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Bakano el Sistema global de información de alcohol y salud de la Organización Mundial de la Salud. Hartos datos, bien organizados y disponibles en formatos razonables para descarga y estudio. Aquí un reporte cuidadoso de lo que tienen. El enlace me lo pasó mi hermana.

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Empecé a hacer una dieta a principios de enero. No es muy estricta pero ha sido juiciosa. Reduje las harinas y los azúcares bastante. No soy radical: a veces, en la cafetería, le recibo a Laia bocados de una galleta. Y en el restaurante vietnamita pido sagradamente mi plato de phở. Ah: dejé de tomar gaseosa también, excepto por agua con gas con limón (o soda). Y en la hamburguesería ocasional pido sólo el pedazo de carne con los toppings y brócoli en lugar de papas. No me cuesta: no siento que me prive de nada. Nunca he sido muy apegado a cosas. A ideas y personas tal vez, pero no a cosas. Creo que he bajado algo de peso y siento que el cambio de dieta ha sido beneficioso para mi ánimo, siempre tan endeble. En realidad la reducción del azúcar venía desde hace meses. Había dejado de echarle a mis jugos licuados y después hice lo mismo con café con leche. Ahora no entiendo por qué le echaba azúcar a los jugos y he empezado a apreciar el sabor fuerte del café, que siempre me había costado. La dieta fue desencadenada tras un susto en un examen que sugirió que tal vez tenía principios de diabetes. Como soy gordo era una posibilidad, pero un examen posterior más cuidadoso concluyó que no era el caso. Aunque la noticia me alivió seguí preocupado por mi peso: no quiero reducir mi esperanza de vida pendejamente por malos hábitos. Ahora el tiempo, el que me quede, me importa más. Supongo que mi impulso reciente con los proyectos de programación está relacionado con lo mismo: es algo que había postergado muchos años y creo que ya no me puedo dar el lujo de postergarlo más. Se siente bien aprender y crecer dentro de lo aprendido.

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En parte por Laia y en parte por mi ansiedad reciente por no morirme tan pronto ahora le prestamos mucha más atención a la comida que compramos y en especial a la carne. En el supermercado toda la carne de res es de criaderos industriales (así que sólo comemos carne muy ocasionalmente, cuando pasamos por el mercado hipster del centro) pero entre las opciones de pollo hay unos paquetes de pechuga orgánica por ahí al doble del precio del resto del pollo disponible que aclara muy visiblemente en la etiqueta todo lo que NO hacen con ellos (no toman antibióticos, no reciben hormonas, no comen forzados, no son caníbales, etcétera.) También hay pollos enteros con esas mismas características. Ante el estante del pollo todavía dudo a veces por culpa del precio, pero a punta de leer regularmente la lista de particularidades de los pollos orgánicos desde hace poco me entra una desazón profunda y me pregunto por qué tiene que ser el pollo sano el que trae aclaraciones y no el de criaderos industriales. Tal vez en una sociedad más evolucionada y responsable pero todavía carnívora será el empaque de pollo de criadero industrial el que traiga una lista detallada de todo lo que le hacen, administran e inyectan. Entonces la gente sabrá qué es exactamente lo que paga por ese precio.

Foto de una granja de pollos en Ontario en 1945.

Altura

En su columna de ayer, Nicolás Uribe propone que el debate al respecto de la penalización del aborto se lleve a cabo con altura.

Por desgracia, la columna donde Uribe ofrece sus supuestamente elevados argumentos es un mosaico de imprecisiones y afirmaciones sin sustento. Una de las poquisimas afirmaciones (tal vez la única) para la que brinda una referencia más o menos explícita es la siguiente:

[…] resulta probado que el aborto legal es hasta tres veces más peligroso que el parto (American Journal of Obstetrics and Gynecology).

Ayer dediqué un par de horas a encontrar su fuente. A continuación lo que descubrí.

No costó mucho trabajo notar que Uribe citaba textos de propaganda a favor de la penalización donde se afirmaba lo mismo con exactamente la misma referencia escueta a una revista (sin año, sin nombre del artículo, etcétera). Por fin, tras profundizar un poco más en la maraña de vínculos, descubrí en este lugar la referencia a la que se atribuye la afirmación. Es un artículo sobre mortalidad femenina en Finlandia durante el primer año tras un embarazo. Aquí está el PDF. El artículo estudia los casos de mujeres muertas en Finlandia durante el año que siguió a un embrazo que pudo terminar en parto o aborto (tanto inducido como espontáneo). Hay 419 casos en 13 años (de 1987 a 2000). En Finlandia el aborto es legal bajo cualquier circunstancia (dentro de ciertas restricciones de tiempo razonables) y por ende prácticamente todos los abortos son seguros en el sentido de que son realizados por personal médico especializado en condiciones adecuadas. También vale la pena aclarar, antes de entrar en detalles, que Finlandia cuenta con los niveles educativos más elevados de Europa y con programas de salud sexual y reproductiva de altísimo nivel. Ahora miremos de dónde sale la afirmación de Nicolás Uribe: en la quinta página del artículo se lee lo siguiente:

Women who underwent an induced abortion had a pregnancy-associated mortality rate from natural causes that was one third higher than that of women who had given birth.

Lo que más o menos parecería darle la razón (como anota un comentarista abajo, “one third higher” no es lo mismo que “tres veces más”). Sin embargo, el artículo prosigue:

These deaths included both terminations in early pregnancy (indicating most often an unwanted pregnancy) and in late pregnancy (included practically all cases for medical reasons). After excluding all terminations for medical reasons, the pregnancy-associated mortality rate from all natural causes declined from 22.3 to 15.9 per 100,000 induced abortions, a rate lower than the mortality rate after a birth.

¿Explicación? Como ya dije, el artículo estudia los cuatrocientos diecinueve casos de mujeres muertas durante el primer año tras un embarazo ya sea terminado en parto o en aborto. Como en Finlandia las mujeres cuentan con amplia información sobre anticoncepción, buena parte de las mujeres que inducen un aborto lo hacen por causas médicas. Debido a esto, en el estudio se concluye que las mujeres que abortan (en Finlandia) tienen una tasa de mortalidad (tres veces) más alta durante el primer año tras terminar su embarazo (¡tenían problemas médicos para empezar!). Sin embargo, una vez se excluyen las mujeres muertas que abortaron por causar médicas, la tasa de mortalidad de las mujeres que abortan (en Finlandia, no olvidemos esto) es menor que la de las mujeres que concluyen su embarazo en un parto. Mejor dicho, si se quisiera utilizar este artículo como herramienta en una discusión sobre la peligrosidad del aborto, el artículo claramente asegura que en circunstancias normales hay más riesgos asociados al parto natural que al aborto temprano para terminar un embarazo no deseado. Pero por supuesto esto sería casi tan tendencioso como la afirmación flagrantemente falsa y descontextualizada de Uribe. El contexto del artículo es demasiado preciso para sacar conclusiones apresuradas más allá de dejar bastante claro que Uribe nunca lo leyó (y tal vez ni conocía su título).

Personalmente pienso que en el debate al respecto de la penalización del aborto los puntos de vista a favor y en contra más fuertes y valiosos provienen no de la ciencia, como intenta sugerir fallidamente Uribe, sino de la reflexión moral (aquí un texto muy valiente de Aleyda al respecto) y/o desde la salud pública. En particular, tienen que ver con la relación entre la mujer embarazada y el niño (en desarrollo, si se quiere) que lleva adentro, así como con la incidencia del aborto en la sociedad. En mi opinión este es un debate muy serio. Es necesario con urgencia llegar a acuerdos que tomen en cuenta no sólo nuestras percepciones morales personales y compartidas sino las estadísticas reales de abortos clandestinos. Asímismo necesitamos implementar políticas públicas que reduzcan, como se ha logrado en Finlandia, la necesidad de abortar salvo en casos excepcionales. No creo que artículos mentirosos como el que publicó Uribe (aquí sólo exploré una de sus afirmaciones, la que única que semi-referenciaba burdamente (¡No me quiero ni imaginar los argumentos que sustentarán las otras!)) contribuyan significativamente a mejorar la calidad (¡y altura!) de este importante debate público.