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Más sobre niños narrativos

Hace dos días pensaba esto y hoy leo esto en el blog de Helen DeWitt:

Piaget makes a very good case for the fact that the language, and even the concepts and the thoughts we have as adults, really don’t fit with childhood experience. There is a radical discontinuity between childhood experience and adult experience. We complain of a kind of amnesia, that we don’t recall much of our early childhood, and Freud of course said that this was because we were repressing painful or guilty desires. But Piaget argues this couldn’t be true, because otherwise we would forget only those things that were painful but remember everything else—which is clearly not the case. We have an almost blanket amnesia, and Piaget argues that the terms in which we experienced our childhood are incommensurable with the terms in which we now think as adults. It’s as though it’s an entirely different language we knew and lost. Therefore I feel that any writer who is writing about childhood, as an adult, is bound to falsify experience, but one of the things you try to do is to find poetic approximation; an elusive and impossible task. It is like trying to pick up blobs of mercury with tweezers—you can’t do it. You nevertheless attempt to find various metaphorical ways of surprising that experience. I think you oftentimes feel it’s there, but you can’t get at it, and that’s the archaeology of writing about childhood.

Edmund White

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

*

Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

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En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

Fuera del tiempo

Hace treinta años que se murió Philip K. Dick. Cuando uno es así como es uno es fácil sentir complicidad cercanía al leer lo que Dick escribió. Escribió muchas cosas y todo lo que escribió se siente no sólo cercano sino verdadero a un nivel súper primario. Yo lo leo ocasionalmente. No he sido sistemático con él como si he sido con otros autores porque a veces me altera mucho leerlo y no quiero que se me acabe tan rápido para que no se muera de verdad. Lo que Dick dice en todas sus historias es que uno está aquí y lo que está afuera es difuso y difícil de agarrar pero de todas maneras uno trata porque el espíritu humano y ajá. Uno quiere vivir entonces uno no se deja aplastar por la realidad que a veces parece tan elusiva y falsa. Hay mucha miseria y mucho dolor. Hay tedio. Todo es tremendamente confuso. Las personas son muy pequeñas dentro del gran esquema cósmico y así es muy complicado inventarse un propósito perdurable para lo que uno es o representa o lo que sea, pero aún así todos lo intentan con una tosudez brutal. Hay gente que dice que Dick estaba loco pero yo no creo que una persona desequilibrada pueda hacer todo lo que él hizo. A mí me parece que hay personas que tienen esa sensibilidad, que entienden mejor que el resto ciertas cosas muy básicas de lo que somos porque las ven sin esfuerzo. Viven en una perspectiva privilegiada, adelantados o incluso fuera del tiempo. Grothendieck les decía mutantes. No mencionaba a Dick en su lista de dieciocho mutantes pero seguro que si lo hubiera conocido ahí estaría (o de pronto no porque Grothendieck era bien raro). Otra cosa que creo que a Dick le preocupaba era la comunicación con los demás. Que uno pueda decir cosas y quien quiera que lo oiga de verdad reciba lo que uno le dice entre todo el ruido que hay. Y también que le crean, que es todavía más difícil. Dick insistía muchísimo en ese miedo a la desconexión. A veces sugería que había algo intrínseco en las máquinas, en la tecnología y el uso que le dan los que la controlan, que nos aisla cada vez más a los unos de los otros o al menos limita nuestro contacto genuino, sin filtros impuestos por alguien más.

Philip K. Dick
Philip K. Dick cuando no sabía escribir.

Viernes (Personae)

Tal vez la mejor manera de describir Personae, el nuevo libro de Sergio de la Pava, es como un relato de misterio policial breve con apéndices sobredimensionados. Uno de los apéndices es otro cuento de un hombre que camina en el mar. Otro es una obra de teatro minimalista, una tragedia abstracta-moral-metafísica en dos actos titulada (ejem) Personae. Otro son fragmentos dispersos de lo que parecen reflexiones sobre, entre otras cosas, la traducción de Cien años de soledad al inglés (y en general el uso literario del inglés desde la perspectiva de un hispanohablante nativo). Otro más es la introducción (dividida en tres partes) a un ensayo sobre la percepción personal del tiempo y la edad (diría yo) basado en dos interpretaciones (¿clásicas?) de Glenn Gould de las Variaciones Goldberg de Bach. Otro son dos obituarios del New York Times. Y, a manera de epílogo totalizador, la última es una novela corta pero no tan corta (con meditaciones teológicas) sobre un hombre que busca venganza tras una toma guerrillera salvaje (con masacre y secuestro masivo) y otro hombre (que podría ser el mismo, años más tarde) que es el pionero de la venta de café colombiano bien preparado en Nueva York (este apéndice, agrego, es una de las mejores novelas que he leído sobre la guerra colombiana junto a Los Ejércitos de Evelio Rosero y esa otra novela sobre la redacción del informe de la masacre de unos indios cuyo nombre ahora no recuerdo pero que ni es colombiana ni habla de Colombia específicamente). Simplifico, claro. En realidad, Personae es la red de conexiones entre (y sobre) estos textos (que a su vez es una red (vaga) de conexiones entre personas y momentos ficticios y reales) y lo que parecería ser un capítulo más en la me atreveré a llamar la Gran-Novela-de-De-la-Pava sobre la verdad y la perfección como trampas cuya introducción extendida sería A Naked Singularity. Si esta fuera una reseña en la norma (cosa que no me interesa escribir acá) debería decir más, citar, evidenciar. Debería explicar por qué este mosaico que describo a grandes rasgos tiene sentido. Por qué su dispersión se siente compacta. Por qué la obra de De la Pava, en su oscuridad intencional de autoediciones e invisibilidades, es tan importante y relevante a la hora de entender qué significa ser hispanohablante (o incluso colombiano) hoy en este mundo (me aguanto las ganas de decir qué significa estar vivo). Por qué De la Pava necesita ser traducido y difundido con urgencia. Por qué su lectura exige paciencia y sí que la recompensa. Tal vez lo haga después en otro lugar. Hay muchas cosas que no entiendo y muchas más que no aspiro a entender. Personae me supera y, sin embargo, me siento tremendamente cómodo, a gusto, en ella. Es un libro para mí.

El incidente

Dicen, con más o menos cierta razón, que la vida de cualquier persona se puede resumir en un sólo incidente. Uno que puede o no ser claro para la persona en cuestión. Un incidente que no contento con simbolizar, comprime la vida entera de esta persona en unos cuantos minutos de plenitud que podríamos llamar existencial aunque probablemente haya un mejor adjetivo para eso. Pero estas cosas siempre hay que pensarlas en retrospectiva porque uno no puede pasarse la vida dedicado a esperar el momento definitivo/definitorio cuando por fin todo sea claro y podamos ser lo que estamos destinados a ser. No, uno no puede vivir así.

Por otro lado, sería triste saber que ya pasó lo que tenía que pasar y de aquí en adelante sólo queda tedio, resignación e inercia.

(Cómo me gusta usar la palabra inercia.)