En varios puntos del ya viejo libro sobre Palestina de Joe Sacco un entrevistado cierra la conversación con preguntas sobre el propósito de sus preguntas. De qué sirve contar estas tragedias. Qué recibimos a cambio. Qué más da que haya personas en Alemania o Estados Unidos o Colombia que conozcan nuestra historia y se conmuevan (¿se preocupan?). Sacco evade las preguntas. No tiene respuestas. Bajo presión admite que no sabe. Ocasionalmente reconoce con algo de cinismo culposo que su producto es antes que nada entretenimiento. Pero después nos confronta con la mujer que, tras contarle (contarnos) la muerte de sus dos hijos, le (nos) reclama por su (nuestro) papel y el de los tantos otros periodistas que visitan Palestina para recopilar sus historias y divulgarlas en esos otros mundos donde nada de eso que se vive en Gaza o en el West Bank es realmente real (como este). Y es verdad: tal vez el sentido del periodismo se pierde cuando la injusticia es tan flagrante que su denuncia no es más que el reconocimiento de impotencias esenciales. El reclamo es tanto para el periodista como para quien lo lee. En mi casa leo una visita a Palestina plasmada en dibujos que tuvo lugar hace más de veinte años, durante la primera Intifada. Sacco busca historias y las dibuja: historias de palizas, secuestros, asesinatos, abusos, pedradas, balazos, sangre, miedo, odio. También dibuja a los que las cuentan. A Sacco, más que las historias, le interesa retratar el impacto de esas historias en quienes las cargan. La pregunta que pareciera que Sacco quiere responder o al menos proponer, más que qué pasa aquí, es para qué sirven las historias a quienes no tienen nada más que tristezas para contar. De nuevo no hay respuesta fácil. Son trofeos, son orgullos, son la prueba de un compromiso, son el reconocimiento de un sacrificio, son un clamor, o el vacío. Y aquí estamos nosotros atentos, cómodos, distantes y sobre todo generosos, dispuestos siempre a oír lo que nos quieran contar.