto: la sala en silencio, el gato negro de espaldas sobre el suelo mirando lo que pasa afuera, la mirada fija del gato amarillo sobre el tapete, el ruido de la tormenta que se aleja, la silla ligeramente reclinada, olor a calma.

Miércoles

Compramos rosales para sembrar en el balcón. Queremos sillas para sentarnos a recibir el sol los fines de semana. Por estos días, el tiempo se acumula como la nieve en las esquinas del invierno. Dedico una fracción del día a mantener el apartamento limpio y en orden. Cocino por las tardes. He reducido un poco (aunque no tanto como desearía) mi presencia en línea. El objetivo principal es escribir. Pero sufro de falta de propósito (o de autoconfianza) y asaltos regulares de ansiedad relacionados con este mal. Intento sublimarlos de manera parcial en la cocina, la lectura, los oficios y con los gatos. Estoy triste. Pienso mucho en Mauricio y en la muerte. Por eso, para evadir eso, para no pensar de más, escribo aquí sobre la guerra, los bombardeos, el miedo y las emisoras de emergencia donde anuncian el fin y entrevistan cuerpos que no hablan. Asímismo voy todos los días, muy temprano, a mirar a las gallinas, abastecer los comederos y recolectar los huevos. Los pongo en una canasta y los cuento al llegar a la cocina. Luego los meto a la nevera. Hoy pusieron diez. Tenemos muchos más de los que necesitamos.

Domingo (Mensaje)

Se supone que aquí hay una reiteración minuciosa de la rutina de la nada que domina los fines de semana. En su lugar, quisiera aprovechar este espacio que los editores de esta prestigiosa publicación me conceden con tanta amabilidad a cambio de mis servicios como conserje (del francés concierge) para promocionar la idea impopular de que (a menos que usted se gane la vida como vendedor de Herbalife, pregúnteme cómo) el desgaste de las amistades es un proceso natural y sano y por eso es insensato (si no nocivo) mantener contacto activo con todas las personas que se encuentran en la vida. Creo que en esta sociedad de hiperconexión e inmediatez es necesario defender con furia el derecho a no estar permanentemente disponible y a no mantener relaciones vacías de actualización regular (y sistematizada) con personas cuyo contacto no aporta a la vida nada diferente de tedio y molestias que hay que disimular por cortesía. La vida es demasiado corta para eso. Lo invito a filtrar. Invierta su tiempo en amistades de verdad.

Domingo (Vida anticipada)

Para aprovechar el tiempo (y para evadir el futuro), escribo las entradas de este diario anticipadamente, los domingos, y luego programo su publicación automática los días correspondientes. Tal vez lo han notado. Empezó como un juego puntual pero ya llevo dos meses en estas. Hacerlo me libera de la responsabilidad tediosa de actualizar diariamente, no tengo la disciplina para eso, pero crea el problema del empate entre la vida programada, basada en la extrapolación de rutinas sostenidas y el no muy confiable pronóstico del clima del domingo, y las contingencias reales. Para compensar, me esfuerzo por llevar una vida cuidadosa, tranquila y sin eventualidades, que se ciña tanto como sea posible al plan semanal propuesto. Para constatarlo, cada día por la noche, antes de dormir, leo la entrada del diario y hago una evaluación de lo que soy con respecto a lo que debería ser. Esto me ayuda a refinar mis predicciones. Pienso, para frustrarme, en todo lo que creí que haría pero no hice ya sea porque no quise, porque lo olvidé, o porque no tuve tiempo o lugar para hacerlo. He notado, con preocupación, que casi nunca me alejo demasiado de mí mismo. Cada vez aspiro a menos.

Miércoles

Día largo. Interminable, casi. El tren de regreso a London se detuvo varias veces en el medio de la nada sin mayor explicación. Odio esos tiempos muertos. Me siento irrespetado como usuario del sistema. Pago lo suficiente como para que me garantizaran puntualidad. Al principio de la clase le entregué a los estudiantes una pequeña guía socrática que recorre con amabilidad los conceptos principales del curso que tal vez les sirva para estudiar para el examen. En algunos cursos que dicté en Urbana hacía eso cada semana. “Things you should know about life“, los llamaba. Incluía citas de libros de entrenamiento samurai o similares. Era mi época de obsesión compulsiva con el libro que Mishima escribió sobre el Hagakure. Hacer de golpe un resumen entero del curso me costó. Espero que lo aprecien. Dediqué la clase a proponer problemas de exámenes viejos y discutir cómo se harían, o al menos cuáles serían las herramientas principales para resolverlos. Fue provechoso y hasta entretenido. Continuaré proponiendo ejercicios el viernes. Mañana debo lavar ropa y cocinar por la tarde. Estoy cansadísimo.